Sea amable. Salva vidas

La cordialidad facilita la cooperación, esencial para la supervivencia de una especie tan pobremente armada por la naturaleza como la humana.

El día de San Valentín del año pasado, Nick Cruz irrumpió en un instituto de Parkland (Florida) con un fusil de asalto y abrió fuego indiscriminadamentecontra todo el que se encontraba a su paso. Mató a 17 personas antes de que lograran detenerlo.

“¿Cómo puede hacer nadie algo así?”, se preguntaban esa noche una madre y su hija en Denver (Colorado), a 3.000 kilómetros de distancia, mientras veían las imágenes de la televisión. “No puedo entenderlo”.

La reacción del padre las dejó heladas.

“Yo sí”, dijo Aaron Stark.

En las semanas posteriores, Stark se haría famoso, primero, por la carta que envió a una emisora local y, luego, por la charla que grabó para Ted. Una y otra se titulan: “Yo pude ser un asesino de instituto”.

Los padres de Stark eran drogadictos y su infancia fue una huida constante. “Fui a 30 ó 40 colegios distintos. […] A las cuatro de la mañana te despertaba la policía y tenías que salir corriendo, cruzar el país y pasar un par de semanas en otro colegio, antes de iniciar un nuevo ciclo”.

Sucio y mal alimentado, Stark se convirtió en el blanco de todas las burlas. Sus compañeros le arrojaban comida por la cabeza, porque decían que estaba gordo; incluso llegaron a dispararle un arpón, “como si fuera una ballena”.

Los malos tratos no eran exclusivos de la escuela. “En casa también los sufría a menudo. Prácticamente todas las personas que conocía me decían que no valía para nada. Y cuando te lo repiten tanto, acabas creyéndotelo”.

Esta ausencia de cariño resulta letal para una especie tan pobremente armada por la naturaleza como la humana. La amabilidad no es un accesorio superfluo. Darwin ya observó que “las comunidades de homínidos más simpáticos tenían más probabilidades de sacar adelante sus proles”, escribe el psicólogo Dacher Keltner. La cordialidad facilita la cooperación. Es una estrategia de supervivencia y, cuando el grupo se la niega a algún individuo, lo está condenando a una muerte segura. De ahí la ansiedad que se apodera de nuestros cerebros cuando nadie nos muestra afecto.

¿Cómo escapó Stark de este pozo? Después de que con 14 ó 15 años intentara cortarse las venas, sus padres lo echaron de casa y terminó acogido por un amigo, al que, siguiendo el ejemplo de sus progenitores, correspondió “mintiéndole y robándole”. Compartían un cobertizo insalubre y frío, con el techo traspasado de goteras. Una tarde, mientras estaba sentado en “una silla sucia y cubierta de telarañas […], hice lo único que podía hacer: cogí el teléfono y llamé a los servicios sociales”.

Bendito estado de bienestar, pensarán, pero qué va. Los servicios sociales lo devolvieron con la madre, que le soltó nada más entrar: “La próxima vez te compró yo las cuchillas, a ver si lo haces mejor”.

A partir de ese momento la oscuridad se volvió absoluta. “No tenía nada por lo que vivir. No tenía literalmente nada que perder. Y cuando no tienes nada que perder, puedes cometer cualquier barbaridad”. Decidió hacerse con una pistola y asaltar un colegio o un supermercado, le daba igual. No abrigaba animosidad contra nadie en particular. Solo pretendía hacer el mayor daño posible.

Entonces, mientras aguardaba que le consiguieran el arma, aquel amigo en cuyo cobertizo había vuelto a recalar, aquel amigo al que había mentido y robado, lo vio tan hundido que se compadeció de él. No hizo nada especial. “Tuvo simplemente gestos”, cuenta Stark. “Se sentó a mi lado. Me dijo: ¿Te apetece comer algo? ¿Quieres que veamos una peli? Me trató como si fuera una persona. Y cuando alguien te trata como una persona cuando tú ni siquiera te consideras humano, te cambia el mundo”.

Por eso, el día de San Valentín del año pasado Stark estaba sentado con su mujer y su hija delante de la televisión, viendo una matanza en lugar de perpetrándola.

Por Miguel Ors Villarejo  (el justo miedo)  // Photo: Masao Yamamoto