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Desconexión. Un viaje personal por internet

Una extraordinaria lección que nos obliga a reconocer que, para la gran mayoría de nosotros, la distinción entre la «vida real» y las realidades más nebulosas que nos brinda internet se ha roto definitivamente.

‘Desconexión: un viaje personal por internet’ por Roisin Kiberd: «Es difícil comprender el profundo efecto que las redes han tenido en la sociedad mundial, pero es enorme. Hoy sabemos que las redes sociales son un infierno…La escritora y periodista irlandesa reflexiona sobre las cicatrices que deja nuestra adicción a las pantallas»

Hoy en día, prácticamente todo el mundo vive conectado a la red. Forma parte ineludible de nuestras vidas, y eso provoca todo tipo de nuevas situaciones y estados emocionales. Algunos son claramente positivos: el acceso a la información, las nuevas posibilidades de comunicación, la optimización en los procesos de trabajo… Pero, a la vez, la vida online se ha convertido en una clara fuente de insatisfacción, trastornos y problemas para mucha gente. ¿Tiene sentido pasar tanto tiempo delante de la pantalla? ¿En qué medida nos perjudica la adicción a internet? Roisin Kiberd sabe mucho sobre estas cuestiones. A lo largo de su carrera profesional ha trabajado para startups tecnológicas, ha escrito sobre las subculturas de internet y ha sido testigo de todos los excesos que se cometen en nombre del progreso informático, hasta el punto de padecer muchos en carne propia.

Roisin Kiberd: «Yo también estoy enganchada a la pantalla. A veces pienso que he pasado una parte tan sustancial de mi vida en las redes que en realidad fui educada por internet. He olvidado dónde están los límites, dónde termina la tecnología y dónde empiezo yo.  ¿Soy una mutante? ¿Una cíborg? ¿O solo un ser humano normal y corriente?

Un cíborg es una persona que ha visto mejoradas sus capacidades físicas gracias a la tecnología. Mis mejoras no son físicas: mi cuerpo tiene más o menos el mismo aspecto que el de cualquier persona que viviera antes de la aparición de internet. Pero sí soy una cíborg emocional. Deslocalizo mis opiniones, mis recuerdos y mi identidad para depositarlos en internet, y he pasado más tiempo con mi portátil que con cualquier ser vivo en este mundo.

Quizá no sea una cíborg, o una mutante, sino una persona partida por la mitad. Desde que empecé a tener una vida en datos, también he tenido una doppelgänger. Todos lo tenemos: una sombra que habita en listas y sistemas, hecha de información almacenada en granjas de datos, en servidores que zumban y parpadean en la oscuridad. Internet nos controla y nos construye un segundo yo, y cada una de nuestras interacciones con un servicio o una plataforma contribuye a ese perfil, que es monetizado por desconocidos. Antes incluso de que te abrieras una cuenta de Facebook, por poner un ejemplo, la empresa ya había creado un «perfil en la sombra» de ti, un vacío que esperaba a ser llenado.

Vivimos en datos, aunque en realidad no lo hacemos, porque los datos son como las células muertas que desecha nuestro cuerpo. Internet nos alimenta con lo que cree que deseamos, basándose en lo que quisimos en el pasado. Eso significa que nuestros doppelgänger son unos personajes anodinos y predecibles, las versiones más mezquinas de nosotros mismos.

Nuestros doppelgänger se hacen fuertes a medida que utilizamos internet. Sin duda nos sobrevivirán. No nos pertenecen; la inteligencia artificial es la tecnología que dominará nuestro futuro, y se construirá a partir de los datos que creamos hoy para las empresas tecnológicas.

Hay quien sostiene que alcanzaremos la Singularidad en nuestras vidas, una «explosión de inteligencia» en la que las máquinas eclipsarán para siempre las capacidades humanas. Ha sido descrita como el amanecer de una edad de ciencia ficción, un apocalipsis o un estallido de posibilidades casi infinitas. Sin embargo, ¿cómo ha de surgir una revolución tecnológica, o incluso espiritual, de un internet dominado por el capitalismo de la vigilancia?

¿El futuro se basará en nuestra inanidad y distracción, en lo que la tecnología nos quita, así como en lo que nos da? La Singularidad será aburrida, porque internet hoy día es aburrido. La Singularidad no nos salvará de una distopía construida con manos humanas.

Tuve que perder la cabeza para poder escribir este libro. El año 2016, cuando las ideas para muchos de estos ensayos empezaron a echar raíces, fue también el año de mi crisis mental. Nunca había sido una persona demasiado feliz; desde niña, había sufrido episodios de depresión, ansiedad, trastornos alimentarios e inseguridad.

A lo largo de 2016, vi cómo todo lo que me parecía fascinante sobre la vida en la red se volvía siniestro. Ciertas subculturas se fusionaron y radicalizaron, poniendo en común su odio. Las creencias políticas dieron paso a un pensamiento sin matices, y el anonimato permitió que la gente se atacara entre sí. Mi pantalla era una vorágine de pestañas y transmisiones en directo, réplicas y contrarréplicas, llamamientos, opiniones apresuradas, doxxing, swatting y gente que escribía en mayúsculas, gritándose en silencio los unos a los otros en un toma y daca de tuits. Me pasaba horas navegando; aunque me dolía, no podía apartar la mirada.

Era consciente de que no me encontraba en una posición emocional estable, pero ahora todo lo que veía en la red era tan extremo como mis sentimientos. Vi confirmados todos mis temores; en internet, no solo nos vigilan los cuerpos del Estado. También nos vigilamos los unos a los otros. Todos tus amigos intentan darte envidia. Los hombres odian a las mujeres, y las mujeres odian a los hombres. En resumidas cuentas, todos nos odiamos los unos a los otros, quizá no en la vida real, pero sí en internet, que empezaba a parecer lo mismo.

Hemos adoptado unas tecnologías que manipulan nuestras emociones y limitan nuestra visión del mundo

Estos ensayos los escribí mientras me curaba de internet, sin abandonarlo, y tratan sobre ese proceso. En ellos, intento entender lo que hemos perdido y abordar la solitaria distopía que se alza ante nosotros. Donna Haraway apunta que «la escritura es, sobre todo, la tecnología de los cíborgs» y que «la política de los cíborgs es la lucha por el lenguaje y contra la comunicación perfecta, contra el código único que traduce a la perfección todos los significados». Si en efecto soy una cíborg, me impulsan al escribir esta ambivalencia y la defensa de lo imperfecto y de lo humano. Escribir es manipular la información, reivindicarla como propia. Este ensayo, y el libro que tienes en las manos, es el fruto de la información que he extraído de las máquinas y de la vida humana.

En esta colección de ensayos, unidos entre sí para dar forma a un relato sobre el lado oscuro de la vida digital, Kiberd arroja sobre el problema una luz clara y poderosa. Nos advierte de los riesgos que conlleva una excesiva interconexión y de la trampa en la que podemos quedar atrapados si nos volvemos adictos al scroll infinito o nos obsesiona la exposición narcisista en las redes sociales. Así, a lo largo de su viaje personal por internet y sus investigaciones sobre los fenómenos que ahí acontecen –de la escena vaporwave a las apps para ligar, pasando por las comunidades que rinden culto a las bebidas energéticas–, la autora nos invita a reflexionar sobre nuestro propio consumo del tiempo en la red, y a alcanzar las preguntas definitivas: ¿ha merecido la pena? ¿Qué hemos ganado y qué hemos perdido por el camino? ¿Preferimos seguir conectados, o sería prudente aspirar a la desconexión?

Roisin Kiberd nació en Dublín el mismo año y mes que el internet que conocemos: en marzo de 1989, cuando un ingeniero llamado Tim Berners-Lee le presentó a sus jefes del CERN la propuesta de un nuevo sistema de “gestión de la información”. Desde entonces, internet y las redes sociales han transformado la economía, el planeta y la conducta humana hasta límites insospechables. 

Este es un fragmento de ‘Desconexión. Un viaje personal por internet‘ (Alpha Decay), por Roisin Kiberd.

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