Joaquín Fuster: Estamos viviendo un paréntesis histórico

Experto en neurociencia, pocos conocen el cerebro como Joaquín Fuster. Tiene claro que la clave del aprendizaje radica en el lóbulo frontal y que, si somos capaces de ejercitarlo desde pequeños, de adultos sacaremos todo nuestro potencial. Profesor emérito en la Universidad de California, él, a los 90 años, es el mejor ejemplo.

Joaquín Fuster: Estamos viviendo un paréntesis histórico. Decir que el neurólogo Joaquín Fuster (Barcelona, 90 años) sigue en activo es un eufemismo. ¡No para! Profesor emérito en la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA), pasa consulta gratuita a pacientes hispanos en el gabinete de la facultad y acaba de publicar ‘El telar mágico de la mente (Ariel), las memorias de su vida bajo el prisma de dos grandes aventuras científicas: la psicología clínica y la revolución de la neurociencia, de la que es un pionero desde que descubrió los mecanismos de atención en los primates en los años setenta. Su obsesión: que en las escuelas se apliquen los últimos conocimientos sobre el cerebro. Casado, tres hijos, seis nietos. Su hermano es el prestigioso cardiólogo Valentín Fuster.

Pregunta. Derrocha usted energía.

Joaquín Fuster. Me protejo, pero no me dejo intimidar. No me encierro. Ni las personas ni los países deben pararse. Yo practico natación todos los días. Y converso con mi mujer en diferentes idiomas con la esperanza de retrasar el deterioro cognitivo.

Veo que tiene usted una figurita de Ramón y Cajal en su despacho.

J.F. ¡La daban con el Ceregumil, un complemento energético! [Ríe]. Me la regaló mi padre. También me aconsejó que leyese Recuerdos de mi vida, la autobiografía de Cajal. Yo era un adolescente en una familia de seis generaciones de médicos. Fue una lectura iniciática.

Joaquín Fuster: Estamos viviendo un paréntesis histórico «En el aprendizaje, nada sustituye al estímulo del maestro”

¿Iniciática?

J.F. Cajal formuló su teoría de la neurona en 1882. Y lanzó la hipótesis de que la memoria humana se organiza en redes neuronales. Yo he dedicado media vida a probar que era cierta. Demostré que no tenemos solo una memoria, sino varias, organizadas en un enjambre de redes cognitivas, a las que denomino ‘cógnitos’. El poder combinatorio de veinte mil millones de neuronas en nuestro cerebro se dispara gracias a todas esas asociaciones.

¿Y cómo se organizan esas redes?

J.F. Como muñecas rusas, unas dentro de otras. Pero también se extienden a lo ancho. Establecen jerarquías, conexiones lógicas y otras que no lo son tanto, como las evocaciones afectivas. Lo importante para el niño es razonar. Así desarrolla su memoria mejor que recitando la lección. Si juegas al ajedrez, es mejor pensar y equivocarte que aprenderte de memoria las primeras jugadas de una apertura. Yo lo llamo ‘el ciclo percepción-acción’. Percibes el entorno y actúas en consecuencia. Y todo eso sucede en nuestra sala de mandos: la corteza prefrontal.

Debe de ser fascinante, y más ahora que tenemos la tomografía computarizada para estudiarla.

J.F. Es fascinante y sigue siendo misteriosa. En la corteza prefrontal está todo lo que nos hace humanos, el lenguaje y las funciones ejecutivas: el razonamiento, la capacidad de decidir, la planificación, la memoria operante, el control inhibitorio…

¿Inhibirnos también nos hace humanos?

J.F. ¡Por supuesto! El niño no quiere esperar. Quiere su juguete y lo quiere ya. No es capaz de postergar la gratificación. El control inhibitorio aparece con el aprendizaje. Tiene dos objetivos. Uno es biológico y sirve para suprimir los impulsos instintivos, como el hambre o el placer corporal. Son naturales, pero a veces son inoportunos. El otro es cognitivo. Suprime las distracciones cuando se está realizando una tarea. Cuando falla la función inhibitoria por un retraso en la madurez de la corteza, que puede ser de origen genético, nos encontramos trastornos de la atención, hiperactividad, impulsividad… Tenemos un problema cuando los niños en edad escolar están distraídos con los teléfonos móviles y los juegos de sus tabletas.

¿Se los quitamos?

J.F. Hay que restringirlos. La informática es útil porque le facilita al niño la adquisición de conocimientos.

Los busca en Google…

J.F. Pero el abuso de los dispositivos los priva del esfuerzo mental. Pierden así creatividad y espontaneidad. Por algo decía Cajal que la labor del pedagogo es crear cerebros originales.

¿Y qué recomienda?

J.F. ¡Paciencia! La sociedad ha perdido la paciencia. No hay ciencia sin paciencia. Ahora estamos viviendo momentos de angustia, la carrera por la vacuna, por ejemplo. Está muy bien, pero no hay que correr sin cabeza. Para un científico son esenciales la duda y el escepticismo. Yo tardé cuarenta años en dar con las células de la memoria.

¿La inteligencia artificial superará a la humana algún día?

J.F. No. Un ‘supercerebro’ digital no puede competir con un cerebro humano. El chip es la unidad básica de memoria de la máquina, pero no forma redes tan plásticas y asociativas como las neuronas. El ordenador hace aquello para lo que está programado. Y punto. Nos ganará al ajedrez, pero no inventará un juego, como hacemos nosotros. Y carece de intuición, altruismo, confianza, afecto, conciencia moral… En fin, no es libre. Solo la libertad humana puede crear, apreciar y elegir lo bueno, lo bello y lo justo.

¿Se pueden aplicar los descubrimientos de la neurociencia a mejorar la educación?

J.F. Sí, por ejemplo ahora sabemos que la emoción influye sobre el aprendizaje. Y, a su vez, el rendimiento cognitivo de un estudiante, con todas sus consecuencias académicas y sociales, tiene una influencia decisiva sobre su estabilidad emocional, su confianza y su autoestima. El éxito aumenta el éxito, y el fracaso perpetúa el fracaso. El niño que descubre su habilidad con las matemáticas, y que recibe la debida recompensa, seguramente también será bueno en ciencias e historia. Por el contrario, el fracaso escolar se propaga entre asignaturas y entre maestros.

O sea, en la educación podemos caer en círculos viciosos o virtuosos…

J.F. Exacto. El ciclo emocional y el ciclo cognitivo se retroalimentan. Para bien y para mal. Un estudiante justamente elogiado se esforzará más. Un estudiante frustrado puede caer en una fobia hacia una asignatura, hacia un profesor… No hay nada que pueda sustituir la aprobación y el estímulo del maestro. La tecnología es una herramienta a la que no quito importancia, y más cuando la pandemia nos obliga a la enseñanza remota. Pero el niño se educa en compañía.

¿En la escuela, en el hogar?

J.F. Primero, en la familia y, luego, en la escuela. El ciclo percepción/acción empieza a funcionar en casa. Es allí donde se forman las redes corticales de la memoria innata, que marca las reglas de la convivencia social. La confianza en otros seres humanos y el sentido de pertenencia son trascendentales en el aprendizaje. En una familia desestructurada, la escuela llegará tarde para inculcar estos principios. A las reuniones de padres no suelen ir los de los niños más problemáticos o aparecen solo para culpar a la escuela. En cualquier caso, todo en su justa medida. Si solo halagas y das premios, tendrás niños mimados. Si solo impones disciplina, acabarán siendo conflictivos.

¿La ética del trabajo también se aprende?

J.F. Sí. En casa. Pero los sermones no sirven. Y la neurociencia ha hallado que la atención y la perseverancia son fundamentales para consolidar la memoria a largo plazo. Y ya hemos visto que también el equilibrio afectivo. Además, hay un par de elementos que se suelen pasar por alto y que resultan decisivos para el aprendizaje cognitivo. la educación física y la buena alimentación. Sin ejercicio, el cerebro no puede absorber el conocimiento. No solo es el recreo; es el juego, es el deporte y sus reglas, es la relación con los compañeros y con los rivales… Y en cuanto a la dieta, las neuronas no realizan bien sus sinapsis, que en esencia son descargas eléctricas, sin una proporción idónea de proteínas, vitaminas, minerales… Es química. Atiborrarse de grasas e hidratos no solo causa obesidad y diabetes, las redes corticales de la memoria y el conocimiento también sufren.

¿Cuándo empieza su interés por la educación?

J.F. Con mi abuelo materno, el doctor Carulla, que fue rector de la Universidad de Barcelona. Este señor ayudó a financiar 120 escuelas primarias. ¿Sabe lo que decía cuando inauguraba una escuela rural en algún pueblo perdido de los Pirineos a donde iba a lomos de mulo? «Aquí empieza todo». Y tenía razón. La educación primaria es la base. El niño tiene que aprender a aprender. Eso antes que nada. Y tiene que colaborar con otros niños, hay que poner el énfasis en la cooperación, no en la competición. Es lo que hacen los finlandeses.

Y les va muy bien. Pero, además de cooperar, harán más cosas…

J.F. Sí. El aprendizaje activo. Saben muy bien que la capacidad de la corteza prefrontal para inventar cosas nuevas es importantísima. Hace que el niño sea capaz de aprender a aprender, con ello llega a sus propios razonamientos, y genera conocimiento nuevo. Finlandia lo hace. Y parece mentira que, a estas alturas, la mayoría de los países prefiera modelos pasivos.

Usted vivió el sueño americano: el emigrante que triunfa gracias a su trabajo. ¿Ve síntomas de agotamiento en ese modelo?

J.F. Lo viví, es cierto. California era jauja para el que llegaba dispuesto a trabajar. Pero ahora se ve la desmoralización del mundo laboral allá donde mires, porque el trabajo duro no rinde lo suficiente para vivir.

Hay gente con tres empleos que no llega a fin de mes.

J.F. Sí. A mí lo que me mantiene optimista es que estamos viviendo un paréntesis histórico. Esto pasará. Nos quedan pocos recursos, pero uno de ellos es la fe en el futuro y en la humanidad. Yo la tengo.

Joaquín Fuster: Estamos viviendo un paréntesis histórico. (Entrevista realizada por Carlos Manuel Sánchez)