Pascal Quignard no es una rareza

La obra de Pascal Quignard, para los cánones contemporáneos, puede ser toda una rareza. Pero no: no es una rareza; es distinta, que se asienta, como toda buena obra, en algo que, para el ejercicio de la literatura (aunque resulte una obviedad), debería ser esencial: la escritura, el lenguaje, la capacidad de interpretar el mundo desde el centro de la palabra y saber que el resto, lo que queda, puede hacerse música, volverse silencio.

Quizá porque el propio Pascal Quignard (nacido en 1948 en Verneuil-sur-Avre, Francia) es un escritor que proviene de la música, el lenguaje y el silencio (creció en el seno de una familia de gramáticos y organistas, pasó por un par de etapas de autismo, es violocelista, pero abandonó todo para dedicarse exclusivamente a la literatura), y su escritura, de algún modo, es el reflejo de esa experiencia de vida: una prosa delicada, de íntima poesía, de pasajes hermosos que llevan al fulgor y al misterio.

Galardonada con el Premio André Gide en 2017, «Las lágrimas» se centra en unos hermanos gemelos, nietos de Carlomagno, Hartnid y Nithard, cuyas vidas se separan irremediablemente. Hartnid se convierte en un viajero, un guerrero, un hombre vagabundo; Nithard, en cambio, se transforma en un escriba, en el que documenta las cosas que han hecho; en el narrador meticuloso, en definitiva, de esta breve y bella novela.

Pero, más allá de la verdad histórica que se trasluce a partir de la lectura del libro (donde se cuentan, entre muchas cosas, el nacimiento de la lengua francesa) lo que importa, en todo caso, es la músicalidad del texto, el ritmo que impregna Quignard a sus propias palabras, como un escritor que es consciente, tal vez, de que no son suyas, sino que provienen de una larga genealogía que va desde el origen hasta la eternidad.

Por Diego Gándara