Ana Cabello ¡Cheers!

Joven, guapa y popular. Así es como, constantemente, la sociedad (¡ese término!) de la que formamos parte quiere que seamos, sobre todo, el sector femenino de la misma. Ellas deben mantenerse bellas, lustrosas, con una piel tersa, iluminada y sin arrugas a toda costa, permaneciendo esclavizadas a todo tipo de tratamientos de última generación. Cheers!, una breve frase ensayada por un escuadrón de animadoras, sirve como punto de partida para Ana Cabello (Inca. Mallorca, 1987) la cual apunta que «su misión es la de animarte para llegar a cumplir tu objetivo, que en este caso es el de lograr la victoria, competir y ser mejor que los demás. Por otra parte, jugar con el estereotipo que las envuelve, me permite analizar un rol generalmente femenino asociado al éxito (como aparecía en el cine y las series norteamericanas de adolescentes de los años 90, en las que formar parte del club se consideraba el mayor logro social». Ella concibe el espacio expositivo como un ser vivo, que evoluciona y por el que pasa el tiempo, con todo lo que eso conlleva, donde el culto universal a la eterna juventud es abatido por otra ley universal: la de la gravedad. Durante los casi tres meses que dura la exposición, el personaje irá evolucionando, cambiando, mutando, en definitiva envejeciendo, poniendo de manifiesto la angustia existencial de quien cree vivir en el absurdo y sin finalidad, nacido para la muerte, anticipo de cadáver y al borde de la podredumbre. Una visión ciertamente catastrofista pero real que nos aboca a una frustración por no alcanzar unos objetivos (auto) impuestos, absurdos y diseñados con fines puramente comerciales. Mermando la autoestima de una sociedad (¡!) que cada vez más necesita un alto grado de aprobación, buscando, constantemente, el hecho de ser admirado por el resto. La imagen física se deteriora y eso no está permitido pero no pasa nada, puede subsanarse, al menos a nivel virtual, retocando una y otra vez nuestra imagen con programas de retoque fotográfico y creando realidades alternativas de nuestra imagen idealizada, alojadas en Internet. Engendrándonos un desengaño al darnos cuenta de que podemos llegar a convertirnos en una caricatura de nosotros mismos.

Comisario Tolo Cañellas