La regla crítica | Mierdología

En el aula magna de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación no cabían las libretas ni los bolígrafos, los estudiantes nos hacinábamos estupefactos ante las palabras deshumanizadas de los catedráticos y los chicles que bailaban en las putas bocas abiertas de los maleducados, los pabellones auditivos se me llenaban de gas con los discursos dogmáticos de unos charlatanes impúdicos que exigían nuestra obligación de hacer una vida sostenible y bla bla bla, que nos culpabilizaban por un destino que no elegíamos ni decidíamos y bla bla bla, que deberíamos cambiar nuestros hábitos alimenticios y bla bla bla, que tendríamos que cuestionar nuestros grados de concienciación y bla bla bla, que nuestro sentido de la responsabilidad crecería si comprábamos coches eléctricos y si consumíamos detergentes para lavar con agua fría y bla bla bla, que habría que medir el tamaño de nuestra huella ecológica y guardar un minuto de silencio renovable todas las mañanas por nuestro planeta moribundo y bla bla bla, se me embutían de cera las orejas con la miel que derrochaban para decirnos lo que deberíamos hacer si queríamos sentirnos mejor personas, se polinizaban hasta correrse con sus lenguas a modo de látigos justicieros, no escatimaban esfuerzos a la hora de tratarnos como los gilipollas que deberíamos morir por nuestros pecados para librarnos de ellos y bla bla bla, se me consolaban los tímpanos con el consuelo de que iban a fabricar plantas nucleares flotantes y bla bla bla, que crearían linces artificiales para evitar su extinción y bla bla bla, que envasarían los tornillos perecederos con blisters de plástico para no intoxicarnos con el acero y bla bla bla, que construirían más cruceros para garantizar el servicio público de transportes y bla bla bla, que invertirían lo máximo posible en reuniones con el fin de hacernos un poquito más libres y bla bla bla, que se celebrarían tomatinas en todos los países con inseguridad alimentaria para la elaboración de zumo una vez pasadas las fiestas y bla bla bla, que se sustituirían las mil etiquetas plastificadas que llevan las bragas y los calzoncillos por una gigante y bla bla bla, que publicarían la foto de un pirómano cada diez años para arrepentimiento nuestro y demostar así la eficacia de los Cuerpos de Seguridad de los Estados y bla bla bla, y no pude oír la campana que zanjaría la asignatura ni la fecha del examen y me quedé hasta la soledad en medio de una zanja vacía.

Texto y Fotografía: Carlos Penas