La fotógrafa que transforma la fragilidad en un arma poderosa.
Carolina Mateu y la fotografía como acto de resistencia personal. A veces uno se mete en las redes sociales como quien entra en un bar barato a las tres de la tarde sin expectativas, sin rumbo, sin ganas de hablar con nadie. Y de pronto, entre tanto ruido, aparece algo que te sacude. No un golpe fuerte, no; más bien un dedo que te toca el hombro y te dice: “eh, todavía estás vivo”. Así funcionan las fotografías de Carolina Mateu. No vienen a salvarte, ni a explicarte nada, ni a darte lecciones. Solo te recuerdan que existes, que respiras, que duele, que pasa la luz y pasa la sombra, y que a veces no queda más remedio que mirarse de frente aunque no te guste lo que ves.


Las redes tienen esa parte luminosa que casi siempre olvidamos. Entre tanta pose, tanta mentira y tanta sonrisa de plástico, de vez en cuando aparece alguien que no quiere venderte nada. Alguien que solo quiere sostenerse. Y ahí está Mateu, con sus autorretratos que parecen hechos con el mismo material con el que se fabrican los recuerdos que duelen: delicados, frágiles, casi transparentes, como si fueran a romperse si los miras demasiado tiempo. Pero no se rompen. Se quedan. Te acompañan como un fantasma amable.
En su trabajo la feminidad no es un adorno ni un perfume caro. Es un territorio vivo, áspero, lleno de cicatrices y de preguntas. El cuerpo aparece como mapa, como casa, como herida abierta y como refugio. Hay belleza, sí, pero no esa belleza de escaparate que se derrite en cuanto la tocas. Es una belleza que respira, que suda, que tiembla. Una belleza que no pide permiso.


La luz en sus imágenes no es un truco técnico. Es una compañera. A veces ilumina, a veces acaricia, a veces señala lo que duele. Y Mateu se coloca en el centro, no por ego, sino porque no le queda otra. Porque si no se mira, desaparece. Porque si no se fotografía, se diluye. Porque hay días en los que sostenerse es un trabajo a tiempo completo.
Ella misma lo dice, sin adornos, sin metáforas innecesarias: hace fotografías para sostenerse. Autorretratos como quien se agarra a una barandilla en mitad del mareo.
Su trabajo nace de la necesidad de mirarse, de comprenderse, de permanecer. Y eso, en un mundo que te exige ser feliz, productivo y perfecto, es casi un acto de rebeldía. A través del cuerpo y de lo pequeño convive con el dolor sin embellecerlo ni explicarlo. No lo convierte en poesía barata. No lo maquilla. Lo deja ahí, respirando, como un animal herido que no pide ayuda pero tampoco huye.


Fotografiar, para ella, ha sido durante años una manera de no desaparecer. Y eso se nota. Cada imagen es una prueba de vida. Un “sigo aquí” dicho en voz baja, pero firme. Un recordatorio de que existir a veces es un trabajo sucio, pero alguien tiene que hacerlo.
Hay algo profundamente honesto en su universo. Algo que no se puede fingir. Sus imágenes no buscan likes, buscan aire. No buscan aplausos, buscan espacio. Y en ese gesto, tan simple y tan feroz, está su fuerza. Porque en un mundo lleno de ruido, de filtros, de máscaras y de prisas, encontrarse con alguien que se muestra sin armaduras es casi un milagro.
Carolina Mateu no fotografía para gustar. Fotografía para no caer. Y en ese intento, en esa lucha silenciosa, nos recuerda a todos que existir ya es bastante. Que mirarse sin huir es un acto de valentía. Que el cuerpo, incluso cuando duele, es un lugar donde quedarse. Y que a veces, solo a veces, una imagen puede sostenerte más que un abrazo.
Para más información: carolinamaez
Carolina Mateu y la fotografía como acto de resistencia personal. Por Mónica Cascanueces.

