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Honor, vanidad y orgullo

El orgullo que más se ejercita es el orgullo nacional. Para tener un orgullo fundado la vanidad necesita obtener el aplauso del respetable y eso es ardua tarea

El orgullo es el sentimiento interior que proviene de la alta valoración que de si mismo puede tener un individuo. La vanidad es el deseo de conseguir esa misma valoración desde fuera, desde la sociedad. Ser orgulloso es algo inmediato y ser vanidoso entraña un trabajo adicional. La vanidad ejercita el esfuerzo de pasear los plumajes o esplendores ante los hocicos del prójimo.

El orgullo y la vanidad son enemigos declarados, pues el primero necesita que la segunda llegue a buen puerto y cumpla sus objetivos, lo que no sucede con frecuencia. Dicho de otro modo, para tener un orgullo fundado la vanidad necesita obtener el aplauso del respetable, y eso es ardua tarea. Esto es así desde siempre, en todo tiempo y lugar, y parece, por tanto, algo connatural a nuestra especie o, si se me permite, irracional o puramente animal.

Resulta asombroso lo que influye en nosotros la opinión que tengan los demás sobre nuestra valía, lo que nos condiciona y lo que nos puede llegar a amargar o alegrar.

John Currin Art

Es lo que se ha dado en llamar «honor». Nuestra autoestima es un sentimiento que parece depender en su mayor proporción de lo que representamos, más que de lo que somos realmente. Pero esta obsesión es común a todos, hasta el punto de hacer afirmar a Tácito que «la pasión por la gloria es lo último en ser abandonado, incluso por los sabios».

Honor, vanidad y orgullo. La importancia que se otorga al honor es un error innato

Si lo analizamos racionalmente, de inmediato vemos que es algo del todo absurdo. La mayoría de las opiniones de la gente suelen ser retorcidas, falsas y erráticas, basta ver cómo ha tratado siempre el colectivo a los individuos capacitados, al menos en un primer momento. Esta obsesión por «el qué dirán», lleva a Schopenhauer a afirmar que la importancia que se otorga al honor es un error innato.

Pero como la cosa no tiene solución y la consecución de los objetivos de nuestra vanidad, esto es, la ansiada aprobación y reconocimiento de los demás, no son nada frecuentes o fáciles, el orgullo que más se ejercita es el orgullo nacional. Es la forma más accesible de orgullo y denota en el individuo la carencia de facultades propias.

Al mediocre solo le queda enorgullecerse por la pertenencia a su grupo, a su rebaño, a su tribu, de algo que comparte con millones de mediocres.

Quien posee dotes sobresalientes reconoce los errores de su nación y rara vez realizará exaltaciones patrióticas. Vanagloriarse de la nación es el único recurso para el orgullo del que dispone la mediocridad y la cutrez.

Honor, vanidad y orgullo. Por Andrés García Ibáñez

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