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Todos los hombres tristes llevan abrigos largos

La periodista Rebeca Argudo Casado publica ‘Todos los hombres tristes llevan abrigos largos’, su debut en el mundo de la ficción. Una historia sobre el amor y la amistad. Pero, sobre todo, de los límites que estamos dispuestos a cruzar y de aquellos que sería conveniente no cruzar jamás.

Todos los hombres tristes llevan abrigos largos. Yo soy periodista, trabajo con palabras, dice la autora Rebeca Argudo, pero escribo siempre de la realidad. Así que de pronto, al tener que cambiar de registro, me dije: “Tiene que ser realmente ficción”. Y me autoimpuse que fuese una historia totalmente inventada, que no tuviera nada que ver conmigo.

Yo reivindico que no se escriba gratis, que se escriba por dinero. Da igual que sea un libro, un artículo o una columna de opinión. Escribimos por dinero porque es un oficio y es nuestro trabajo. Si todos los que están escribiendo a cambio de visibilidad, o con la esperanza de que algún día sí les paguen, se plantaran y no escribiesen gratis, o casi gratis, a lo mejor conseguíamos dignificar entre todos el oficio y acabar con la precariedad.

Escribir es un trabajo, afirma Rebeca Casado. Y todo trabajo implica esfuerzo, tiempo y paciencia. No es como ir a tomar cañas con los amigos, que te sale solo. Y yo siempre encuentro motivos para no hacerlo (trabajar, no ir de cañas). Pero, dentro de que sea un trabajo, se me ocurren pocos mejores, más libres y más divertidos.

La vida es un ascazo maravilloso, afirma  la escritora. Y esa dicotomía, ese andar siempre con un pie en la melancolía y otro en la ilusión, de la alegría a la tristeza, del amor al desamor, continuamente, de la esperanza al desencanto, me parece fascinante. Porque yo odio los cambios y la vida es un cambio continuo y no me acostumbro, y lo odio. Pero adoro estar viva. Y encima se acaba con ese gran cambio final, como una gran broma, de pasar de vivo a muerto, sin solución de continuidad. Vivir no nos da tregua.

Rebeca Argudo Casado · Fotos: Jeosm para Zenda, autores, libros y compañía

Las libertades se defienden en las zonas oscuras, no en la comodidad. A nadie le molesta que se diga que no se empuja ancianas bajo las ruedas de un autobús, todos estamos de acuerdo en que está feo. Por eso no se defiende al que lo dice, hay que defender al que se caga en Alá o en Dios. Al que dice que un transexual no es una mujer, al que dice que ser de derechas es ser nazi, al que dice que Cataluña no es España. Y al que dice lo contrario: al que dice que un transexual es una mujer, al que llama nazi al que no piensa como él, al que cree que Cataluña debería ser libre. Ahí es donde hay que defender la libertad de expresión. Ahí está el verdadero ejercicio de tolerancia. Otra cosa es dar el siguiente paso y llegar a la acción, ahí ya estamos hablando de otra cosa.

Pero esta ideología «woke» defiende lo contrario, que no hay que decir nada que pueda molestar a alguien. Y eso, que ya es suficientemente malo, se vuelve perverso cuando además es en una única dirección, cuando a los que no hay que molestar es a unos y a los otros sí, se puede y se debe. Porque jamás defienden que no se pueda molestar a conservadores, a católicos, a los de derechas, a los que no piensan como ellos. Para ellos el mundo se divide en buenos (ellos) y malos (todos los demás) y lo que les está permitido a los primeros no se lo está a los segundos.

Sobre el título del libro ‘Todos los hombres tristes llevan abrigos largos’

Le he dado muchas vueltas desde hace mucho tiempo, porque es verdad que parece que cuando alguien está muy triste el abrigo siempre le queda grande, ¿no? Es como que te haces pequeño, como si la tristeza encogiese algo más que el alma. No es una metáfora, es literal: los hombres tristes llevan abrigos largos. Me sonaba bien, además. Luego Umbral, en la cita que hay al principio de su libro Diario de un escritor burgués, decía precisamente que su primer invierno había llevado el abrigo largo, demasiado largo. Y yo me lo imaginaba triste, demasiado triste. Además era un título largo, que a mí me gustan, como el abrigo (risas). Y no era descriptivo, no daba ninguna pista de lo que vas a encontrar entre esas páginas. Me gustaba: era evocador, intrigante. Pero en realidad no tenía mucho que ver con la historia, así que me permití el capricho de salpicarla de hombres tristes con abrigos largos, o de referencias a los abrigos largos o a la tristeza. O sea, que en realidad el título es un capricho absoluto y no responde a nada más que a eso.

No quiero dar lecciones de nada a nadie con este libro. Por eso quería personajes que se movieran en puntos oscuros, que cometieran errores o que se comportasen directamente mal, y lo reconocemos, pero al mismo tiempo queremos que salgan de esa, poniendo a prueba nuestras propias convicciones. Las zonas grises en las que se mueve el ser humano me interesan. No hay una lección moral y tampoco hay una defensa de que, por ejemplo, la mujer es buenísima y el hombre es malvado. Últimamente me da la sensación de que todo lo que se publica, o al menos todo a lo que le dan mucho bombo, parece que tiene siempre que encajar con una especie de militancia en lo políticamente correcto: que es durísimo ser mujer, que tiene que haber minorías representadas, que no haya nada que pueda ofender a cualquiera de esos grupos identitarios… Y yo estoy cansada de que me digan qué es lo que me tiene que ofender o qué lo que debo defender. Quería alejarme de eso y que la novela fuera puro entretenimiento.

Descripción:


Sobre la mesa de la cocina hay un manuscrito. Cuando Martín llegue a casa tras salir del trabajo y lo vea allí, deberá decidir si hace caso al epígrafe que aparece en la primera de esas páginas a modo de indicación: LÉEME. Él todavía no lo sabe, pero si lo hace, encontrará en esas líneas las respuestas a un montón de preguntas que se ha hecho o que se está haciendo, a las que se hará y las que hubiese preferido no hacerse. Y, si decide leerlo, si finalmente hace caso a una indicación precisa en un momento inusitado, es muy probable que, al llegar a la palabra FIN, su vida haya cambiado para siempre.
Porque en esas páginas, que son también las que el lector tiene ahora entre sus manos, su novia le hace la más sorprendente de las confesiones: en sus vidas razonablemente felices, llenas de amigos intelectuales, gin-tonics y muebles de diseño, ha tenido lugar el más absurdo y atroz de los sucesos.

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