La quietud que arde.
La belleza vulnerable del desnudo analógico según Dirk Haas. Hay tipos que necesitan una botella, otros necesitan una guerra. Dirk Haas necesita una Polaroid. Y no para hacer de artista maldito ni para presumir de carretes caducados en una estantería. No. Él la usa como quien usa un estetoscopio: para escuchar el temblor de la piel, el silencio que se cuela entre dos respiraciones, la verdad que aparece cuando uno se queda sin excusas y sin ropa. Las fotografías de Haas no gritan, no empujan, no seducen. Más bien se quedan ahí, quietas, como un animal que te observa desde la penumbra.
Y en esa quietud hay una intimidad que jode un poco, porque te obliga a mirarte también a ti. A reconocer que todos somos vulnerables, que todos tenemos un rincón donde nos derrumbamos, que todos hemos sentido esa libertad rara que aparece cuando ya no queda nada que esconder.

La Polaroid, con su luz suave y su textura imperfecta, es el escenario perfecto para esa desnudez que no es solo de piel, sino de pensamiento.
Haas captura cuerpos, sí, pero también captura el aire que flota alrededor de ellos, la duda que se posa en un hombro, la melancolía que se esconde en un gesto inocente. Sus imágenes parecen tomadas justo antes de que alguien suspire, o justo después de que alguien haya decidido seguir viviendo un día más.
Hay amaneceres que entran por la ventana como un perdón, y atardeceres que caen sobre la habitación como un secreto compartido. Haas los deja entrar. No los fuerza. No los manipula. Solo los deja dibujar las formas de un cuerpo que no pretende ser perfecto, sino real. Y en esa realidad hay una belleza que no necesita explicación.

El fotógrafo que escucha.
Dicen que la pasión de Haas por lo analógico nació de su interés por la tecnología y el arte. Suena contradictorio, pero así es la vida: uno empieza arreglando cables y termina persiguiendo almas. Empezó fotografiando bodas, amigos, árboles, cosas que no muerden. Pero pronto descubrió que lo suyo no era capturar momentos felices, sino momentos verdaderos. Y la verdad, ya lo sabemos, no siempre sonríe.
En 2016 tomó la decisión más fácil de su vida: quedarse solo con la Polaroid. Nada de sensores, nada de pantallas, nada de repetir la toma hasta que el ego quede satisfecho. Una foto, un disparo, un instante que no vuelve. Como la vida misma. Nunca se arrepintió. Y cómo iba a hacerlo, si lo que encontró fue un lenguaje propio, una forma de mirar que no necesita filtros ni artificios. La luz del día es su estudio, la gente natural es su materia prima, y la confianza es su herramienta más afilada.

Porque Haas no fotografía cuerpos: fotografía personas. Y para eso hace falta algo más que técnica. Hace falta psicología, paciencia, un oído atento. Hace falta saber cuándo callar y cuándo dejar que el silencio haga su trabajo. Sus modelos no posan: se entregan. Se dejan llevar. Se dejan ser. Y eso, en un mundo obsesionado con la pose, es casi un milagro.
La libertad de mostrarse.
La fotografía de desnudos se convirtió en su pasión, pero no en el sentido barato del término. No hay morbo, no hay exhibicionismo, no hay esa mirada depredadora que tantos confunden con arte. Lo que hay es libertad. La libertad de mostrarse sin miedo, sin maquillaje emocional, sin la armadura que llevamos puesta incluso cuando dormimos.

Haas captura ese instante en el que uno se desnuda por dentro y por fuera. Ese momento en el que la vulnerabilidad se convierte en una forma de fuerza. Sus Polaroids son pequeñas ventanas hacia un universo analógico donde la piel respira, la luz acaricia y el alma se asoma sin pedir permiso.
En un mundo saturado de imágenes perfectas, él elige lo imperfecto. Lo humano. Lo que tiembla. Y quizá por eso sus fotografías no solo se miran: se sienten. Como una confesión susurrada al oído. Como un recuerdo que no sabías que tenías. Como un amanecer que te encuentra todavía despierto, preguntándote qué demonios significa estar vivo.
Para más información: Dirk Haas
La belleza vulnerable del desnudo analógico según Dirk Haas. Por Mónica Cascanueces.

