«El juego del calamar» bajo la sombra sucia de Marcuse.
¿Vencer al sistema? Al final de El juego del calamar, cuando ya no queda nada más que sangre seca, deudas que huelen a sudor viejo y un puñado de almas rotas, aparece esa pregunta que nadie quiere hacer en voz alta porque sabe que la respuesta es un puñetazo en el estómago: ¿se puede vencer al sistema? Ese maldito monstruo que te mastica desde que naces y te escupe cuando ya no sirves ni para barrer tu propia miseria.
La tercera temporada se atreve a poner un bebé en medio del desastre, como si la inocencia fuera un chiste cruel contado por un borracho en un bar a punto de cerrar. Gi?hun se lanza al vacío para salvarla, como si todavía creyera que un gesto puro puede detener la maquinaria. Pero ya sabemos cómo funciona esto: los héroes mueren, los villanos invierten, y el sistema sigue contando billetes mientras fuma un cigarro largo y barato. El sacrificio no detiene nada; apenas deja un eco, un murmullo que se pierde entre las risas de los VIP.
Ahí es donde Marcuse entra como un viejo gruñón que ya lo vio todo y no se sorprende de nada. Él sabía que la gente se aferra a sus cosas —sus coches, sus casas, sus cacharros brillantes— como si fueran amuletos contra la desesperación. Y los jugadores del maldito juego no están ahí solo por deudas: están ahí porque el sistema les enseñó a confundir dignidad con mercancía, libertad con cuotas, esperanza con un contrato firmado en tinta invisible.
La serie juega con la idea de elección, pero es una broma pesada. Te dejan votar, te dejan hablar, te dejan creer que decides algo. Marcuse lo dijo sin temblarle la mano: la libertad es un espejismo cuando todas las opciones están diseñadas por la misma fábrica. Es como elegir entre dos botellas vacías esperando que una te emborrache.
Gi?hun, con su acto final, parece un loco. Y quizá lo es. Porque en un mundo donde todo se compra y se vende, la rebeldía auténtica —esa que no genera beneficios ni trending topics— es vista como una enfermedad. Su “no” es un rugido pequeño, un intento de romper la pantalla desde dentro. Pero el sistema es un animal enorme, viscoso, que convierte cualquier grieta en mercancía. Nada se desperdicia; todo se recicla para seguir alimentando el espectáculo.
¿Vencer al sistema? No con sacrificios individuales. No con gestos que el poder puede empaquetar y vender como contenido premium. Vencer sería levantarse de la mesa, tirar las cartas, apagar la luz y dejar al monstruo jugando solo. Sería negarse a seguir reconociéndose en las cosas que nos atan. Sería un acto cotidiano, silencioso, casi miserable, pero real.
¿Es posible? Tal vez. O tal vez no. Quizá la única victoria sea seguir dudando, seguir diciendo “no” aunque nadie escuche, seguir caminando aunque el suelo tiemble. Quizá la libertad sea apenas un instante sucio y fugaz, como el último trago antes de que cierren el bar.
Pero a veces, con eso basta.
¿Vencer al sistema? Por Leonardo Lee.
Las opiniones, análisis y contenidos publicados en Infomag Group no representan necesariamente la postura editorial del medio. Defendemos la pluralidad de miradas y la exploración crítica de la realidad desde múltiples perspectivas, fomentando un debate cultural, social y académico que invite a cada lector a ejercer un criterio propio, informado y reflexivo.
Apostamos por contenidos sin censuras, mostramos el arte como un medio provocador y estamos al servicio del hedonismo culinario. Creemos en la libertad creativa, en la fricción que despierta pensamiento y en el placer como territorio legítimo de expresión cultural. La diversidad de voces es parte de nuestra identidad: un espacio donde conviven sensibilidades distintas, siempre con el compromiso de ampliar horizontes y estimular el pensamiento crítico.

