Pantallas encendidas, mentes apagadas ¿Qué está pasando? Caminan y no piensan, pero tienen Wi-Fi.
La invasión de los zombies digitales. El sol en Viena brillaba como si le importara. El reloj Anker marcaba la hora, pero nadie lo miraba. Todos estaban ocupados capturando el instante con sus móviles, como si la eternidad cupiera en una foto mal encuadrada. No vivían el momento, lo almacenaban. Lo embalsamaban. Lo subían a la nube, ese cementerio digital donde los recuerdos van a morir de inanición.
Caminaban como muertos vivientes, pero con buena cobertura. No pensaban, pero tenían Wi-Fi. No hablaban, pero sabían deslizar el dedo con precisión quirúrgica. Y yo, que solo quería un café y un poco de silencio, me encontré en medio de una tribu que no sabía que estaba en trance.
Lévi-Strauss decía que el verano despierta al etnólogo. Yo digo que despierta al borracho lúcido. Porque cuando uno viaja, ve cosas. Y lo que vi fue una civilización que se ha convertido en su propia caricatura. En cada rincón de Austria, la misma escena, gente mirando pantallas como si fueran oráculos. Y en la oficina, igual. Solo que con corbata.
Geertz hablaba de mapas culturales. Pero este mapa está roto. La brújula apunta al último trending topic. La cultura ya no nos orienta, nos distrae. Cada notificación es una bofetada de dopamina. Cada scroll, una rendición. Y mientras tanto, en las empresas, se habla de bienestar digital mientras se premia al que responde correos a las tres de la mañana.
Bourdieu lo llamaría habitus. Yo lo llamo reflejo condicionado. Contestar al instante, reaccionar con emojis, fingir entusiasmo en reuniones virtuales. Todo eso no es espontáneo. Es entrenamiento. Es domesticación. El que domina el lenguaje de la hiperconexión gana prestigio. El que se desconecta, desaparece. Y así, el poder cambia de manos. Ya no manda el jefe con despacho, sino el que sabe usar Slack sin parecer un robot. La autoridad se mide en likes, no en ideas.
Las nuevas tribus no llevan lanzas, llevan auriculares. Sus rituales son GIFs, sus tótems son notificaciones, y su dios es el algoritmo.
Schein diría que hay una disonancia entre lo que decimos y lo que creemos. Han diría que nos explotamos solos y yo digo que estamos muy jodidos, porque mientras hablamos de desconexión, seguimos premiando la disponibilidad, mientras hablamos de salud mental, seguimos glorificando el multitasking y mientras hablamos de autonomía, seguimos encadenados al móvil como si fuera un rosario moderno.
Liderar, dicen. Liderar es diseñar cultura. Pero ¿quién diseña algo en medio del ruido? ¿Quién protege el tiempo cuando todo urge? ¿Quién cuida la salud cuando el cansancio es invisible y el estrés se celebra como si fuera mérito? Solo tenemos salud y tiempo. Y los estamos regalando a cambio de likes, métricas y una falsa sensación de pertenencia. El verdadero riesgo no es la tecnología. Es olvidar que somos humanos.
La invasión de los zombies digitales. Por Ernesto Lacalle.

