“Todo es manipulación”, Laurie Anderson

Los límites del lenguaje, o por el contrario, sus infinitas posibilidades parecen tomar forma claramente cuando se abordan desde el punto de vista de un perro: esa idea sobrevuela el filme-ensayo “Heart of a dog” (Corazón de perro) a través del cual la estadounidense Laurie Anderson reflexiona sobre el arte de narrar, las evasiones de la memoria y la muerte. El filme se presentó en el marco del Festival Internacional de Cine de Panamá (IFF Panamá), donde Anderson dialogó con ANSA.


“Esta película es acerca de cómo funcionan las historias, cómo uno relata la propia historia, cómo al hacerlo se la olvida y de qué modo te embriagan las historias de otras personas al contarlas”, dijo la multifacética figura, que en los años setenta y ochenta revolucionó con sus performances multimedia la escena artística de Nueva York.
    “Heart of a dog” es a primera vista un tributo cariñoso a la pequeña Lolabelle, la fallecida Rat Terrier que Anderson había rescatado de una perrera junto a su esposo, el músico Lou Reed, quien murió en 2013. El filme inicia con una secuencia de un sueño recreado por la artista, en el que describe -ilustrando con dibujos de su autoría- su relación casi maternal con el can.
    Pero a medida que avanza la cinta, las metáforas creadas por la unión de videos caseros, antiguas filmaciones familiares en Súper 8, imágenes de cámaras de vigilancia y animaciones crean un collage que, acompañado de la voz en off de Anderson y de su música, hacen inevitable la asociación entre sus anécdotas, sus reflexiones más íntimas y ciertos hechos de la realidad, aunque con un punto de vista diferente del que abordan los medios de comunicación.
    La artista se las arregla para hablar de los efectos de los atentados del 11 de septiembre de 2001 a través de una imagen naif en que se ve a Lolabelle en la playa, recostada pero inquieta mirando hacia el cielo porque un gran pájaro vuela acercándose a ella. Parece ser la misma expresión de temor y extrañeza de las personas que aquel 11S fatídico alzaron la vista con estupor y, según sentencia Anderson, “la muerte venía desde el cielo”.
    “Todo es manipulación, así como todos estamos listos para ver las cosas de diferentes maneras. El lenguaje es como un juego de ping-pong en el que se dispara sin cesar, con rapidez, y de repente se deja de jugar. Me gustan las palabras y el modo en que uno puede explorar el mundo a través de ellas”, aseveró la autora de la maravillosa canción “Strange Angels”.
    Pero el aparente juego de Anderson no es tal. La asociación entre imágenes borrosas, que evocan el modo de mirar de los bebés o la visión dicromática de los perros se funden con aquellas tomadas por drones donde predomina un solo color, el verde: da cuenta así de su malestar por el estado de vigilancia en que viven los estadounidenses. Del amoroso retrato de Lolabelle y otros canes de Nueva York, que llevan cámaras en sus collares y nos permiten obtener un divertido punto de vista del mundo, se pasa a un paneo de perros entrenados por militares para detectar bombas. La artista se expresa con el tono de su voz, con la fuerza de las imágenes y con palabras impresas al azar o los pensamientos de grandes filósofos -que evocan también los suyos-, como Ludwing Wittgenstein: “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”. “Si no se puede hablar de algo es porque no existe” asegura Anderson. Y ella habla de todo, especialmente del amor, de la vida y de la muerte.
    Es difícil comprender cómo es posible que logre unir, sin baches, temas tan dispares como su férrea crítica política, el tierno recuerdo de su perra -quien aprendió a tocar el piano y dio un concierto para perros- y una reflexión sobre la inexistencia de límites entre el mundo físico y el más allá.
    Pero lo hace, y de modo poético. Porque agrega otro punto de vista: el de algo etéreo que flota, como en el “bardo”, estado intermedio entre la vida y la muerte, según el Budismo Tibetano.
    Sin duda, Lolabelle es un vehículo fundamental para poder expresar a través del humor sentimientos y dolores irremediables que de otro modo no podrían tomar forma ni estado público.
    “Ella fue, como la mayoría de los perros, una maestra. Me transmitió como nadie lo hizo su sentido de la libertad y el poder que ello otorga. Y le estoy agradecida por ello”, dice con una amplia sonrisa.
    Aunque no habla de Lou Reed, el filme es también un tributo a su esposo, de quien solo se ve una imagen hacia el final, abrazado a la mimada Lolabelle, mientras suena su voz en la dulce “Turning Time Around”. Sin embargo, no se deja vencer por la melancolía y decreta que se debe aprender a “sentirse triste sin estar triste”. “Es una tarea difícil de lograr pero se puede, maximizando las experiencias: cómo el dolor puede enseñarnos, cómo el amor puede hacerlo. Debemos estar abiertos a eso ya que no estamos en este mundo para sufrir sino para pasar un muy, muy, muy buen momento”, sentencia Anderson otorgándole un intimidante tono de mandato a la intensidad superlativa de ese adverbio. Una idea que describe a la perfección el espíritu de su película.

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