Luz, sombra y simbolismo femenino.
El universo visual de Allison Reimold: surrealismo desde Hollywood. Los Ángeles respira como una bestia vieja, un motor oxidado que nunca se apaga del todo. Allison Reimold lo sabe; lo ha sabido desde que abrió los ojos por primera vez en esta ciudad que mastica sueños y los escupe convertidos en neón. Creció entre autopistas que se cruzan como venas expuestas, entre montañas que parecen observarlo todo con un ojo mineral, indiferente. Y ahora, años después, sigue allí, en su estudio de Hollywood, donde las paredes absorben imágenes como si fueran piel viva.
El estudio es un territorio fronterizo: mitad santuario, mitad laboratorio. Allí Allison diseña carteles para películas que aún no existen, o que existen demasiado, saturadas de ruido, de expectativas, de productores que hablan en códigos. Ella escucha, asiente, dibuja. La línea se convierte en rostro, el rostro en símbolo, el símbolo en una especie de virus visual que se propaga por la industria del entretenimiento. Pero cuando cae la tarde, cuando el sol se derrite detrás de las colinas y la ciudad empieza a murmurar en otra frecuencia, Allison cambia de piel. Guarda los encargos, apaga el brillo artificial, y deja que la pintura tome el control.


Penny, su bulldog francés, la sigue como un satélite personal. Musa, guardiana, testigo. Un animal pequeño con la gravedad de un oráculo. Sus pasos cortos resuenan en el estudio como un metrónomo irregular. A veces parece que Penny ve algo que Allison no ve: un destello en la esquina, una sombra que se mueve con demasiada intención. Quizá sea la ciudad filtrándose por las grietas, o quizá sea simplemente la imaginación, ese monstruo domesticado que siempre intenta escapar.

Las montañas alrededor de Los Ángeles son otra cosa. Allí Allison camina para desintoxicar la mente, para dejar que el aire seco le limpie los pensamientos. En esos senderos encuentra fragmentos: una rama torcida que parece una serpiente petrificada, una roca que recuerda a un torso femenino, un rayo de luz que corta el polvo como una revelación. Todo eso vuelve con ella al estudio, se mezcla con los rostros de mujeres que pinta, con las miradas que parecen saber demasiado, con la iconografía que emerge sin pedir permiso.
Eva aparece a menudo. No la Eva dócil de los catecismos, sino una versión más antigua, más peligrosa, más consciente. La serpiente también está allí, enroscada en los bordes del lienzo, insinuándose entre sombras. No es un símbolo moral; es un recordatorio. Un eco de algo que la humanidad intenta olvidar pero que siempre regresa. Allison no pinta religión, pero la religión se cuela igual, como un ruido de fondo que no puede apagarse.


Sus obras son un territorio donde lo real y lo surreal se rozan sin fusionarse del todo. Cuerpos femeninos que parecen esculpidos en luz, paisajes que podrían existir o no, sombras que cuentan historias que nadie pidió escuchar. La modernidad se mezcla con lo ancestral, como si la ciudad y el mito se hubieran encontrado en un callejón y hubieran decidido compartir un cigarrillo. Hay algo cinematográfico en todo ello, pero también algo íntimo, casi confesional.
La luz es una protagonista silenciosa. Allison la usa como si fuera un bisturí: corta, revela, oculta. La sombra, en cambio, es el territorio donde se esconden las preguntas. Entre ambas se despliega una narrativa que no necesita palabras. Cada cuadro es una escena congelada en el instante exacto antes de que ocurra algo irreversible.
A veces, mientras pinta, Allison siente que la ciudad la observa. Que Los Ángeles, con su mezcla de glamour y decadencia, se refleja en sus obras como un espejo deformado. Y quizá sea así. Quizá cada trazo sea una forma de dialogar con ese monstruo luminoso que la vio nacer.
Para más información: allisonreimold
El universo visual de Allison Reimold: surrealismo desde Hollywood. Por Mónica Cascanueces.

