La estupidez en masa: de ciudadanos a idiotas

Destruir ríos, contaminar el aire, desbrozar bosques y montañas para buscar oro, matar animales y asesinar gente, conseguir dinero en abundancia y rápido, inventar enfermedades de laboratorio para vender drogas que las curan, apropiarse de los recursos públicos, y más, lamentablemente indica que todos tenemos un idiota cerca, o adentro. El idiota se suele identificar porque es un ser negativo, incapaz de concretar algo, contagia su nefasta mediocridad a su entorno; hace alianzas con otros mediocres como él para tener fuerza decisoria: generalmente logra mayorías que arrasan; “trabaja” en cualquier cargo burocrático, especialmente en el sector oficial, donde se mimetiza bajo el poder de la fuerza social que ha tenido la estupidez en la historia humana.

Como son personas crónicamente improductivas, para ellos todo debe permanecer como está; con ellos no se puede debatir, descartan y odian la crítica, se creen los seres más importantes del universo, pues tienen gran capacidad para atacar distintos flancos. Con muy pocas ansias de superación, simplemente viven la vida de la forma más superficial y acrítica posible, y generalmente son felices así. No cuestionan el porqué de la realidad. Generalmente no saben escribir o formar una oración gramaticalmente correcta, y lo más probable es que tampoco saben leer, entendiendo la lectura como el proceso para acceder al conocimiento, a la cultura, pero no solo por eso sino por competencia cívica: “los niveles de comprensión de lectura están relacionados con los diferentes indicadores de desarrollo humano y social de un país. Un buen lector con seguridad es un buen ciudadano y lo es porque a través de la lectura obtiene información que lo lleva a ser más productivo, participativo, a tener criterio, a generar opinión y a entender mejor la justicia.

Si le ponemos cuidado al acontecer cotidiano, el comportamiento de la mayoría de las personas cae en lo estúpido, en lo idiota. Sólo basta dar una vuelta por la cuadra y se es testigo de la gran evidencia de la estupidez: los accidentes de tránsito, la violencia para sobrevivir, las normas legales que impiden el acceso a los servicios de salud, el atraco a mano armada… Ni siquiera es necesario salir de casa, sólo se enciende el televisor y de inmediato seremos víctimas de gran cantidad de contenido diseñado para idiotas, para el común intelectual más bajo, aliñado con publicidad, esbozada precisamente para idiotas, para hacerlos felices. Cosas vanas, para mentes simples.

El sistema está diseñado para esclavos del dinero, no importa si se es sicario, narcotraficante, paramilitar, guerrillero, raponero o politiquero corrupto, banquero o extorsionista, lo importante es conseguir plata rápido, así sea que cueste jugarse la vida. Para el idiota la vida es lo de menos, por eso, el cambio climático tampoco lo entiende o no le importa: tiene un supuesto dios que lo protege, o pertenece a alguna iglesia de garaje.

El peligro de la estupidez en masa también se da cuando los idiotas eligen idiotas como mandatarios o legisladores, causando crisis económica, crisis sociales, guerras, discriminación, inequidad en la distribución de los recursos de todos, corrupción.

Debo decir, para no ofender la susceptibilidad de muchos lectores, que es imposible no ser estúpido, comportarse de manera estúpida en muchas ocasiones nos hace sentir libres, nos causa risa, nos relaja. Colombia, está comprobado, es uno de los países más felices del mundo. Quizá debemos aprovechar la capacidad de ser estúpidos para continuar mejorando y aprendiendo, simplemente tratando de no ser tan estúpidos la mayoría del tiempo.

Fuente: Alfonso J. Luna Geller