‘Quiero dejar de tener miedo’ (Por Nicholas Avedon)

No debería estar escribiendo esto. Debería estar peleando, buscando otra ventana por la que colarme. Ya terminé de probar en todas las puertas, chimeneas y alcantarillas. Hace mucho que busco las llaves de todas las puertas, aunque me he acostumbrado a entrar sin llamar, a colarme por debajo, transformándome en una mentira fina y delicada que se moja con la lluvia. Debería estar peleando, pero ya no me quedan uñas y estoy cansado de astillármelas arañando la pared. Prefiero aventurarme en la calle, entre el viento y la lluvia. Busco mi reflejo en la piedra mojada y no veo nada y sin embargo, la tormenta es el único lugar donde puedo romper mis pulmones, abrirlos sin miedo. Puedo gritarle a cara descubierta y dejar que mi rostro se llene de lágrimas dulces.

Escultura de Nathalie Gauglin

Me hastían los cielos azules y despejados, siempre me gustaron grises y tristes. Escondidos entre montañas donde nadie se espera encontrar nada y es que estoy harto de buscar y encontrar. Sólo quiero perderme y dejar de esperar que sucedan cosas. Sólo quiero paz y silencio, sentir de nuevo lo único importante de la vida, el frío y el calor. Sentirme pequeño y real. Escuchar el viento por mí mismo, no a través de cristales, de altavoces o de renglones en un libro. Quiero que el viento me hable y no entender nada, como los viejos dioses, que no hablan para nosotros si no entre ellos. Quiero ser pequeño y jugar con lo que no entiendo, sin que me importe. Quiero ser necio y juguetón y que la vida me castigue como a un niño sin maldad. Sin esperar nada a cambio. Quiero jugar hasta dormirme y levantarme con una sonrisa y el desayuno puesto. Quiero montañas y perros incansables. Caminos centenarios ya amortizados. Caminos a ninguna parte que terminen donde el tiempo ya no importa. Quiero que las palabras vuelvan a significar algo. Que sólo tengan un significado y que cada una de ellos sea una lágrima cristalina y dulce. Quiero que el mañana no sea como el ayer y que el final del camino no lleve a ninguna parte y no me importe. Quiero dejar de tener miedo y no tener que ser valiente cada mañana. Quiero olvidarme de las cerraduras, de las puertas y de los felpudos. Quiero tener un perro que me mire a los ojos y me ladre de contento sin razón alguna. Quiero piedras, musgo y notas de guitarra bajo un árbol sin más tiempo que las estaciones. Eso quiero.

Escultura de Nathalie Gauglin

Sigo buscando la llave del laberinto, armado de razones, pero sospecho que cuando más busco, más me hundo en sus profundidades. Hace tiempo que no veo ese cielo gris. Hace tiempo que no dejo que el viento se lleve mis hojas muertas. Hace mucho que un perro no me mira y me ladra porque le apetece. Tengo tantas llaves que la vida me pesa y ya no puedo correr, sólo arrastrarme. Forman una malla metálica de varias capas sobre mi cuerpo. Tengo llaves de todas las formas y colores, pero aún así no encuentro la puerta. No encuentro la puerta, y tengo todas las llaves.

Por Nicholas Avedon (https://nicholasavedon.com)