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La belleza de la oscuridad: reflexión de la obra de H. R. Giger

Su obra se basaba en un mundo onírico desconcertante y agudo que le llevó años entender y mucho más, plasmar. H. R. Giger dibujaba lo que soñaba, de la oscuridad, hacia la oscuridad más hermosa.

La belleza de la oscuridad: reflexión de la obra de H. R. Giger. El terror y los monstruos suelen ser con enorme frecuencia, el reflejo más claro del inconsciente individual y colectivo. Con frecuencia, el autor dejó claro que su obra se basaba en un mundo onírico desconcertante y agudo que le llevó años entender y mucho más, plasmar. Una idea un poco escalofriante cuando se analiza sus obras: Bellos espacios lóbregos de monstruos inquietantes.

Escenas eróticas con un aire industrial casi sofocante. Pero quizás, el artista nunca fue más sincero que en esa confesión: ya lo decía Goya “El sueño de la razón produce monstruos”. Y quizás fue Giger, con su imaginación privilegiada y ese talento suyo para reconstruir el mundo en símbolos exquisitos, el que creó los más bellos, el que dotó de rostro al temor con un pulso elegante y profundamente conmovedor.

Como dibujante, pintor, escultor, diseñador y arquitecto de interiores elaboró un Universo macabro que bebió de las fuentes más diversas: desde el surrealismo más directo — con sus extraordinarias visiones sobre el miedo en estado puro y algo semejante al horror — el ocultismo, la magia y sin duda, su personal consideración sobre la naturaleza humana.

Más allá, Giger insistió en su propia versión de la realidad, de un inframundo de belleza radiante que construyó a fuerza de imaginación y esa insistente revisión sobre el imaginario cultural en el que creció. Porque Giger era ante todo transgresor, un constructor de valores estéticos que definió a su medida conceptos tan viejos como lo bello y lo temible en una idea totalmente nueva.

La mayoría del público conoció el trabajo de Giger (Coira, 1940) gracias a su monstruo más emblemático, ese estilizado y letal alienígena que es quizás el verdadero protagonista de la célebre película de Ridley Scott “Aliens”.

Un monstruo que roza la perfección de un código misterioso sobre el horror de lo sugerido: La criatura de Alien no tiene ojos: Una ausencia que rompe por completo con cualquier semejanza con cualquier otro monstruo que el cine haya mostrado hasta entonces.

Una breve reflexión sobre la obra de H. R. Giger. Su impacto se basa en algo más que esa ruptura con lo que consideramos compresible: Giger creó a la criatura con la intención que resultara “indefinible en la crueldad de su belleza”.

Con su enorme cráneo fálico y brillante, su cuerpo esbelto y su doble dentadura de dientes metálicos, el Alien imaginado por el artista es una mezcla entre una percepción estilizada acerca del miedo y algo más complejo.

Inexplicable y violenta, se trata de una maquinaria mortífera que encarna un tipo de terror sofisticado que hasta entonces, jamás se había mostrado en película alguna. Giger no sólo asumió el reto de elaborar una visión sobre la vida espacial que superara cualquier otra propuesta semejante sino que además, asumiera el hecho de lo desconocido como una amenaza siniestra.

Para Giger, la obra de H.P Lovecraft no fue sólo un referente inmediato, sino también, una aproximación a un tipo de terror ciego en el que el artista basó la mayor parte de su obra. En más de una ocasión el artista admitió que la obra del escritor de Providence era no sólo “capital” para su trabajo visual, sino además, una fuente inmediata de comprensión “sobre la oscuridad de un tipo de terror laberíntico de enorme profundidad conceptual”.

Su obra “Necronomicon” (1977) es un cuidadoso homenaje visual al Universo Lovecraft pero además de eso, a la imaginería que sostiene su discurso primordial.

Tanto uno como el otro asumen lo fantástico como una vertiente de lo enigmático y es esa ausencia de definición — lo reconocible — lo convierte a la obra de ambos artistas en obras espejos una de la otra.

Era inevitable por tanto, que la atmósfera oscura y abrumadora de las obras de Giger — herederas visuales del Universo de Lovecraft — brindaran a “Alien: el Octavo pasajero” un aire tenebroso y macabro muy semejante a las obras más conocidas del autor norteamericano.

El universo Lovecraftiano con toda su carga simbólica y su devastadora comprensión de la nada que habita más allá de los confines de lo conocido, dotan a su obra de una profundidad elemental basada en el primitivo temor del hombre a su insignificancia.

De la misma manera que el monstruo de Giger representa al enemigo imposible, implacable y voraz. A mitad de camino entre un insecto, un eficiente depredador y un sofisticado biomecanismo de evidentes connotaciones sexuales, el Alien sugiere además una insistente búsqueda de la debilidad de la psiquis colectiva.

Ese punto frágil que sostiene un discurso sobre la vulnerabilidad de la existencia del hombre, en medio de un Universo desconocido y peligroso al que se enfrenta desde su frágil percepción de la conciencia.

No obstante, el trabajo del artista sobrepasa el imaginario cinematográfico para abarcar la esencia de su propuesta artística: una visión atípica sobre el horror, lo inquietante y lo retorcido.

Y es que desde su magnífico La máquina de parir (Tinta sobre transcop sobre papel sobre madera, 1967) hasta la que se considera su obra máxima “Necronomicón” — origen, de hecho del monstruo Aliens — Giger demostró una manera de reconstruir los conceptos estéticos que asombró y cautivó a toda una generación.

Porque Giger no se limitó a elaborar algo nuevo sobre lo viejo, sino que re dimensionó la búsqueda de conceptos sobre lo que consideramos atractivos — y lo que no lo es -a través de esa particularista estética suya, de esa oscuridad lasciva que sorprendía y desconcertaba a la vez.

A Giger más de una vez se le acuso de repetitivo, tal vez debido a que en esa penumbra mecánica que forma parte de todas sus obras, hay un elemento que parece reflejar una imagen idéntica, una elaboración del concepto muy reconocible.

Y sin embargo, Giger se esforzó por conceptualizar el absurdo y lo temible siempre de manera nueva, una reconstrucción de mitos personales a la que dotó cada vez de una estética renovada.

Lo hizo desde lo burlesco, desde ese humor sardónico que llenaba cada una de sus pinturas y sus inquietantes esculturas.

En una de sus numerosas versiones de una sus piezas más desconcertantes “La Maquina de parir”, construye un Universo anómalo, que se alimenta de elementos reconocibles de su obra — la muerte, la vida y la violencia — pero llevados a un extremo de burla paródica que sorprendió a propios y extraños.

La obra muestra las entrañas mecánicas de una pistola con tintes orgánicos y en su interior, bebés recién nacidos armados con un visible fusil. Toda una declaración de intenciones de Giger sobre la cultura hipócrita que educa de manera sutil sobre el horror y el temor desde la cuna.

Sin duda, para Giger, lo siniestro era una forma de metáfora poética sobre la fragilidad del hombre, esa vulnerabilidad simple que le inspiró probablemente — por rechazo y contradicción — lo mejor de su obra. Ese complejo mundo biomecánico — término acuñado por el mismo artista para definir su obra — que concibió a partir de lo obsceno y algo más esencial: la raíz de lo erótico.

El artista se esforzó una y otra vez por reflejar sus obsesiones corporales en minuciosas visiones de lo aterrador: lo orgánico transformado, por obra y gracia de su talento, en un elemento artificial y genital.

Lo repitió — y demostró — a lo largo de su vida: El artista era un hombre de obsesiones. De allí que su obra tuviera una personalidad tan marcada, con sus asombrosas reiteraciones que sin embargo, jamás dejó de parecer una visión totalmente nuevo sobre el sexo y la violencia.

Al Giger adolescente le obsesionaban las armas “A partir de la pubertad empecé a coleccionar armas como loco, aunque me limitaba a los revólveres. El “Gölischmid”, un hombre mayor al que se tenía por loco y que siempre tenía algo que llevar a la farmacia, me enseñó a reparar armas manuales de fuego.

Así es como aprendí a soldar y templar los resortes” (Del libro www HT Giger com, Taschen, 1996) y también lo erótico: sobrexcitado y precoz, la lujuría pareció formar parte de su lenguaje creativo desde sus orígenes.

El resultado es una insistencia en un tema único, reformulado hasta la saciedad pero jamás repetitivo. Esa extraordinaria conclusión sobre la muerte, la vida, lo artificial y lo doloroso que trasciende la mera concepción de quien se asume creador y evoca algo más profundo: esa identidad espiritual que todo artista muestra — o intenta hacerlo — en su obra.

Seguramente, Giger jamás imaginó la trascendencia que su obra tendría en la estética de cierta visión postmodernista del arte: Giger siempre concibió su expresión estética como inevitable.

Idéntica y reconocible, no obstante siempre tuvo la capacidad de sorprender, incluso irritar a un público sorprendido por la profusión de sus paisajes siniestros. Siempre había algo que decir sobre el meta mensaje de un artista que tenía muy claro que sus obras eran un reflejo de su lenguaje, una grotesta burla a lo esencial.

Desde su trabajo con aerógrafo a sus esculturas, la visión de Giger pareció depurarse cada vez más hasta llegar a una elegancia visual que se tomó como una etapa de definitiva madurez en su trabajo, sin que lo fuera.

Su versión de los signos zodiacales con esos inquietantes organismos sin cabeza, carentes de rostro y más parecidos a una visión de pesadilla sobre el dolor humano que a una metáfora visual, es probablemente el símbolo de su creciente necesidad por destruir su propio mito.

Un pensamiento que haría sonreír al artista con cierto cinismo. Nunca le faltó sentido del humor y quizás es esa burla a lo establecido, a lo que se asume por real, lo que se insiste como bello, el mayor legado de un artista que siempre insistió que su mayor inspiración no era la necesidad del arte sino el dolor de la exclusión.

Larga vida a Giger, al artista obsesivo y sobre todo al pionero, que brindó al arte — y a la estética — una nueva manera de mirarse y lo que es aún más desconcertante, una forma mucho más inquietante de concebirse.

Una visión de radiante belleza — y también profundamente dura — sobre lo que somos y más allá, de lo que la aspiración por la trascendencia del espíritu humano puede crear a partir de su inquietantes demonios. O como el mismo Giger diría, obsesionado y ferviente defensor de su lóbrega visión de las cosas “De la oscuridad, hacia la oscuridad más hermosa”.


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