Los gorilas no dan las gracias

El señor ignora al vasallo. Lo usa de escabel para encaramarse al caballo y bajo ningún concepto se le ocurriría agradecerle nada. No se sonríe al inferior. Se sonríe al igual.

Los gorilas no dan las gracias. Su conducta se rige por una estricta jerarquía de dominación. El individuo que ocupa el escalón inferior está obligado a ceder ante el que ocupa el escalón superior. En caso de duda, se pelea hasta que uno de los dos reconoce su subordinación.

El agradecimiento es propio de las sociedades democráticas. Muchos peatones consideran humillante sonreír al conductor que se detiene para dejarles cruzar en un paso de cebra. “No le debo nada, no soy su sirviente”, razonan. Pero es justo al revés. La sonrisa pone de manifiesto que se trata de una relación entre iguales. El macho alfa no dedica ningún gesto de simpatía al gorila joven que se aparta solícito de su camino. Esta ausencia de reconocimiento es lo que caracteriza a una organización estamental. El señor ignora al vasallo. Lo usa de escabel para encaramarse al caballo y bajo ningún concepto se le ocurriría agradecerle nada. No se sonríe al inferior. Se sonríe al igual.

Cuestionar la cortesía es cuestionar la civilización. Durante milenios, el modo en que un humano se abría camino hasta la cúspide no difería mucho del de un gorila. “Los caballeros feudales”, escribe Steven Pinker, “eran lo que en la actualidad llamaríamos señores de la guerra”. Su principal actividad económica era la anexión de territorios ajenos y, entre razia y razia, se entretenían celebrando “justas sangrientas” que cumplían una función de marketing: mantener “la credibilidad de su amenaza disuasoria”.

La convivencia era, por lo demás, libre y espontánea. “Se daba rienda suelta a los impulsos”, admite el sociólogo Norbert Elias, aunque esta naturalidad hacía que en el curso de la misma velada se pasara sin solución de continuidad “de las risas a una pelea encarnizada”.

Solo en el siglo XVI empiezan las crónicas a recoger las “extrañas afectaciones” de figuras como Enrique III de Francia. “Usaba tenedor en la mesa en lugar de cuchillos y los dedos, llevaba ropa de dormir en la cama, se lavaba el pelo de cuando en cuando”, cuenta Sarah Bakewell. Por esas mismas fechas proliferan manuales de etiqueta que desaconsejan orinar delante de las damas o a las puertas de palacio, tocarse las zonas pudendas bajo la ropa con la mano desnuda o mirar el pañuelo detenidamente después de sonarse, “como si de la nariz hubieran salido perlas y rubíes”.

El motivo de esta repentina inquietud es el surgimiento del Estado moderno. En cuanto este se hizo con el monopolio de la fuerza legítima, “cambiaron las reglas del juego”, dice Pinker. “El pasaporte a la fortuna ya no era ser el combatiente más cruel, sino […] ganarse el favor del rey”, que “rechazaba a los elementos exaltados” y buscaba gestores capaces, que preservaran la paz e impulsaran el comercio que llenaba sus arcas.

Los buenos modales se establecen en las cortes para ordenar la convivencia entre estos belicosos nobles que no toleran que se hagan distingos entre ellos. Son “un signo de dignidad, no de sumisión”, como apuntó Theodore Roosevelt, y su ímpetu igualador nos ha acompañado desde entonces. Solo hoy parece aflojar y la explicación de Pinker es que, una vez consolidada la cultura de la no violencia, podemos permitirnos el lujo de desdeñar ciertas reglas. O sea, las personas se portan como gorilas porque saben que no les van a partir el cráneo por ello. “Quizás”, añade con indisimulada satisfacción, “haya llegado el día en que pueda usar el cuchillo para empujar los guisantes hacia el tenedor”.

Qué horror.

Por Miguel Ors Villarejo (el justo miedo) // Photo: Y.V.

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