Hay cuadros que no se miran: te abren la piel y se instalan dentro, como una aguja vieja que aún sabe dónde pinchar. Las pinturas de Maya Kulenovic funcionan así, como una especie de dispositivo emocional clandestino, un artefacto que se desliza bajo la conciencia y empieza a remover lo que uno creía enterrado. No son imágenes, son presencias. Rostros que emergen de la penumbra como si hubieran cruzado un territorio donde la vida y la muerte no son opuestos, sino habitaciones contiguas separadas por una cortina húmeda. Y cuando la descorres, lo que ves no es horror ni belleza, sino esa mezcla viscosa que llamamos existencia.

Kulenovic ataca directamente las emociones, pero no con la violencia histérica de los tiempos modernos, sino con una precisión quirúrgica que recuerda a los viejos maestros que estudió durante años. Hay algo de Rembrandt en la forma en que la luz se aferra a la piel, algo de Caravaggio en la sombra que devora lo que no quiere revelar. Pero ella no está interesada en la imitación. Su claroscuro es más fresco, más directo, más dispuesto a dejar que el espectador participe en el crimen emocional. Usa esmaltes translúcidos como si fueran capas de memoria, veladuras que ocultan y revelan al mismo tiempo, como si cada rostro estuviera hecho de dudas acumuladas.

Y la duda es, precisamente, el motor de su proceso. “Mi proceso de pintura es, ante todo, sobre la duda y la creencia”, dice. Y uno lo siente. Cada trazo parece debatirse entre aparecer o desaparecer, entre afirmarse o rendirse. Es un arte que no pretende explicar nada, sino abrir un espacio donde la percepción se vuelve inestable, donde lo que creemos saber se deshace como un papel mojado. Burroughs habría dicho que la realidad es un virus, y Kulenovic parece pintarlo en su fase más silenciosa, cuando ya ha infectado el sistema pero aún no ha mostrado síntomas.
Hay guerra en estos cuadros. No una guerra literal, sino la guerra que queda dentro de quienes han visto demasiado. Kulenovic nació en Sarajevo en 1975, y aunque no hace propaganda de ello, la experiencia se filtra en sus obras como un humo persistente. La mortalidad no es un tema: es un clima. Sus figuras parecen haber sobrevivido a algo que no pueden nombrar, y esa incapacidad es lo que las vuelve tan humanas. Miran desde un lugar donde la seguridad es un espejismo, donde las posesiones y el conocimiento son frágiles como vidrio barato. Y sin embargo, hay compasión. Hay una búsqueda espiritual que no se formula en palabras, sino en la forma en que la luz toca un párpado cerrado o un labio apenas visible.


Kulenovic estudió en Londres, Toronto, Estambul. Tocó piano clásico durante años, y quizá por eso sus cuadros tienen ritmo, una cadencia lenta, casi meditativa. Son como notas sostenidas en un órgano antiguo, vibrando en un espacio oscuro. Ha expuesto en Toronto, Montreal, Londres, Estambul. Sus obras están en colecciones de América del Norte, Inglaterra, Turquía. Pero más allá de la geografía, lo que importa es que su pintura no pertenece a ningún lugar. Es un territorio emocional autónomo, una zona intermedia donde la vulnerabilidad y la fuerza se abrazan como dos viejos enemigos que finalmente entienden que se necesitan.

Muchos habríamos reconocido en ella a una aliada, alguien que mira el lado oscuro de la humanidad no por morbo, sino porque no puede fingir que no lo ve. Y porque la única forma de enfrentarlo es comprenderlo mejor. Sus cuadros hablan del potencial ilimitado de violencia, sí, pero también de la compasión que persiste como una brasa terca. Hablan de la esperanza, del amor incondicional, de esa espiritualidad que no se predica, sino que se intuye en la penumbra.
En un mundo saturado de imágenes limpias, rápidas, anestesiadas, Maya Kulenovic ofrece algo radical: un espejo que no embellece ni distorsiona, sino que revela la grieta. Y en esa grieta, donde empieza la verdad.
Para más información: mayakulenovic.ca
La belleza oscura de Maya Kulenovic. Por Mónica Cascanueces.

