El espectro que escribió la historia de lo prohibido.
Antonio Escohotado: «Soy, básicamente, un espectro». Aparece en la cultura hispánica como un destello en mitad de un apagón: una figura que no pide permiso para existir, que no se acomoda en ninguna categoría y que, aun así, las atraviesa todas como un cuchillo caliente. “Soy, básicamente, un espectro”, dice, y la frase no suena a metáfora sino a diagnóstico. Un espectro que piensa, que escribe, que bebe y conversa, que se ríe de las fronteras entre lo permitido y lo prohibido. Un espectro que conoce el mapa químico de la conciencia como otros conocen el plano del metro.
No es un gurú, ni un chamán, ni un académico encerrado en su torre. Escohotado es otra cosa: un operador en la sombra, un viajero de los estados alterados, un filósofo que se infiltra en la realidad para desmontarla desde dentro. Su presencia —en libros, conferencias, entrevistas— tiene algo de interferencia de radio: una señal que no debería estar ahí, pero que insiste en colarse entre las frecuencias oficiales. Y cuando habla, uno siente que está escuchando a alguien que ha visto demasiado como para fingir que no ha pasado nada.
Un viajero entre sustancias, ideas y sombras.
Antonio Escohotado es una figura mítica dentro de la farmacopea psicoactiva hispánica, tanto en la vertiente de libros como en conferencias y actos públicos. Aunque los interesados en los enteógenos lo conocen sobre todo por sus estudios y trabajos divulgativos, sus intereses son tan amplios como la vida misma. Primero de todo, Antonio es un apasionado de la vida: del comer y el beber, del conversar, de la sensualidad y de la Naturaleza. Y para quienes lo imaginan como un dionisíaco descontrolado, conviene recordar que también es jugador federado de ajedrez, con una mente tan estratégica como inquieta.
Su pasión intelectual —la lectura, la filosofía, el pensamiento como deporte de riesgo— convive con una sensualidad terrenal, casi pagana. Su vocación filosófica ha dado varios libros, algunos de lectura exigente para quienes saltan desde sus textos psicoactivos a los puramente conceptuales. Pero volvamos al territorio psicotrópico. En Eivissa, epicentro del peregrinaje hippie, cayó en sus manos un artículo sobre LSD. Conocedor de la cannabis, decidió sin vacilar conocer de primera mano las revelaciones de la criatura traviesa de Albert Hofmann. De ahí nacieron sus primeros ensayos filosóficos sobre el tema.
Como un epoptai griego iniciado en los misterios de Eleusis, Escohotado vio en los enteógenos una fuente de conocimiento certera —y luego inagotable— sobre la naturaleza del yo y la sustancia del universo. Pero su travesía no terminó ahí. Confiando en el ser humano, como Leary en Estados Unidos, defendió en televisión el uso no restrictivo de sustancias psicoactivas. Era principios de los 80, tiempos de prohibiciones draconianas y heroína adulterada. Le advirtieron que moderara su discurso, pero la desmesura ya venía de fábrica.
Según él mismo cuenta, le tendieron una trampa y perdió la libertad durante un año, acusado de tráfico de drogas. Ese periodo, lejos de quebrarlo, se convirtió en el más fértil de su obra. En prisión escribió Historia General de las Drogas, inicialmente en tres volúmenes: una obra monumental, amena, erudita y enciclopédica. Algunos creen que sin el confinamiento no habría existido tal obra; él lo desmiente, pero el mito persiste.
A principios de los 90, este libro y sus apariciones en los medios reactivaron el debate sobre las drogas psicoactivas. Desde entonces, Escohotado conserva el aura de personaje heroico en ese mundo. Además, es un maestro del castellano, tanto oral como escrito.
El filósofo que abrió puertas que otros cerraron.
Quizá por eso Escohotado incomoda. Porque no predica, no sermonea, no vende salvación. Se limita a mostrar el mecanismo, a iluminar la trastienda donde se fabrican los miedos y las prohibiciones. Y lo hace con una mezcla de precisión quirúrgica y placer literario que lo vuelve inconfundible. Sus libros no son manuales ni panfletos: son artefactos. Dispositivos para pensar, para desprogramarse, para mirar el mundo sin la neblina del dogma.
Queda, al final, la sensación de haber tratado con alguien que no pertenece del todo a este plano. Un espectro, sí, pero uno que deja huellas profundas. Un escritor que convierte la historia de las drogas en la historia de la libertad humana. Un filósofo que se mueve entre sustancias, ideas y épocas con la misma soltura con la que otros cambian de habitación.
Y cuando uno cierra sus libros, o termina de escucharlo, queda un eco persistente, como un zumbido en la frecuencia equivocada: la certeza de que la realidad es más amplia, más extraña y más luminosa de lo que nos han contado. Ese es el legado de Antonio Escohotado. Ese es el trabajo del espectro.
Para más información: laemboscadura.com
Antonio Escohotado: «Soy básicamente un espectro». Por Leonardo Lee.

