Cuando el silencio decide hablar.
Pintar lo que casi nadie mira. Hay artistas que pintan para llenar un vacío, y otros, muy pocos, que pintan para escucharlo. Marolize Southwood pertenece a esa segunda especie en peligro de extinción: la de quienes saben que un vaso, una silla o un rincón vacío pueden contener más verdad que cualquier discurso. Sus cuadros no buscan impresionar; buscan respirar. Y en ese gesto mínimo, casi clandestino, revelan una belleza que solo aparece cuando uno se atreve a mirar despacio.
Southwood nació en Potchefstroom, creció en Viljoenskroon, un pueblo pequeño del Estado Libre sudafricano, y ahora trabaja desde Ciudad del Cabo. Esa geografía íntima, hecha de espacios amplios y silencios largos, parece haberle enseñado que lo cotidiano es un animal salvaje: si lo miras de frente, huye; si lo observas de reojo, se te queda a vivir dentro.

Una artista que convierte lo mínimo en un territorio emocional
Graduada en Bellas Artes por la Escuela Michaelis en 2017, Southwood empezó en la fotografía. Quizá por eso sus cuadros tienen esa precisión que no perdona, esa forma de atrapar la luz como si fuera un secreto que alguien dejó olvidado en la mesa. Pero la fotografía, con toda su exactitud, no le bastó. Había emociones que no cabían en un obturador. Había silencios que necesitaban más tiempo para decir lo que tenían que decir.
Así llegó a la pintura, no como un salto, sino como una especie de rendición. Y desde entonces, cada lienzo suyo es un intento de poner palabras a lo que normalmente pasa desapercibido: la emoción contenida en un rincón vacío, la poesía escondida en un objeto cualquiera, ese silencio que flota entre las cosas y que casi nadie se detiene a escuchar.


Técnica: realismo suave, atmósfera líquida
Southwood trabaja con capas de óleo y acrílico que se superponen como si fueran respiraciones. Nada es brusco. Nada es definitivo. Sus paletas empolvadas, desaturadas, envuelven a los personajes y objetos en una luz que parece derretirse. Las formas no aparecen: emergen. Como recuerdos que aún no han decidido si quedarse o desvanecerse.
Ese realismo delicado, casi tímido, es lo que convierte su obra en un territorio emocional. No hay gritos. No hay dramatismos. Solo una especie de latido lento que se expande por el lienzo. Southwood pinta desde la pausa, desde ese lugar donde el tiempo se estira y lo cotidiano se vuelve poético sin pedir permiso.

Espacios y objetos: la realidad que inventamos
La artista explora la idea de la “realidad construida”: esa arquitectura invisible que levantamos sin darnos cuenta. Una mesa, un vaso, una cortina que se mueve apenas… todo se convierte en un testigo silencioso de nuestra existencia. Southwood combina objetos y espacios de formas inusuales, creando narrativas que parecen familiares y extrañas al mismo tiempo.
En sus interiores hay algo de confesión. En sus retratos, algo de espera. En sus objetos domésticos, una belleza que sobrevive a pesar de todo. Sus cuadros funcionan como habitaciones llenas de memoria, como espejos donde uno entra y sale distinto.

Una poética de la presencia
En un mundo que corre como si quisiera romperse las piernas, la obra de Marolize Southwood es un acto de resistencia. Una invitación a mirar despacio, a escuchar lo que no suena, a sentir lo que no se dice. Su pintura es una meditación sobre la presencia: sobre cómo existimos dentro de los espacios que habitamos y cómo ellos, a su vez, nos habitan a nosotros.
Southwood no pinta objetos. Pinta la vida secreta de esos objetos. Pinta el silencio que dejamos atrás cuando salimos de una habitación. Pinta la memoria que se queda flotando en el aire cuando nadie la reclama. Y en ese gesto, tan simple y tan feroz, nos recuerda que lo mínimo también arde.
Para más información: marolizesouthwood
Marolize Southwood: Pintar lo que casi nadie mira. Por Mónica Cascanueces.

