Ahí fuera hace frío

Llevo tiempo evitando escribir este texto, pero siento que debo hacerlo. Como muchas entradas de este blog, para mí significan poder contar algo a ese lector que no conozco, al que ni siquiera sé bien por qué me lee. Ni yo mismo entiendo por qué escribo esto. Simplemente necesito escribirlo.

Hace unas semanas, viajando en el metro, vi delante de mí a un chico vestido de chica. Llamadlo como os venga en gana, yo os digo lo que vi: un chico, vestido y maquillado como una chica. No tendría más de dieciséis o diecisiete años. Reconocí su mirada, la misma mirada que tienen algunos animales cuando están fuera de su territorio. Una forma de ver el mundo que he sentido muchas veces a mi alrededor. De joven siempre terminaba con el mismo tipo de personas, unidos tan solo por el hecho de ser parte de nada. Restos. Nada nos unía excepto aquel diferencial y a menudo el silencio flotaba a nuestro alrededor, como una capa grasienta, casi perceptible al tacto. Tropezones. Eso éramos.

Este chico sin embargo tenía una fuerza inusual. Intuí lo que sentía por dentro, la pugna entre querer correr más rápido y la necesidad de huir en silencio, desaparecer. Sólo lo puedo imaginar por que no puedo ponerme en su pellejo, la adolescencia es una edad terrible y complicada, especialmente para todos aquellos que no encajan. Lo único que sé, es que no hay nada más fuerte que el mar y aquel chico parecía estar desplegando la vela mayor y fuera del vagón se esbozaba una tormenta. Quizás fuera inconsciencia pura y dura, pero me temo que había algo más. Me siento viejo recurriendo a imágenes usadas mil veces, quizás esto que nos parece nuevo es parte de la rueda de la vida, pero veo a un ser humano queriendo atrapar el sol y ascendiendo hacia el cielo con alas de cera. Siempre que hay una guerra, alguien fabrica los uniformes. Saben que las botas no tienen que durar toda la vida, a lo sumo unos meses. Me pregunto si los que fabrican alas de cera son los mismos que hace tres generaciones buscaban arena debajo de los adoquines. Siempre jugando con los sueños de otros, comerciando con lágrimas ajenas.

El mundo es un lugar muy cruel. Nadie debería salir de noche al bosque cuando hay lobos sueltos. Los lobos no son buenos o malos: son lobos. El mar tampoco tiene maldad, pero no obedece más que a su propio capricho. No creo en los lugares seguros. No existe un lugar seguro cerca de los lobos, como tampoco lo hay encima de la superficie del mar. Lo sabe cualquiera que haya vivido lo suficiente en esos lugares.

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Hace dos veranos me leí un libro que viene mucho a cuento de esto. «Las ventajas de ser un marginado«, es la otra cara de esta historia, una visión muy hermosa de lo que significa ser diferente. Habla de una diferencia real y profunda, no de la búsqueda de una nueva tribu, si no de la ausencia de una propia, por el hecho de ser una persona impar. Habla de la belleza de ser único, de la capacidad que tienen aquellos que son especiales de apreciar la diferencia infinita en el mundo. Un don bastante raro.

No sé que reclamaba ese chico, chillando en silencio, con la boca cerrada. Un lugar, un sitio al que pertenecer. Aceptación, de alguien diferente como él. No existen los espacios seguros y aquellos que lo parecen lo son aún menos. Quizás las bibliotecas fueran lo más parecido. Cuánto las hecho de menos, ya no son lo mismo. Los bares de los hoteles de negocios son lo más parecido que me queda.

No chaval, no vas a encontrar un lugar seguro sólo porque muestres tus uñitas a las bestias de ojos rojos del bosque. Ese lugar seguro no existe. El mundo es un lugar frío, con personas cálidas. ¿Cómo le dices eso a una persona que aún no lo sabe y que te ve como un lobo?, ¿como diferenciar a un lobo bueno de uno malo, cuando son sólo lobos?

Mi gato me sigue mordiendo cuando le acaricio la tripa después de casi doce años. Sabe que no debe hacerlo, y aún así, justo después de morderme cierra los ojos y encoge las orejas esperando el manotazo. Con el tiempo, él sigue mordiéndome y yo ya no le sacudo. Él sabe que es un gato y que no va a cambiar, a mi me ha costado doce años darme cuenta.

Sigo dándole vueltas a esto, porque me gustaría tener una respuesta para el día que mi hijo, o mi hija, me vean como un lobo. Por que soy un lobo. Quizás mi hijo se sienta poeta pero tenga alma de boxeador, o mi hija quiera ser princesa, y termine en el frente, como teniente del ejército, aún con esos rizos y esos ojos inmensos. Se puede hacer la guerra siendo un ángel y escribir poemas con sangre en las manos. Todo es posible, aceptando lo que uno es, pero simplemente aceptándolo, sin pelear demasiado contigo mismo, aceptando que igual estás solo y que va a ser así porque de una forma u otra, todos estamos solos. Todos somos lobos.

No van a poner taburetes a los jugadores bajitos para jugar al basket. No creo. Como tampoco creo que haya tiradores de élite con parkinson. No, tampoco. Quizás creas que puedes volar, pero no le compres alas de cera a un cualquiera. Eso me gustaría decirle. No creáis las historias de aquellos que dicen que los lobos pueden ser animales buenos. Les enseñaré a manejar el rifle en el bosque y a apuntar siempre a la cabeza. Soñar es gratis, vivir no.

Por Nicholas Avedon (https://nicholasavedon.com)
Imagen inicial de Patricia Ariel