Arquitectura, óleo y fragmentación en capas.
El universo fragmentado de DesX: pintura, muralismo e identidad. Había algo en sus figuras que no se dejaba atrapar del todo. Algo que se movía entre la luz y la sombra, entre la carne y el aire, como si cada mujer suspendida en sus lienzos estuviera a punto de decir una verdad que nunca termina de pronunciarse. Uno aprende a reconocer ese tipo de silencio. Es el mismo que se escucha en los puertos al amanecer, cuando los barcos regresan con la cubierta húmeda y los hombres no hablan porque saben que las palabras no sirven para explicar lo que han visto.
Luca Ximenes, al que todos llaman DesX, nació en L’Aquila en 1976, pero su obra no pertenece a ningún lugar fijo. Vive en Roma, aunque podría vivir en cualquier ciudad donde la luz golpee las paredes con la fuerza suficiente para revelar lo que normalmente permanece oculto. Estudió arquitectura, y eso se nota. No en la rigidez, sino en la precisión. En la forma en que cada trazo sostiene al siguiente, como si un edificio entero pudiera derrumbarse si la línea no estuviera en el sitio exacto. Pero también se nota en su manera de mirar: con la paciencia de quien entiende que toda estructura, incluso la humana, es vulnerable.


Desde los años noventa, DesX ha pintado muros, calles, galerías, y ha dejado su marca en espacios que no suelen pedir permiso. Su trabajo nació en la escena underground, donde el arte se mezcla con el polvo y la urgencia. Allí aprendió que la belleza no necesita marcos dorados, solo un lugar donde respirar. Con el tiempo, su nombre empezó a aparecer en exposiciones dentro y fuera de Italia, pero su obra nunca perdió ese pulso callejero, esa sensación de que algo está a punto de romperse.
Las mujeres que pinta parecen flotar, suspendidas en un instante que no avanza. No son fantasmas, aunque a veces lo parecen. Son cuerpos reales, con piel que respira y luz que se posa sobre ellas como un recuerdo. Pero también están fragmentadas, interrumpidas por fallos visuales, como si la realidad misma se hubiera quedado sin aliento. Esos cortes, esas interrupciones, no son accidentes. Son heridas. Y como todas las heridas, cuentan una historia que no siempre se entiende a la primera.


Hay algo profundamente humano en esa fragmentación. Algo que habla de la ausencia, de la identidad que cambia, de la memoria que se deshace como una fotografía expuesta al sol. DesX no pinta para explicar. Pinta para mostrar lo que queda cuando las palabras fallan. Sus figuras se disuelven en colores vivos, calibrados con la precisión de un artesano que conoce el peso exacto de cada tono. Los fondos, teatrales y visionarios, no buscan acompañar: buscan desafiar. Entre la presencia y la desaparición, el espectador queda atrapado en un territorio incierto, obligado a mirar más de una vez.
Hay artistas que buscan respuestas. DesX parece buscar preguntas. Y en ese gesto hay una honestidad que se agradece. Su obra no pretende ser cómoda. No pretende ser fácil. Pero tampoco pretende ser críptica. Es simplemente fiel a la condición humana: frágil, luminosa, incompleta.


Fundó el ReActo Fest, un festival dedicado a la regeneración social y urbana. No es un detalle menor. Dice mucho sobre su manera de entender el arte: no como un objeto, sino como un acto. Como algo que debe tocar la vida real, la calle, la gente que pasa sin mirar. Quizá por eso sus figuras parecen suspendidas: porque están esperando que alguien las vea de verdad.
En un mundo que se fragmenta cada día, la obra de DesX no ofrece consuelo, pero sí compañía. Sus mujeres suspendidas nos recuerdan que todos estamos hechos de capas, de fallos, de luces que se encienden y se apagan. Y que, aun así, seguimos ahí, flotando en medio del ruido, buscando una forma de permanecer.
Eso es lo que queda después de mirar sus cuadros: una sensación de verdad. Una verdad rota, tal vez, pero verdad al fin. Y en tiempos como estos, no se puede pedir mucho más.
Para más información: desx.org
El universo fragmentado de DesX: pintura, muralismo e identidad. Por Mónica Cascanueces

