El desnudo como libertad y modernidad.
Imogen Cunningham: el desnudo como revelación del ser. Ocupa un lugar singular en la historia de la fotografía por su capacidad para despojar al cuerpo humano de connotaciones heredadas y devolverlo a su condición esencial de forma, volumen y presencia. Su mirada convierte el desnudo en una declaración estética y ética: la piel deja de ser un velo de erotismo o de idealización divina para mostrarse como lo que es, la superficie más honesta de la existencia.

La fotógrafa entendió pronto que el cuerpo de la mujer no era más que un envoltorio —una carcasa visible— de lo humano, y que, al retirarle la ropa, se liberaban también las cargas simbólicas que la sociedad impone. Ese gesto, aparentemente simple, implicaba un desmontaje profundo de prejuicios y estereotipos, pues la desnudez no era para Cunningham un fin en sí mismo, sino un medio de acceso a lo verdadero.
Su nieta, Meg Partridge, lo expresó con nitidez: la obra de Imogen constituye una “búsqueda apasionada de la forma y la belleza”. Y en efecto, cada encuadre de sus series de desnudos vibra con esa tensión entre la sensualidad natural del cuerpo y la serenidad escultórica de las formas. Sus imágenes, más que exhibir, revelan; más que excitar, contemplan; más que seducir, comprenden.

El desnudo transgénero: un avance decisivo en la historia del arte
El aporte más disruptivo de Cunningham se encuentra en su manera de concebir el desnudo desde una óptica transgénero, un gesto radical en el contexto de la primera mitad del siglo XX. En un tiempo en que el cuerpo femenino era representado casi exclusivamente como objeto de deseo, símbolo de fertilidad o encarnación de lo divino,
Cunningham ofreció otra lectura: el cuerpo como cuerpo, sin etiquetas, sin jerarquías de género, sin la obligación de responder a un arquetipo. Esa visión supuso un avance que anticipó debates estéticos y políticos que solo se harían visibles décadas más tarde.

En la obra de Cunningham, el desnudo se convierte en un espacio de libertad donde las fronteras del género se difuminan y el cuerpo se emancipa de la función que la cultura patriarcal le había asignado. La fotógrafa demostró que la belleza no es patrimonio exclusivo de lo femenino en su versión idealizada ni de lo masculino en su vertiente heroica, sino que reside en la materialidad misma de la carne, en la arquitectura íntima de los músculos, en la cadencia de la luz sobre la piel.
Ese tratamiento, lejos de ser anecdótico, revelaba una postura crítica frente a la mirada dominante en la historia del arte occidental. Con su cámara, Cunningham desmanteló siglos de convenciones visuales y abrió un camino para que la fotografía se convirtiera en un lenguaje capaz de cuestionar los propios cimientos de la representación del cuerpo.

Técnica, cercanía y modernidad: la herencia de Imogen
Más allá de su visión conceptual, la obra de Cunningham destaca por una técnica refinada y por la intimidad que cultivaba con sus modelos. Ella misma reconocía que apenas pagó a una modelo al inicio de su carrera: el resto fueron amigos, colegas, estudiantes o familiares que aceptaban posar no como profesionales, sino como cómplices de un proyecto artístico compartido. Esa cercanía se percibe en la naturalidad de sus imágenes, en la ausencia de rigidez y en la autenticidad que transmiten los cuerpos retratados.

Imogen, primogénita de una familia de granjeros de Portland, se convirtió en una de las primeras fotógrafas en trabajar el desnudo de manera sistemática. Su mirada se distinguía por un uso exquisito de la luz y por la atención casi escultórica a los detalles del cuerpo. En sus composiciones, la curva de un hombro, la textura de una mano o la silueta de una espalda adquirían la solidez de una pieza clásica, pero sin perder frescura ni contemporaneidad.
Un aspecto especialmente visionario fue su interés por retratar mujeres embarazadas, otorgando dignidad y belleza a un estado que hasta entonces apenas había tenido representación en la fotografía artística. Décadas más tarde, Annie Leibovitz haría célebre la imagen de Demi Moore en la portada de Vanity Fair, convertida en fenómeno mediático. Sin embargo, Cunningham ya había explorado esa forma cuarenta años antes, con una naturalidad y un respeto que la historia de la fotografía apenas empieza a reconocer en toda su magnitud.

En última instancia, Imogen Cunningham no solo retrató cuerpos: retrató una idea radical de libertad. Sus desnudos son ejercicios de verdad y de belleza, imágenes que resuenan hoy con más fuerza que nunca porque nos recuerdan que la piel, despojada de artificios, es el territorio donde lo humano se afirma con mayor claridad.
Imogen Cunningham: el desnudo como revelación del ser. Por Mónica Cascanueces.