Para Wells, el progreso jamás es neutro. Su dirección depende de los valores que lo guían, y esa lección es más urgente que nunca en un mundo donde la innovación avanza a un ritmo que supera la capacidad de reflexión.
«No se puede jugar con el progreso como si fuera un juguete; su precio siempre se paga», dice el Viajero del Tiempo. Cuando Wells imaginó su famosa máquina del tiempo a finales del siglo XIX, no podía prever los algoritmos que dirigen nuestro día a día, la inteligencia artificial que analiza comportamientos o la biotecnología capaz de cambiar genomas. Sin embargo, su novela contiene una advertencia que resuena con una claridad inquietante. El Viajero del Tiempo confiesa en un momento: «No tengo claro que la ciencia, alguna vez, nos traiga beneficios sin desventajas». Una frase que parece escrita para la era digital.
Wells no solo creó un artilugio fantástico, sino un espejo moral. Cuando el protagonista viaja al año 802.701, se encuentra con dos especies humanas, los Eloi y los Morlocks, cuya distancia social y física son el resultado de un desarrollo técnico sin propósito ético compartido. Los Eloi le parecen «criaturas hermosas y frágiles, sin ninguna huella de esfuerzo», mientras que los Morlocks representan la otra cara del progreso, «maquinistas subterráneos, acostumbrados a la oscuridad y al trabajo incesante». La escisión entre ambos no es solo biológica: es ética. Es la consecuencia extrema de una sociedad que permitió que sus avances reforzaran desigualdades hasta romper la humanidad en dos.
En el siglo XXI, la tecnología está demostrando ser capaz de transformar la economía, la medicina y las relaciones sociales. Pero también nos hace plantearnos, qué ocurre cuando innovamos sin pensar en su impacto. En la novela, el Viajero del Tiempo admite que su comprensión del futuro fue un proceso de descubrimiento moral: «Comprendí entonces el resultado de siglos de comodidad para unos y de trabajo para otros». Esta frase podría aplicarse a la actualidad, donde la tecnología puede aliviar desigualdades… o ampliarlas drásticamente según cómo la diseñemos.
Filosofía moral en la era digital
Muchos pensadores contemporáneos han recogido esta inquietud y han dialogado, implícitamente, con Wells. El filósofo italiano Luciano Floridi sostiene que vivimos ya en una “infoesfera”, en la que la información tiene una entidad análoga a la vida biológica. De ahí su propuesta de una «ética del cuidado creativo»: los tecnólogos no deben limitarse a desarrollar sistemas, sino que tienen que preocuparse de proteger de sus consecuencias. Diseñar tecnología ética significa asumir una función casi de custodio intelectual: no solo crear, sino proteger. Ya lo advertía el protagonista de Wells cuando observa el mundo futuro: «El hombre había construido máquinas, pero había olvidado construir sabiduría».
En La máquina del tiempo se describe a los Morlocks como «seres que han hecho de la maquinaria la extensión de su propia voluntad». La frase ilustra un temor moderno: seres convertidos en esclavos de sus máquinas, hasta el punto de pensar y actuar como ellas. Nick Bostrom, uno de los filósofos más influyentes en debates sobre inteligencia artificial, le da la vuelta a la idea, ¿y si en el futuro no somos esclavos de la máquina, sino material para ella?
Wells no solo creó un artilugio fantástico, sino un espejo moral.
Su ejemplo del «maximizador de clips» es el Morlock llevado al extremo: su único objetivo es fabricar clips, y si para eso necesita transformar el mundo entero (incluidos nosotros) en una fábrica, lo hará. No le importamos, pero tampoco nos odia, simplemente no entramos en sus cálculos. Al igual que los Morlocks usaban la maquinaria sin un propósito humano, esta IA podría usar todo, incluso a las personas, como un medio para su fin. La gran diferencia es que Wells nos mostró el final de ese camino, la humanidad rota, mientras que Bostrom nos está dando la advertencia antes de que lleguemos a ese punto.
Shakir Mohamed nos recuerda que la tecnología nunca nace en el vacío. Está moldeada por las manos que la crean y los valores de quienes la financian. Por eso, la verdadera ética tecnológica debe ir más allá de preguntar si algo es técnicamente posible para cuestionar quién está detrás de este desarrollo, con qué intereses y para beneficio de quién. Al dividir a la humanidad futura entre los Élois, que vivían en la superficie sin preocupaciones, y los Morlocks, condenados a los túneles subterráneos para mantener la maquinaria del mundo, Wells estaba haciendo esencialmente la misma pregunta: cuando avanzamos tecnológicamente, ¿quién disfruta de los frutos del progreso y quién queda relegado a mantener las máquinas, invisible e imprescindible a la vez?

La ciencia ficción como advertencia ética
Wells inauguró un linaje literario que continúa explorando los dilemas éticos del progreso. En Permutation City de Greg Egan, el interrogante gira en torno a la identidad digital: seres conscientes que existen en universos simulados, donde la pregunta ética ya no es solo qué pueden hacer las máquinas, sino qué derechos tienen las conciencias creadas por software. En The Old Axolotl de Jacek Dukaj, la humanidad migra hacia cuerpos mecánicos tras una catástrofe biológica, y la tecnología no solo redefine el cuerpo, sino la propia noción de comunidad.
Más perturbador aún es el diálogo entre dos clásicos. Si Wells nos mostró una humanidad dividida físicamente entre la superficie y el subsuelo, Aldous Huxley en Un mundo feliz profundizó esta idea llevándola a un nivel más íntimo y perturbador: la tecnología no necesita oprimir con cadenas visibles, puede crear una jaula mucho más eficiente desde dentro de nosotros mismos. En el mundo de Huxley, la ingeniería genética y el condicionamiento mental han reemplazado a las máquinas de los túneles de los Morlocks. No hay necesidad de obligar a nadie a trabajar en la oscuridad, porque cada persona es diseñada desde su concepción para amar su lugar predestinado en una sociedad rígida.
Ambos autores entienden que el mayor peligro no es que la tecnología nos domine por la fuerza, sino que redefina lo que significa ser humano hasta que la libertad y la autenticidad dejen de siquiera desearse. ¿Qué es peor, un futuro donde la tecnología nos segrega en túneles oscuros como a los Morlocks, o uno donde, como en la visión de Huxley, ni siquiera echemos de menos la luz del sol porque hemos sido reprogramados para amar la oscuridad?
Volviendo al mundo real, aún tenemos la oportunidad de dirigir el progreso. No podemos limitarnos a imaginar el futuro, debemos diseñarlo con cuidado y responsabilidad. El libro termina con una frase que tenemos que leer como un mensaje para nosotros: «El futuro sigue siendo un océano oscuro, y lo que encontremos en él dependerá de cómo naveguemos».
Para más información sobre H. G. Wells
La máquina del tiempo de H. G. Wells. Por Arantza García @ArantzaG44

