Experimentación, lenguajes híbridos y nuevas narrativas.
Había una luz fría entrando por los ventanales de la Galería de Cristal, una luz que parecía venir de un tiempo más antiguo que la ciudad misma. Bajo esa luz, Art Madrid celebraba su vigésimo primer año. Era 2026 y la feria volvía a levantar su estructura como un viejo barco que conoce bien el mar y no teme al viento. Treinta y cinco galerías, nacionales e internacionales, se reunían allí como hombres y mujeres que han visto demasiado y aún así siguen creyendo en la belleza y en la lucha, porque el arte siempre es una forma de lucha, aunque nadie lo diga en voz alta.
La feria había crecido con los años y había aprendido a sostenerse sola, a caminar sin pedir permiso. No seguía una única línea curatorial, no quería hacerlo, prefería la pluralidad como un hombre que ha vivido lo suficiente para saber que la verdad nunca es una sola. Cada expositor traía su propio pulso, su propio modo de mirar el mundo. Y juntos formaban un territorio vivo, lleno de tensiones, de silencios, de gestos que se cruzaban sin tocarse del todo.

El programa de galerías era el corazón de todo aquello.
Un corazón grande, firme, que latía con la fuerza de la experimentación y de los lenguajes híbridos. Allí estaban las obras que buscaban nuevos soportes, las que reformulaban técnicas antiguas, las que hablaban de la tecnología como si fuera un animal salvaje que aún no sabemos domesticar. También estaban las piezas que miraban hacia dentro, hacia la memoria, la identidad, el territorio. Obras que parecían decir: “Esto somos, hemos sido y esto podríamos ser”.


La Galería de Cristal se transformaba en un espacio dinámico, casi vivo. Las propuestas dialogaban entre sí como viejos amigos que se encuentran después de años. A veces discutían. A veces se reconocían. A veces guardaban silencio. Pero siempre había algo que las unía: la necesidad de contar una historia, aunque fuera pequeña, aunque fuera frágil.
Veintiséis de las galerías venían de España. Barcelona, Valencia, Gijón, Madrid, Santiago, Mallorca, Cádiz, A Coruña, San Sebastián. Cada una traía consigo un pedazo de su tierra, de su clima, de su manera de entender la luz.

Las otras nueve venían de más lejos: Seúl, La Habana, Lisboa, París, Copenhague, Taipéi. Su presencia ampliaba el horizonte, como cuando uno mira el mar y entiende que hay otros puertos, otras costas, otros hombres que también buscan algo. Ocho de esas galerías eran nuevas. Llegaban con la energía de quien todavía no ha sido derrotado por el tiempo, con la convicción de que siempre hay un camino distinto para recorrer.
El programa paralelo era otra cosa, más íntimo y más silencioso.
Se adentraba en las nociones de fragmentos, relaciones y distancias imaginarias. Hablaba de lo cotidiano, de lo que pasa desapercibido, de lo infraordinario. Era un recordatorio de que el arte no siempre está en lo grandioso. A veces está en un rincón, en una sombra, en un gesto que casi no se ve. Perec y Glissant acompañaban esta mirada. Uno desde la observación minuciosa. El otro desde la relación entre las diferencias. Ambos recordaban que el mundo es más complejo de lo que parece y que el arte puede ayudarnos a entenderlo, aunque sea un poco.


Las distancias imaginarias se convertían en el eje del programa. Eran recorridos subjetivos, trazados por los visitantes. Caminos que no existían hasta que alguien los recorría. Y eso hacía de la feria un territorio colectivo, pero también profundamente personal.
Había entrevistas, recorridos comisariados, mediación cultural, performances, espacios universitarios, programas de coleccionismo y mecenazgo. Todo ello buscaba fortalecer vínculos, crear otros nuevos, sostener el tejido cultural como quien sostiene una red de pesca que ha sido remendada muchas veces pero aún sirve para atrapar algo verdadero.
Art Madrid’26 era, al final, un lugar donde convergían muchas voces. Un espacio plural, complejo, lleno de tensiones y de belleza. Un punto de encuentro para quienes todavía creen que el arte puede decir algo importante. Y quizá lo dice. Quizá siempre lo ha dicho, solo hay que saber escucharlo.
Para más información: art-madrid.com
- ¿Cómo llegar? Montalbán, 1, Retiro, Madrid
Art Madrid como cita imprescindible en la semana del arte. Por Mónica Cascanueces.

