La simbiosis entre naturaleza y espíritu.
Brad Kunkle y la magia del oro en óleo. Había un brillo en las pinturas de Brad Kunkle que no se parecía a nada que uno hubiera visto antes. No era el brillo fácil del oro recién pulido ni el destello arrogante de un metal que quiere llamar la atención. Era otra cosa. Algo más antiguo. Algo que parecía haber estado allí desde antes de que el hombre aprendiera a nombrar la luz. Uno podía quedarse frente a sus cuadros durante horas y sentir que el tiempo se hacía más lento, como si el mundo respirara de otra manera.
Kunkle nació en Pensilvania, en un lugar donde los inviernos son largos y la gente aprende pronto a escuchar el silencio. Tal vez por eso sus obras hablan con esa voz baja que no necesita gritar para hacerse oír. En 2010, cuando presentó su primera exposición individual en Nueva York, la sala se llenó de gente que buscaba algo que no sabía explicar. Y lo encontraron. Las pinturas se vendieron todas la misma noche. Fue como si alguien hubiera abierto una puerta que llevaba tiempo esperando ser abierta.


Desde entonces, su trabajo ha viajado más que muchos hombres. Ha cruzado océanos, ha entrado en casas donde la luz cae de maneras distintas, ha sido observado por ojos que no comparten idioma pero sí una misma necesidad. Algunas de sus obras descansan en el Museo de New Salem. Otras, en colecciones privadas repartidas por el mundo. Y una, quizá la más silenciosa de todas, duerme en la Luna, guardada en una cápsula del tiempo digital como parte del Códice Lunar. Es extraño pensar en ello: una pintura que no verá nadie durante siglos, esperando en la soledad absoluta del espacio. Pero también es hermoso. Como si el arte pudiera acompañar a la humanidad incluso cuando la humanidad no está.
Kunkle ganó el primer premio del RAYMAR de Arte Pictórico y el Premio de Arte Hermoso y Bizarro 2025. Los premios no dicen quién es un hombre, pero a veces ayudan a entender hacia dónde mira. Y Kunkle mira hacia un lugar donde la transformación es posible, donde la intuición tiene más peso que las palabras heredadas, donde las energías femeninas no son un adorno sino una brújula.


Sus mujeres parecen surgir de un sueño antiguo. No son figuras frágiles ni figuras altivas. Son presencias. A veces están quietas, como si escucharan algo que el espectador no puede oír. Otras veces parecen estar a punto de moverse, de abandonar el lienzo y caminar hacia un bosque que solo existe en la memoria. La hoja de oro y plata que utiliza no es un truco. Es un lenguaje. Un modo de decir que la luz también puede ser piel, que el brillo puede ser una forma de verdad.
Hay en su obra un deseo de despertar. No un despertar violento, sino uno lento, como el de una mañana en la que el sol entra por la ventana y uno entiende que algo ha cambiado sin saber exactamente qué. Kunkle habla de abandonar dogmas heredados, de escuchar la intuición, de seguir caminos que no siempre están marcados. Sus pinturas parecen decir que la iluminación no es un destino, sino un movimiento constante hacia algo más amplio, más vivo.

La naturaleza está siempre presente. No como un escenario, sino como un aliado. Las hojas, los animales, el viento que parece moverse dentro del cuadro: todo forma parte de un mismo pulso. Hay armonía, pero también tensión. Como si el mundo natural y el mundo humano se buscaran sin terminar de encontrarse del todo.
Al final, lo que queda después de mirar una obra de Brad Kunkle es una sensación difícil de nombrar. Algo entre la calma y la inquietud. Entre la belleza y la verdad. Uno siente que ha visto algo que no se olvida. Algo que seguirá brillando incluso cuando uno cierre los ojos. Y eso, en tiempos como estos, es un regalo raro.
Para más información: bradkunkle.com
Brad Kunkle y la magia del oro en óleo. Por Mónica Cascanueces

