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Kierkegaard y el amor carente de deseo como una paradoja de la existencia

4.

La existencia estética tal como la expone Kierkegaard es el estadio vital que puede ser comprendido desde la lectura del Diario de un seductor como el tipo de experiencia vital que persigue como finalidad una existencia vivida poéticamente. Vivir como si nuestro día a día fuera escrito por un poeta. Una vida con un espíritu poético, donde sea imposible encontrar la diferencia entre la fantasía y la realidad, siempre haciendo lo que dicta el inmediatismo, ese momento que se conjuga en presente y suele ser efímero entre nuestras manos, sin importar ningún tipo de consecuencia. Es el estadio de los que no sienten que el mundo es suficiente, y siempre buscan vivir en lo que está fuera de lo real para hacer la realidad aún más interesante. El hombre estético es aquel que sin importar las consecuencias en los demás, ve por sí mismo y no acepta la vida dada en sociedad. Sin embargo, a pesar de la lectura ortodoxa de la obra en cuestión, en Diario de un seductor, parece cohabitar una lectura alternativa que sostendría que el placer del seductor no se da plenamente en la seducción de la mujer, sino en la fabricación artesanal y artística del ámbito de significado creado en la mente de la seducida. La lectura que pretendo sostener aquí es que el la experiencia vital llevada estéticamente por el donjuán de Kierkegaard es la de un artista creador de significado, que es capaz de moldear la psique de la amada por medio de esculpir un ambiente de erotismo alrededor suyo, hasta el punto de derrotar su voluntad. Así, la seducida se erige en la obra encarnada del artista de la seducción. El seductor kierkergaardiano escapa a cualquier consideración moral, al ser sus pretenciones fundamentalmente poéticas o creadoras. En el libro, Kierkegaard explícitamente nos dice:

Un don Juan seduce a las muchachas y después las abandona; pero su placer no está en abandonarlas, sino en seducirlas. No puede, pues decirse que esto sea crueldad en absoluto.[1]

Si partimos de la crítica que Kierkegaard dirige contra Schopenhauer acerca de que el filósofo alemán nunca vivió lo que enseñó, podemos hallar el núcleo del pensamiento kierkegaardiano, a saber, que la filosofía debe testarse en la experiencia de la existencia. Y en esa postura, si bien no es el único, Kierkegaard fue destacado. De hecho, se puede decir que Kierkegaard fue su propio conejillo de indias al momento de probar lo que sostuvo. Tuvo además los arrestos para dejar testimonio escrito de sus andanzas filosóficas, y aquellas otras no tan filosóficas, pero que fueron base para probar que solo se puede perseguir la pureza cuando has sido capaz de ensuciarte las manos.

Si bien nuestro autor no fue parco a la hora de compartir sus inquietudes, si fue por otro lado hasta cierto punto pudoroso a la hora de reconocer que cuando habla en sus escritos, lo hace en primera persona. Normalmente Kierkegaard usó seudónimos en sus obras. Enmascaró con ironía y el uso de seudónimos el hecho de que testimoniaba una realidad que había sido probada y calibrada por él. Estoy seguro que una filosofía que da testimonio de sus ideas con base en el relato de sus propias experiencias brinda una dimensión distinta a las palabras que emplea para expresarlas. La dimensión de lo sufrido y lo gozado. Se dice que no se puede hacer filosofía sin incomodar, en este caso, la incomodidad fue para él mismo.

Uno de los textos en los que el filósofo danés aplicó la regla común y bastante megalómana de escribir desde la experiencia personal es su Diario de un Seductor, novela escrita en un estilo desordenado, epistolar y confesional -como lo es todo texto que da cuenta de nuestras emociones- mezclando tanto las cartas de los protagonistas, como los fríos y estratégicos pensamientos del seductor Johannes. En esta forma novelada de las emociones y las pasiones se lee la proyección de la vida de Kierkegaard sobre su obra. La protagonista femenina del relato, Cordelia, era casi la misma Regina Olsen de la cual el filósofo estuvo toda su vida enamorado. Sin embargo eso no es lo más importante que se puede señalar del libro. Lo anterior de hecho es apenas anecdótico, aunque básico para saber de dónde parte Kierkegaard. De esta forma, quizá el testimonio más conocido de esas inquietudes vividas en una etapa de la existencia kierkegaardiana es la que expone en el Diario de un seductor. La historia de Johannes y Cordelia, o si se quiere, como lo señalamos antes, de Regine Olsen y Kierkegaard.

Para analizar la obra y las intenciones del pensador danés, pretendo tomar distancia de las lecturas comunes de este texto, las cuales sostienen que los propósitos del autor en esta obra son los de ilustrar la existencia estética, asumida ésta como una forma de la inmediatez y como una búsqueda del placer sensual como fines en sí mismos. En este sentido, persigo distanciarme de la lectura del adjetivo estética para hablar del primer tipo de existencia kierkergaardiana como calificando esa dimensión vital como pura y exclusivamente hedonista e inmediatista. Sostengo que la postura del donjuán del Diario de un seductor es la de un individuo que se ve a sí mismo como un artista, como un creador de significado. En este caso, como el sujeto capaz de lograr en su seducida una forma de enajenación de sí misma, por medio de plasmar en su mente la imagen del abandono de sí y la posterior necesidad, obsesión y desesperación por el otro. Con ello, sostener que el carácter estético de un individuo no se agota en la definición de nuestras capacidades sensuales o perceptivas, y su satisfacción, sino que se amplía hasta nuestras capacidades creativas. Aunque esa capacidad se despliegue en el engaño. El propósito es así, a partir del papel de Johannes del Diario de un seductor de Kierkegaard, sostener que el seductor kierkegaardiano no es un ejemplo del hombre vacío y frívolo que conduce su vida solo con placer e inmediatez sensual; sino, un tipo de sujeto en búsqueda de una satisfacción estética. Pero no una estética de la sensualidad, sino artística. En ese sentido, el personaje de Kierkegaard no busca satisfacción de un deseo sexual que se logra con el poseer a la mujer seducida, antes, se logra con la creación de un entorno de seducción donde la mujer cae lenta pero seguramente hasta la obsesión y desesperación. Sí, el donjuán de Kierkegaard pretende que la seducción sea una forma de inducir en al ánimo femenino la onmipresencia del seductor. Pretende que cada rincón de la psique de la amada esté repleto de la necesidad por el seductor. Así, hasta lograr liquidar el ego de la seducida; derrumbe del yo que se expresa en la existencia humana por medio de todas aquellas manifestaciones de la necesidad amorosa cuando es alimentada: obsesión, anhelo, desesperación, etcétera. Esa es la doble forma de expresión de la labor artística del seductor: ser capaz de formar un ámbito de sentido en la seducida, así como transformar su mente en función de un amor que viene y va, pero nunca se queda. Y por ello se hace más necesario y anhelado. A propósito, escribió Jaspers:

[…] la técnica de causar sensación mediante el retiro, la intensidad en el círculo próximo, la escasa comunicación, la acentuación de lo singular –despertar la atención general no apareciendo precisamente de forma intencionada-, látigo y caramelo como medio para cautivar.[2]

Normalmente asociamos a la idea del amor la del deseo. En ese caso, el deseo es el resultado de un sentimiento. Visto de esa forma, la maquinación amorosa que inicia con una emoción por el otro y engendra un sentimiento hacia el otro, desemboca en un deseo también por el otro. Esta maquinación es puramente irracional. Kierkegaard lo sabía. Sabía que la posibilidad del deseo es la posibilidad de la posesión para satisfacer el deseo; pero también era consciente de que un artista en el seducir debe poder no solo despertar el deseo en su amada, sino debe poder prolongarlo hasta lograr poseer emocional y mentalmente a la otra. Por ello, renuncia a concretarlo, consciente de que el deseo muere automáticamente cuando se logra. En ese sentido, el donjuán kierkergaardiano se deja conducir por la razón como la forma de lograr detener sus impulsos. El seductor que Sören propondrá como ejemplar, es aquél que:

[…] por medio de sus finísimas facultades intelectuales, sepa inducir a una muchacha a la tentación, ligarla a su persona incluso sin tomarla, sin desear siquiera poseerla; en el más estricto sentido de la palabra.[3]

Un amor puro, dirían platónico los que no tiene ni maldita idea de lo que dijo Platón. No, el amor que plantea el donjuán es más bien kantiano, porque es puramente formal. Aunque, desde luego, mentar a Kant para hablar del amor parece un despropósito. En ese sentido es también paradójico el planteamiento del seductor: evitar la posesión física que exige la presencia del deseo por medio de exorcizar esa necesidad inmediata a través de la mediata y largoplacista razón.

Una paradoja (del lat. paradoxus, y este del griego ?????????) es una idea extraña opuesta a lo que se considera verdadero o a la opinión general. En otras palabras, es una proposición en apariencia verdadera que conlleva a una contradicción lógica o a una situación que infringe el sentido común. Retóricamente, es una figura que consiste en emplear expresiones o frases que implican contradicción. Entonces, una paradoja es una proposición en apariencia verdadera que conlleva a una contradicción lógica o a una situación que infringe el sentido común. Un pensamiento que consiste en emplear expresiones o frases que implican contradicción. Este es el sentido paradójico de la labor seductora del donjuán de Kierkegaard: un amor que nunca se manifiesta como deseo, pero que se alimenta de generarlo en el otro.[4] Aún si no hay intenciones de consumarlo. Generalmente se piensa que cuando un hombre se enamora, se enamora de alguien más. En ocasiones, debo decirlo, el hombre se enamora de sí mismo al conquistar a una mujer. Se impone como un desafío la seducción. El logro, la conquista del objeto del deseo, se ve como una realización en sí misma del seductor. El peligro de la sobreestima es convertirse en un amor por sí mismo. Pero ése es el resultado o las consecuencias de la práctica seductora. No obstante, como en todas las historias de seducción, la seducida tiene nombre, este es Regine Olsen, o Cordelia en el Diario de un seductor. Ella es la victima de las aspiraciones del seductor. Como saben quiénes han leído el texto, Johannes se compromete y desde luego se retracta, abandonándola. En este caso Cordelia, la Regine Olsen, del texto, se sentirá insatisfecha al no ver consumada su pasión en un contrato matrimonial. Imaginémonos, el contexto del siglo XIX, una mujer ilusionada, comprometida, y súbitamente abandonada. Las consecuencias son desastrosas: una serie de estragos emocionales y sociales. En lo personal, Cordelia es sustraída de una tranquilidad emocional y una libertad social que le brindaba el refugio de un amor en creencia correspondido. Un compromiso en matrimonio y su posterior consumación en un contrato liberaba a la mujer de una carga social, a la vez personal. Una vez confeccionada la máscara social, todo ego se ve confortado. Rota la máscara, el mundo se vuelve una prisión sin muros, pero desde donde eres observada, señalada y desvalorizada. Al no haber muros en esa prisión social, la intimidad se pierde. Te conviertes en el bocado de todos. Se pierde la libertad de ser en ese contexto social.

El donjuán aparece, así, como un ladrón de la libertad de las personas. Con su actitud asfixia lúdicamente. Igual que con la mirada o con la sonrisa encanta, pero con su actitud ese encanto se trueca en un simple deseo estético, en el sentido de un mero atractivo inmediato para maniobrar. Una de las claves existenciales que explican con suma claridad la categoría de la inmediatez como postura ante la vida es la manipulación como el impulso (estético) de gozar de los demás.

Los verdaderos placeres del amor sólo se gozan cuando se ha logrado llevar a una
muchacha hasta esa situación en que no conozca otra tarea para su libertad que
la de entregarse, poniendo toda su felicidad en ello y casi suplicándonos, como
un mendigo una limosna, que aceptemos su don íntegro y, sin embargo, libre.[5]

El hombre estético encara así la realidad desde el punto de vista de la exterioridad: vive una existencia no comprometida que tiene por objetivo de toda acción la búsqueda instintiva del placer. Pero la consumación de este placer, del todo egoísta, es solo inmediata. Opté en este texto por leer al donjuán de Kierkegaard como un artista que exploraba sus posibilidades creativas en el arduo y muchas veces inmoral oficio de la seducción. El artista de la seducción, el donjuán cuando obra busca en realidad un tipo de autoconocimiento. La consumación de esta meta siempre será mediata. Esto es, el placer de conocerse a sí mismo es mediato. La espontaneidad, así, detonará la búsqueda, pero al tratarse de una meta inmediata, quien lo dirige solo es el cálculo que atiende al instante y al interés propio, por lo que su existencia de un hombre estético no posee unidad: es una secuencia indeterminada de momentos, despojada de forma y estabilidad. De este modo, sin compromisos ni lazos definitivos, este hombre, anclado en esa existencia, puede incluso llegar a amar a muchas mujeres a la vez… con la condición de que se las ame de manera diferente. Esa es la etapa creativa.

Amar a una sola es demasiado poco; amarlas a todas denota superficialidad, pero conocerse a sí mismo y amar a todas las que se pueda, concentrando en el alma las fuerzas infinitas del amor y dando cuenta a cada una de su parte “correspondiente”, mientras la conciencia abarca la totalidad: tales son los juegos del placer y la vida. [6]

Sin ningún tiento moral, el Diario de un seductor de Kierkegaard es al mismo tiempo un testimonio de la experiencia del deseo de seducir sin mezclar amor, o si se quiere, de narrar cómo se induce en la mente de una mujer la necesidad de amor sin involucrar por parte del seductor una forma del deseo por ella. Justo la forma de un amor que desemboca en lo desesperado. Así la mujer es la depositaria de la desesperación kierkegaardiana. Si el seductor es un artista, una mujer abandonada en la desesperación y la obsesión es su obra encarnada.

En definitiva, el seductor que describe Kierkegaard se nos presenta desde la vertiente de la vida infracreadora que representa la actitud de jugar con las personas sin crear con ellas ningún lazo de compromiso personal. La creación siempre produce valor para quien lo observa. El seductor de Kierkegaard puede pensarse como un creador de valores discutibles. Él lo admite, es leal, pero al final es engaño.

Obtener lo más hermoso es siempre difícil; lograr lo interesante, en cambio, es sencillo. Pero siempre es conveniente acercarse lo más posible; ése es el verdadero deleite y no llego a comprender qué goce buscan los otros en su lugar. [7]

La simple posesión es algo vulgar para un seductor kierkegaardiano, por ello, “resultan mezquinas las herramientas de que se sirven esos enamorados: no vacilan en emplear el dinero, el poder, la influencia ajena y aun los narcóticos”.

Qué busca Kierkegaard en una mujer seducida: dos cosas a la vez, la inspiración que trae consigo la pasión nunca resuelta ni en la posesión ni en la formalidad del matrimonio, sino en el deseo y la evasión. Esta inspiración se agota cuando la pasión se resuelve en matrimonio o cuando la seducida se diluye en su individualidad emocional y moral, cuando se abandona a sí misma. Cuando el seductor la agota y no es ya un estímulo para el creador.

Cuando una muchacha se ha entregado por completo, se queda débil y desguarnecida, lo ha perdido ya todo. ¿Qué placer puede brindar a un amor si no contiene en sí mismo el abandono absoluto de una de las partes? [8]

Cierto es que este estadio estético de la existencia no puede ser un fin cuando se persigue la trascendencia. De alguna forma debe superarse esta etapa para alcanzar la luz de la divinidad. Para ver el solo hay que convertirse un poco en sol.

Un hombre que como un ser físico siempre se vuelve hacia el exterior, pensando que su felicidad está fuera de él, finalmente se vuelve hacia adentro y descubre que la fuente está dentro de él.

Pero al menos en esta etapa, la mujer se convierte en un medio para la inspiración que pretende una vida estéticamente expresada. No es un medio para una liberación total en búsqueda de la etapa religiosa. El común de los hombres, vemos en la mujer una forma de salir de nosotros mismos, de liberarnos de algún modo. Kierkegaard no opinó lo mismo. Él amó a Regine, paradójicamente, castrándose. Renuncio a buscar la libertad en ella para buscar la liberación en Dios.

(Texto por Óscar Gallardo Vega para reflexionesmarginales.com)

Bibliografía

  1. Karl Jaspers, Notas sobre Heidegger, Mondadori, Madrid, 1990.
  2. José Luis Cañas, Søren Kierkegaard. Entre la inmediatez y la relación: los dos “estadios” de la vida, Trotta, Madrid, 2003.
  3. Søren Kierkegaard, Kierkegaard s Writings: Letters and Documents, Introducción y notas de Henrik Rosenmeier, Princeton University Press, 2009.
  4. ———————— Diario de un seductor, Traducción de Demetrio Gutiérrez Rivero, Alianza, Madrid, 2008.
  5. ———————— Migajas Filosóficas, Edición y traducción de Rafael Larrañeta, Trotta, Madrid, 1999.

 

Notas

[1] Kierkegaard, Diario de un seductor, ed. Cit., p.112.
[2] Jaspers, Karl, Notas sobre Heidegger, ed. Cit., p. 28.
[3] Kierkegaard, Op. Cit., p. 256.
[4] “Pero no hace falta pensar mal de la paradoja, porque la paradoja es la pasión del pensamiento y el pensador sin paradoja es como el amante sin pasión: un mediocre modelo. (…) , pero el hombre comedido y formal que por la mañana va a su despacho y por la tarde a casa, pensará probablemente que es una exageración (…) ¿Cómo podría ocurrírsele que cae continuamente cuando camina derecho tras su nariz?”
[5] Kierkegaard, Migajas Filosóficas, Edición cit., pág. 51.v Kierkegaard, Op. Cit, p. 124.
[6] Ibid, p. 202.
[7]  Ibid, p. 189.
[8] Ibid, p.224.

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