El cuerpo como arquitectura del caos.
Isabelle Wenzel: la mujer que cae, se dobla y resiste. Hay artistas que buscan la belleza. Otros buscan la verdad. Isabelle Wenzel parece buscar algo más profundo: el instante en que el cuerpo deja de ser cuerpo y se convierte en un gesto. Un gesto que no explica nada, pero lo dice todo. Un gesto que podría romperse en cualquier momento. Y sin embargo, no se rompe. Su obra es un territorio donde la mujer no posa: se desploma, se arquea, se esconde, se ofrece, se vuelve arquitectura. No hay complacencia. No hay artificio. Solo un cuerpo que se enfrenta al mundo con la misma terquedad con la que un árbol se aferra a la tierra en mitad de una tormenta.

Wenzel trabaja con la espontaneidad como otros trabajan con el mármol. La talla, la pule, la deja respirar. Sus fotografías parecen capturadas en un segundo robado, pero detrás hay una disciplina feroz. Un trípode, un temporizador, una carrera contrarreloj. El cuerpo lanzado hacia una postura imposible. La taza que amenaza con caer. El equilibrio que dura lo que dura un latido. Y luego, otra vez. Y otra. Hasta que la imagen respira como ella quiere que respire.
Hay algo profundamente honesto en ese método. Hemingway habría dicho que la verdad está en lo que se hace, no en lo que se dice. Wenzel hace. Se lanza al suelo, se dobla, se contorsiona. No busca la perfección, sino la tensión. La tensión de existir. La tensión de ser mujer en un mundo que insiste en ordenar lo que es indómito.

Cuando la mujer se convierte en gesto.
En sus series Figures y Building Images, las mujeres no son musas ni modelos. Son cuerpos que luchan contra el espacio. Cuerpos que se pliegan a pasillos estrechos, a cubículos que parecen jaulas, a salas donde la luz cae como un juicio. Wenzel nunca trabajó en una oficina, pero quiso sentir esa claustrofobia. Y la fotografió con la crudeza de quien sabe que la libertad empieza por reconocer la prisión. Las figuras femeninas se retuercen, se esconden, se vuelven casi irreconocibles. No hay rostro. No hay identidad. Solo movimiento. Solo resistencia. Como si la mujer pudiera desaparecer para sobrevivir. Como si la única forma de existir fuera doblarse sin romperse


Hay humor también. Un humor seco, casi absurdo. Medias de colores, tazas que desafían la gravedad, jarrones que parecen testigos mudos de un ritual extraño. Es un humor que no busca la risa, sino la incomodidad. Un recordatorio de que la vida, incluso en su absurdo, exige valentía.
Wenzel estudió Bellas Artes y Fotografía en Bielefeld y en la Gerrit Rietveld Academie de Ámsterdam. Vive allí ahora, en una ciudad donde la luz es fría y las calles parecen hechas para caminar pensando. Su obra tiene algo de esa luz: limpia, directa, sin adornos. Y algo de esas calles: un espacio donde uno avanza aunque no sepa muy bien hacia dónde.
En sus field studies, se mueve entre paisajes abandonados como si buscara restos de una historia que nadie quiso contar. Superpone imágenes, duplica movimientos, crea cuerpos que parecen multiplicarse para no desaparecer. Es un juego con el tiempo, con la memoria, con la fragilidad de lo que somos cuando nadie nos mira.

Hemingway decía que el mundo rompe a todos, y que algunos se hacen fuertes en los lugares rotos. Las mujeres de Wenzel parecen hechas de esos lugares. No son heroínas. No son víctimas. Son cuerpos que se doblan, que caen, que se levantan. Cuerpos que no piden permiso. Cuerpos que existen.
En un tiempo saturado de selfies, de poses vacías, de sonrisas que no significan nada, Wenzel ofrece otra cosa: la verdad del cuerpo. La verdad del instante. La verdad de una mujer que se enfrenta al mundo sin miedo a mostrar su vulnerabilidad. Y esa verdad, como toda verdad, duele un poco. Pero también ilumina.
Para más información: isabelle-wenzel.com
Isabelle Wenzel: la mujer que cae, se dobla y resiste. Por Mónica Cascanueces.

