El lápiz que enamora a primera vista
El flechazo ilustrado de Elena Pancorbo. El flechazo ocurre en silencio, como un latigazo suave que te atraviesa sin pedir permiso. Estás mirando la pantalla, pasando imágenes sin pensar demasiado, y de pronto aparece una ilustración de Elena Pancorbo. Algo se detiene. Algo se enciende. Algo te agarra por dentro y te obliga a mirar otra vez, y otra, y otra. Ese instante en el que el mundo se queda quieto y solo existe una imagen, un trazo, una mirada. Ese instante que no se busca, pero que cuando llega lo reconoces como una verdad antigua. Eso es lo que pasa cuando te topas con la obra de esta artista granadina.


Hay ilustradores que dibujan bien. Hay ilustradores que dominan la técnica. Y luego está Elena, que hace algo distinto: te mira desde el papel. Sus personajes no son simples retratos; son presencias. Mujeres que respiran, que piensan, que guardan secretos. Mujeres que parecen saber algo que tú no sabes, pero que quizá podrías descubrir si te quedas un poco más. Su estilo, construido a base de lápiz, pastel y una sensibilidad quirúrgica, tiene esa cualidad que solo poseen los artistas que han encontrado su voz: no se parece a nadie más.
El trazo de Elena es limpio, pero no frío. Es preciso, pero no rígido. Tiene la suavidad de lo íntimo y la fuerza de lo inevitable. Cada línea parece colocada con una intención que no se explica, pero se siente. Y en medio de ese blanco y negro tan suyo, aparecen estallidos de color: un tatuaje, un estampado, un corazón diminuto. Pequeñas rebeliones cromáticas que funcionan como latidos. Como si esas mujeres, tan serenas en apariencia, llevaran dentro un incendio que solo se revela en detalles.


En sus ilustraciones hay feminidad, sí, pero no una feminidad complaciente ni decorativa. Es una feminidad con espinas, con carácter, con historia. Mujeres que no posan: existen. Mujeres que no buscan gustar: se muestran. Mujeres que no piden permiso: ocupan su espacio. Y en ese espacio, Elena construye un universo donde la belleza no es un adorno, sino una declaración. Donde la sensualidad no es un gesto aprendido, sino una forma de estar en el mundo. Donde la vulnerabilidad y la fuerza no se contradicen, sino que se abrazan.
Elena Pancorbo trabaja como quien escucha. Como quien observa el temblor de una emoción antes de que se convierta en palabra. Sus ilustraciones tienen algo de confesión y algo de sueño. Algo de memoria y algo de deseo. Y quizá por eso generan esa reacción tan visceral: no solo las ves, las sientes. Te quedas atrapado en los ojos de sus personajes, en la curva de un cuello, en la textura de un cabello que parece moverse aunque esté quieto. Hay una verdad emocional en cada trazo que te obliga a detenerte, a respirar más despacio, a mirar con más atención.


En un mundo saturado de imágenes rápidas, de estímulos que se consumen y se olvidan, la obra de Elena funciona como un ancla. Te devuelve al gesto de contemplar. Te recuerda que mirar también puede ser un acto íntimo. Que observar con detenimiento es una forma de cariño. Que quedarse prendado de algo —o de alguien— es todavía posible.
Su trabajo encaja en el territorio de la ilustración editorial, pero lo trasciende. Tiene la elegancia de lo clásico y la frescura de lo contemporáneo. Tiene la delicadeza del lápiz y la contundencia del color. Tiene la calma de un susurro y la intensidad de un grito contenido. Y sobre todo, tiene alma. Una alma que se reconoce, que se agradece, que se queda.

Porque al final, lo que hace Elena Pancorbo no es solo dibujar mujeres. Dibuja emociones. Dibuja silencios. Dibuja esa parte de nosotros que no siempre sabemos nombrar, pero que aparece cuando algo nos toca de verdad. Y cuando eso ocurre, no hay vuelta atrás: te quedas mirando, atrapado, rendido. Como si la ilustración te hubiera elegido a ti.
Para más información: .elenapancorbo.com
El flechazo ilustrado de Elena Pancorbo. Por Mónica Cascanueces.

