Antonio Escohotado ya lo advirtió, la prohibición es el truco y el miedo es la correa.
El histórico fracaso de la guerra contra las drogas, es ese espectáculo grotesco donde los generales se declaran vencedores mientras el enemigo engorda, se multiplica y se pasea por las calles con la tranquilidad de quien sabe que nadie lo va a detener. Un fracaso tan monumental que ya ni siquiera sirve para tragedia, más bien para comedia negra. Décadas de prohibición, miles de millones quemados, cárceles saturadas, sustancias cada vez más adulteradas… y el consumo igual o mayor que antes. Si esto fuera una empresa privada, habrían despedido al CEO antes de que terminara la primera junta, pero como es el Estado, basta con cambiar el eslogan y seguir cavando.
Y lo más hilarante es que ni siquiera han conseguido lo más básico que logra cualquier guerra que es encarecer el producto. Ahí tienes la cocaína, ese prodigio macroeconómico que lleva décadas costando prácticamente lo mismo. (60 EUROS / 10000 PTS). Ni inflación, ni crisis del petróleo, ni burbuja inmobiliaria, ni pesetas, ni euros, ni recesiones. Nada la toca, es, probablemente, el único mercado estable de España. Si los economistas fueran sinceros, la pondrían como ejemplo de “precio sostenido” en las facultades. Pero claro, es difícil admitir que el sector más eficiente del país es ilegal y funciona mejor que la mitad de los mercados regulados.
Prohibir para controlar, el negocio que nadie quiere desmantelar.
Aquí entra la parte que nadie quiere escuchar, a los Estados no les interesa despenalizar nada ya que la prohibición es demasiado rentable. Laureano Oubiña lo dijo sin metáforas ni vergüenza, que sin la colaboración de las fuerzas policiales y del propio Estado, el contrabando gallego jamás habría sido posible. No es que el sistema falle, es que funciona exactamente como está diseñado. La corrupción no es un accidente, es el lubricante del engranaje. La prohibición no protege a nadie, lo único que hace es mantener un mercado negro boyante, blindado por la clandestinidad y bendecido por la hipocresía institucional.
Y mientras tanto, los gobiernos corruptos siguen vendiendo la épica de la “guerra contra las drogas” como si no fuera el mayor fracaso estratégico desde que alguien decidió invadir Rusia en invierno. La narrativa oficial es simple, prohibir para salvar vidas, pero la realidad es más cruda, prohibir para controlar cuerpos, conciencias y mercados.
El miedo es la droga del poder.
Antonio Escohotado lo vio antes que nadie, drogas, miedo y poder son la receta perfecta del control social. Durante milenios, la humanidad supo usar plantas y sustancias con una mezcla de respeto, ritual y picardía. Hasta que los estados modernos, primero los teocráticos, luego los que solo creían en sí mismos, decidieron que la conciencia ajena era asunto suyo. Y ahí empezó la fiesta: persecuciones, histerias colectivas, leyes hechas para castigar a los demasiado libres.
Para Escohotado, la psicofarmacología era la nueva caverna de Platón, la bendición del placer, del conocimiento, del alivio y la maldición del miedo social a que la gente viva un poco más de la cuenta. La represión no nace del peligro, sino del pánico moral. No es la droga la que destruye sociedades, es la prohibición la que las envenena. La adulteración mata más que cualquier planta. El miedo enferma más que cualquier sustancia. En el fondo, Escohotado solo pedía una cosa, que dejáramos de temer a la libertad más que a la mentira. Y eso, en un mundo que prefiere la represión a la lucidez, siempre ha sido pedir demasiado.
El histórico fracaso de la guerra contra las drogas. Por John Headhunter.

