La incomodidad como estética.
The Jesus and Mary Chain: «El ruido como revelación». Hay noches en que la música no suena, arde. Vibra como un cable pelado bajo la lluvia, ilumina la oscuridad con chispazos breves, casi sagrados. Así entran The Jesus and Mary Chain en la historia: no como una banda, sino como un fenómeno atmosférico. Dos hermanos escoceses, William y Jim Reid, caminando entre torres grises y cielos bajos, aprendiendo desde niños que la belleza puede ser áspera, que la electricidad también es una forma de oración. Su música huele a juventud que se desborda, a rabia que encuentra un cauce. No vinieron a encajar, vinieron a incendiar.
Psychocandy: el evangelio del feedback.
Psychocandy no se escucha, se atraviesa. Es un túnel de ruido blanco donde los Beach Boys se encuentran con una fábrica oxidada y, milagrosamente, se abrazan. Es un accidente hermoso, un choque frontal entre la dulzura y la distorsión. Jim canta como quien mira por la ventanilla de un coche sin frenos, mientras William construye un muro de sonido que se derrumba y se reconstruye en cada compás.
En ese caos hay ternura, una ternura que corta. Una ternura que duele. Una ternura que, sin pedir permiso, funda un nuevo territorio emocional.
Los críticos nunca supieron dónde colocarlos. Demasiado ruidosos para los puristas, demasiado melódicos para los nihilistas, demasiado borrachos para los profesionales, demasiado sinceros para los cínicos. Pero ahí reside su fuerza: The Jesus and Mary Chain no buscaban aprobación, buscaban sobrevivir. Tocaban como quien exhala, como quien necesita expulsar demonios a través de un amplificador. Su verdad era incómoda, sudorosa, imperfecta. Y por eso era verdad. En un mundo que exige pulcritud, ellos ofrecieron suciedad luminosa.
Darklands: la claridad que inquieta.
Darklands llegó como un amanecer extraño, más limpio, más desnudo, como si los Reid hubieran decidido quitarse el abrigo empapado y mostrar la piel. Pero la piel también tiene sombras. “April Skies” es un viaje en coche con las ventanillas bajadas, el viento golpeando la cara, el corazón latiendo al ritmo de un motor cansado. Es un disco que respira, que se abre, que deja entrar la luz sin renunciar a la herida. Los Reid siempre supieron esconder cuchillas dentro de caramelos.
I’m going to the Darklands / To talk in rhyme / With my chaotic soul / As sure as life means nothing / And things end in nothing / And heaven I think is too close to hell / I want to move / I want to go…
Después vinieron los altibajos, los discos que brillaban y los que se torcían, las peleas fraternas que parecían escritas por un Kerouac ebrio en un motel de mala muerte. Automatic, Honey’s Dead, Stoned and Dethroned, Glasgow Eyes … cada álbum es un tramo distinto de una misma carretera infinita. A veces aceleran, a veces derrapan, a veces se quedan dormidos al volante. Pero siempre vuelven a arrancar. Incluso cuando el tanque está vacío. Incluso cuando la noche es demasiado larga.
Los poetas del ruido.
Lo que hace grande a The Jesus and Mary Chain no es solo su música, sino su manera de existir. Son una banda que nunca quiso encajar, que caminó por el borde del precipicio con una sonrisa torcida. Son los poetas del feedback, los vagabundos del ruido, los hermanos que se amaron y se odiaron con la misma intensidad con la que tocaban. En un panorama musical que buscaba héroes, ellos se presentaron como humanos. Humanos rotos, humanos brillantes, humanos reales.
Escuchar a The Jesus and Mary Chain es encender un cigarrillo de cannabis, poner el volumen al máximo y dejar que la noche te trague. Es sentir que la vida es un viaje sin mapa, sin destino, sin promesas. Es entender que a veces el ruido es la única forma de decir la verdad. Y en ese ruido, los Reid encontraron su camino, su salvación. Una salvación imperfecta, pero salvación al fin.
Para más información: themarychain.com
The Jesus and Mary Chain: «El ruido como revelación». Por John Headhunter.

