MASAO YAMAMOTO | La recóndita poética de lo imperfecto

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El descubrimiento de un nuevo autor siempre es un verdadero placer. Mucho más cuando se caracteriza por la sencillez y por ese tipo de profundidad inesperada que hace de las cosas más sencillas espoletas hacia dimensiones desconocidas.
Normalmente el universo oriental, con su particular filosofía y visión de la vida, nos resulta un tanto ajeno y esto hace que se pierdan algunos detalles importantes en las obras. Por este motivo, me hago eco de algunas nociones básicas pero importantes. Por ejemplo, se explicó que “Wabi-sabi” es una corriente japonesa que va de lo estético a una forma de comprender el mundo que se basa en la fugacidad y la impermanencia. Algo que creo que a los Occidentales nos cuesta mucho de asumir: empeñados en que todo dure eternamente, y a ser posible nuevo.

Enmarcado en esta corriente, seguramente más por su contexto vivencial que por una intención artística concreta, Masao Yamamoto nos ofrece unas obras de belleza imperfecta e inquietante pero tremendamente humanas precisamente por eso. Algunas características de esta estética son la asimetría, la aspereza, la sencillez, la intimidad y el proceso natural. En la wikipedia puede leerse que “Richard R. Powell lo resume diciendo que ello (el wabi-sabi) cultiva todo lo que es auténtico reconociendo tres sencillas realidades: nada dura, nada está completado y nada es perfecto“.
Dentro de este fascinante marco, la belleza aparece en los lugares más insospechados con la nobleza y la dignidad de la presencia sencilla. No hay oropeles ni adornos innecesarios, sólo sabiduría labrada a base de envejecimiento, más o menos natural pero siempre artístico. Las fotografías han sufrido el paso del tiempo, como la memoria, tienen rasguños, como la piel de todos nosotros y sangran, como todo aquello que está vivo y herido.

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En lo que respecta a las series, “A Box of ku” (Ku=”vacío”) quiere decir algo así como “una caja de vacío”, título elocuente donde los haya, y nace en los 90. Estas imágenes evolucionan hasta llegar a “Nakazora“, de la que se explica que es: “el espacio entre el cielo y la tierra, el lugar donde las aves vuelan. El vacío. Flotando sobre el aire. Un hueco interior. Algo vago, un hueco. Alrededor del centro del cielo. Un estado en que los pies no tocan el suelo. Falta de atención. La incapacidad de decidir entre dos cosas”. La tercera serie, “Kawa” significaría río o flujo pero no se trata tanto de un lugar geográfico como de un tema personal, sentimental o vital. En la mencionada guía de la galería se explica que un ejemplo sería la línea que divide la vida de la muerte o el flujo en el curso de la vida: “El mundo es bello y cambiante. Nuestra vida corre sin percibirlo; sólo cuando nos paramos en el río, percibimos el flujo”. Toda una filosofía estética y vital que pone su impronta en el trabajo fotográfico de Masao Yamamoto, que reconoce que el siguiente poema de Ryokan ha sido una gran influencia para él: “Una hoja de arce enseña su dorso, muestra su cara antes de llegar a la tierra” Ryokan

No es baladí que el artista que cuida como preciosos tesoros las grietas de sus imágenes cite al monje-poeta que vivió en la naturaleza y en la más pura humildad, renunciando a toda posesión. Sus fotografías hablan también, con la misma sencillez, de las cosas elementales de la vida. De esos pequeños secretos que pueden no descubrirse en un millón de vidas, pero pueden asaltarte viendo morir una hoja o ante el cadáver exquisito de un insecto. Porque, finalmente, la sabiduría sólo es cuestión de tiempo, de honestidad, de reflexión, de modestia y de saber mirar… elementos que se encuentran en estas imágenes que abren insospechadas puertas, cajones y ventanas de la memoria.
Mirando los animalitos muertos de Yamamoto, pensaba en la artista catalana Sara García, que tiene un fascinante trabajo sobre la memoria cuajado de pequeñas muertes cotidianas (insectos, arañas, manzanas…). Es curioso cómo las fotografías de un artista japonés pueden llevarte a las intensas conversaciones sobre la muerte, el olvido o la abyección con una artista catalana. Es inquietante cómo al final lo fundamental remite siempre a cosas sencillas y cómo aquellos que tienen algo potente que decir…. lo murmuran calladamente para que el impacto del mensaje llegue potenciado por la certeza de la intimidad y lo abrumador de la confidencia.
Pero no fue éste mi único recuerdo compartido al mirar las imágenes. También me remitieron a la sensual belleza de mis orquídeas llenas de luz al encontrar esas otras orquídeas que parecen vivir en la oscuridad absoluta. Porque sus recuerdos cincelados a base de tinta y sombras son cantos de sirenas para unas memorias que me empeño en escribir con luz ante el temor a quedar atrapada en algún recoveco oscuro. Sin embargo, viendo la obra de Yamamoto, vuelvo a recordar el Elogio a la Sombra de Junichirò Tanizaki y su gran reflexión sobre esas pequeñas diferencias en nuestras maneras de ver y comprender el mundo.

“En mi obra intento plasmar imágenes que expresen, según mi punto de vista, cuentos curiosos del mundo de la naturaleza, en la que incluyo al ser humano, en papel fotosensible y con el máximo de belleza y rigor posibles. Para todos aquellos que visiten y aprecien mi obra, espero poder trasladarles, a través de la misma, mi profundo respeto y veneración hacia todas las cosas que existen en este mundo”

 

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Sólo puedo decir, en respuesta, que mirando sus imágenes, Sr. Yamamoto, siento no sólo el más profundo respeto y veneración por todas las cosas de este mundo, sino una conexión entrañable con esas pequeños y sutiles destellos que esperan agazapados entre las marcas y heridas de sus imágenes. La belleza de sus composiciones unida a lo ajado, lo vivido o lo experimentado, de la materialización de su mirada me recuerda que la vida, aunque algunos quieran hacernos creer lo contrario, no se compone únicamente de intereses, de productividad o de éxitos… sino de esa sombra que habita nuestra memoria, de esa flor que tocamos y olimos mientras… de aquel árbol que nos hizo mirar al cielo cuando… de ese pequeño pájaro que nos hizo volar a su paso… de esa mariposa que llenó de color nuestros ojos aquel día gris…

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… gracias por la poesía, por convertir lo frágil en exquisito, por hacer de lo cotidiano algo sublime, por demostrar que se pueden hacer obras sencillas y calar muy hondo.
Pero, sobre todo, gracias por dar lugar a lo imperfecto, a los animalitos muertos y las frutas un poco pasadas, por no ocultar arrugas ni grietas en sus obras, por pintarlas de rojo dejándolas sangrar y llamar la atención. Porque, lejos de las saturaciones y artificios a los que nos tienen acostumbrados muchos autores en los últimos tiempos, la sobriedad de sus imágenes me conmueve. Y son esos pequeños detalles, esas pequeñas muertes dignificadas y veladas con devoción las que me hacen concluir: ¡A sus pies, señor Yamamoto!

Por Rebeca Pardo // para  rebecapardo.wordpress.com

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