Desde sus orígenes, cuando los seres humanos hacemos arte, lo que en realidad hacemos es mostrar un modo único de estar en el mundo, una forma de construir ese mundo propio que deseamos generar.
Ricardo Piñero: pensar y mirar, dos formas de agradecer el mundo. Ricardo Piñero Moral se ha consolidado como una de las voces más singulares y profundas en el panorama de la estética filosófica contemporánea. Catedrático de Estética y Teoría de las Artes en la Universidad de Navarra, ha dedicado su trayectoria a explorar el misterio de la belleza, el sentido del arte y la potencia transformadora de la mirada humana.
Más allá de su sólida labor académica profesor de economistas, director de proyectos de investigación, invitado en universidades europeas y americanas, miembro de consejos editoriales y académico del Center of Medieval Culture Studies de la Universidad de San Petersburgo, Piñero destaca por su capacidad de convertir la reflexión filosófica en un acto vital, cercano y fértil.
Entre los hilos conductores de su pensamiento sobresale una convicción luminosa: “nuestros referentes no deben ser los libros, sino las personas que nos enseñaron lo interesante que eran los libros”. Esta afirmación, que parece sencilla, desvela una clave esencial de su estilo intelectual: la filosofía nace del encuentro, de la experiencia compartida, de la gratitud hacia quienes nos han enseñado a mirar.
En sus obras entre ellas El arte de mirar: la trascendencia de la belleza (2023), Elogio del pensar (2024), El bosque de los filósofos (2024) y Arte, belleza y abstracción. Miradas atentas (2025) late una concepción del arte como invitación y como camino. Piñero sostiene que artistas y filósofos son seres empeñados en degustar la realidad que habitan, seres humanos que gozan de un mirar atento que ejercitan al máximo porque, en ese acto a medio camino entre la contemplación y la acción, la experiencia vital se ensancha, se vuelve más rica, más jugosa, más verdadera.
De ahí que subraye el privilegio de asomarse a las obras de arte, provengan de donde provengan. Estar ante una obra, afirma, es como encontrarse con una palabra nueva: quizá reconozcamos sus fonemas, pero su significado puede inaugurar en nosotros un territorio desconocido, un ámbito inexplorado del alma.
Piñero insiste también en que las miradas atentas en tiempos de crisis pertenecen a quienes han aprendido la virtud del olvido de sí. Siguiendo la intuición de Joseph Beuys, recuerda que todos podemos ser artistas cuando ponemos nuestras capacidades al servicio de los demás. En esa entrega común se alumbran tiempos buenos incluso dentro de la crisis, tiempos en los que la belleza, entendida como revelación de sentido, nos permite descubrir lo mejor de la vida, de la vida buena.
Los seres humanos soñamos con tener una buena vida, y esto no siempre significa aspirar a una vida buena. Las cosas que nos preocupan suelen ser aquellas que nos afectan de un modo directo, aquellas que condicionan o posibilitan que podamos alcanzar los fines que nos proponemos. He aquí algo muy propio de nuestra condición: más allá de cualquier imperativo biológico, tenemos la posibilidad de dotarnos a nosotros mismos de unos fines que elegimos, unas metas que orientan nuestras acciones y que contribuyen a que nuestra existencia sea única.
Podría parecer algo accesorio y, sin embargo, esta capacidad de poder definir un fin y orientar los medios a nuestro alcance para lograrlo, constituye un rasgo específico de nuestra naturaleza. A diferencia de los animales, que obran encadenados a su instinto, nosotros podemos sobrevolar nuestras meras necesidades y atrevernos a satisfacer nuestros deseos de un modo completamente distinto a lo programado. Entran en juego aquí todas las dimensiones de lo humano, y se abren todas las grandes, cuestiones: la capacidad de conocer, la de comunicarnos, el libre albedrío, la voluntad, la libertad, el amor…
Algo muy humano, una actividad que permite que nos conozcamos mejor, que nos comuniquemos de muchas maneras, que ejemplifique nuestro no estar atados a nada ni a nadie, que sea muestra de un ejercicio sin trabas de nuestra voluntad y que manifieste de un modo operativo nuestra libertad, es eso que desde antiguo llamamos ‘arte’.
Desde sus orígenes, cuando los seres humanos hacemos arte, lo que en realidad hacemos es mostrar un modo único de estar en el mundo, una forma de construir ese mundo propio que deseamos generar. Ese hacer arte es una realidad que conecta con otra realidad, es un saber hacer que nos permite profundizar en el examen detenido de las cosas que nos rodean, y que posibilita la creación de sentido.
Los tiempos humanos son siempre tiempos en los que el arte está presente. Los tiempos humanos son siempre tiempos buenos porque, de un modo u otro, cuando hacemos arte lo que estamos creando no sólo es una vía de conocimiento de lo exterior, sino un modo de expresión de lo interior. La vida humana es vida buena, entre otras cosas, porque es condición de posibilidad de un hacer peculiar, de un obrar único al que llamamos hacer arte. Esos tiempos buenos no dejan de serlo porque haya problemas, dificultades, contrariedades, desastres naturales, derrumbes financieros, burbujas inmobiliarias, políticos corruptos, pandemias…
No. Los tiempos humanos son siempre buenos tiempos si son tiempos de crisis. Me explico. Una crisis no es una ‘mala’ coyuntura o una situación ‘desfavorable’. No. Una crisis es un momento de especial interés para un ser humano, porque es ahí donde más puede hacer visible su valía en tanto que ser humano.
‘Crisis’ significa examinar detenidamente y, por tanto, poder llegar a penetrar mejor en los entresijos de todo lo que nos rodea. Crisis significa poner en cuestión aquello que nos ha sido dado y que deberíamos revisar con cuidadosa atención para dejarlo de lado, si no responde a algo realmente importante. Crisis significa tomar partido, asumir en primera persona, renovar y agitar nuestra conciencia para que cada uno de nosotros asuma el verdadero papel que le toca representar en la existencia. Crisis no es vivir a la deriva, sino todo lo contrario. Crisis es tener tan clara la meta que, a pesar de los vaivenes, uno no pierda el camino que lleva a ella, porque lo importante es vivir orientado.
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Ricardo Piñero: pensar y mirar, dos formas de agradecer el mundo

