La liberación psicológica y conceptual de un mundo interior por Sebastián Picker
El universo místico de Sebastián Picker en clave pictórica. Hay algo en su pintura, en su gesto entero, que vibra como un motor viejo pero indestructible, un motor que ha cruzado cordilleras, dictaduras, ciudades que huelen a gasolina y a pan caliente, un motor que no se detiene porque sabe que si se detiene muere, y entonces sigue, sigue, sigue, como si la vida fuera una carretera interminable y él un conductor que no puede permitirse mirar atrás. Y así, cuando uno entra en su obra, siente ese mismo rugido, esa misma urgencia por decir, por mostrar, por arrancar de cuajo el mundo interior y lanzarlo al lienzo sin filtros, sin permisos, sin pedir perdón. Porque Picker no pinta: se desborda.
Y es que este hombre, chileno, santiaguino, hijo de un país que lo expulsó con el filo de un dictador en la nuca, aprendió a mirar el mundo desde la intemperie. No desde la academia, no desde el manual, sino desde la necesidad visceral de contar lo que arde. Su aprendizaje es empírico, sí, pero no en el sentido romántico del autodidacta bohemio, sino en el sentido del sobreviviente que aprende a leer los signos del mundo para no perderse en él. Y esa lectura se vuelve pintura, y esa pintura se vuelve un universo fabulatorio donde los personajes flotan en contextos irreales, como si vivieran en un sueño que no termina de ser sueño, un sueño que se parece demasiado a la verdad.


Picker trabaja en dos planos simultáneos: el interno y el externo, el sentimiento y la imagen, la emoción y su registro.
Y en ese cruce, ese punto exacto donde la vida se vuelve símbolo, aparece su misticismo, una especie de bondad espiritual que no es ingenua ni decorativa, sino una forma de resistencia. Porque cuando uno ha visto la pomposidad grotesca del poder, la locura del liderazgo corrupto, la maquinaria absurda del gobierno, la iglesia y los negocios, como él la vio, como él la vivió,, entonces la bondad se vuelve un acto político. Y Picker lo sabe. Y lo pinta.
Sus figuras, sus escenas, sus gestos plásticos son una parodia feroz, una carcajada que atraviesa la solemnidad del poder y la deja desnuda. Hay algo de carnaval, algo de sátira, algo de dibujo animado aprendido en Roma bajo la mano de Paulo DiGirolamo, pero también hay algo profundamente humano, una ternura que se cuela entre los trazos como si dijera: “Sí, el mundo es absurdo, pero aquí estamos, todavía vivos, todavía mirando”.


Y esa mirada —esa forma de ver— es lo que hace que su obra sea una liberación psicológica y conceptual. No es solo que Picker abra su mundo interior: es que nos invita a abrir el nuestro. Sus imágenes-plásticas, construidas desde la técnica pero liberadas del corsé académico, funcionan como espejos deformantes que, paradójicamente, revelan la verdad. Nos muestran lo que somos cuando dejamos de fingir.
Hay en él un viajero perpetuo, alguien que ha cruzado continentes y ha vuelto a casa no para encerrarse, sino para mirar el planeta entero desde un punto minúsculo, como si la tierra fuera un mapa que cabe en la palma de la mano. Y en ese gesto —ese gesto de quien es uno y muchos a la vez— aparece la universalidad de su obra. Picker es un cuerpo que contiene otros cuerpos, una biografía que contiene otras biografías, un hombre que, sin proponérselo, habla por una multitud.


Pero también hay límites, claro. Su pequeño hombre —ese personaje recurrente, ese símbolo de humanidad— confiesa las fronteras de su mirada, deja fuera a la mitad del mundo, obliga a la otra mitad a imaginar su lugar. Y eso, lejos de restar, suma: abre un espacio para que el espectador complete la obra, para que la pintura siga viva más allá del lienzo.
En el fondo, lo que hace Picker es simple y monumental: convierte la experiencia humana en signo, y el signo en un puente entre lo visible y lo invisible. Su pintura no explica: revela. No denuncia: expone. No acusa: se ríe. Y en esa risa —esa risa que viene de alguien que ha visto demasiado— hay una verdad que no necesita permiso para existir.
Picker no pinta cuadros. Pinta mundos. Y cada mundo suyo es una carretera abierta, una invitación a subir al coche, acelerar sin mirar atrás y dejar que el viento nos despeine el alma.
Para más información: .sebastianpicker.com
El universo místico de Sebastián Picker en clave pictórica. Por Mónica Cascanueces.

