Cristina Toledo. Fragmentos del devenir humano

Las pinturas de Cristina Toledo tienen como trasfondo la representación de lo misterioso. Se pueden ver como un catálogo incompleto de apariciones, engaños y vestigios de otros tiempo del devenir humano

Cristina Toledo. Fragmentos del devenir humano. La pintura también es una ilusión que puede engañarnos, y la señal de algo que ha tenido lugar en otro momento. Las imágenes fotográficas que han servido a la artista de punto de partida para estas piezas le resultaban portadoras de significados ocultos.

Otras formas de entender la relación entre lo cotidiano y lo sobrenatural. El lenguaje pictórico ayuda a Cristina a dotar las imágenes de otra carga de significados y misterio, dejando la lectura final lo más abierta posible.


En la obra de Cristina articula un discurso claramente feminista con una revisitación a la presencia de la mujer en la historia de la fotografía primitiva, y una relectura de su rol desde el presente. La época victoriana fue un tiempo de cambio y de reivindicación de los derechos civiles de la feminidad que marcó la modernidad, y que ha llegado hasta nuestros días. El diálogo que propone la artista entre pintura y fotografía -como medios artísticos- es fascinante: literalmente «pinta fotografías», apropiándose de ellas y dotándolas de una nueva vida.


Hace un recorrido por el mundo de la emoción o, para ser más precisos, la ausencia de la misma. Mujeres en duelo, rostros ocultos por una u otra razón y escenas cotidianas donde la identidad personal pasa a segundo plano, son excusas para transportarnos a un mundo misterioso y privado donde el matiz emocional del sufrimiento queda anulado por el hecho mismo de la pose.

Recopilando fotografías raras, extrañas o simplemente distintas, que le suponen una gran fuente de inspiración, la artista nos aproxima a una sobreactuación ofrecida en momentos muy escenificados, muy preparados para la ocasión. Y la ocasión no es otra que mostrar una emoción, que entendemos en este caso fingida. Es en ese acto de representar, por ejemplo, el dolor por la pérdida, que empezamos a hacernos conscientes del secuestro de la emoción.


Cierto es que mostrar dolor es mostrar una emoción, pero la sola idea de escenificarlo nos hace conscientes de una mentalidad, de unos usos y costumbres que priman la representación sobre la realidad, para ofrecer así una determinada visión a los restantes miembros de la comunidad: la manera correcta de sufrir, la manera correcta de lidiar con determinadas situaciones, la manera correcta de pertenecer.


Queda así apuntalada esa visión moral, lo que se conoce como «controles sociales no institucionalizados» o el estrecho marcaje con que los miembros de una determinada comunidad velan tácitamente por el cumplimiento de las reglas de convivencia establecidas. Bien es cierto es que con tan solo pensar en la palabra emoción acuden a nuestra mente sus dos vertientes más inmediatas: el gozo y el sufrimiento. Ninguno de estos dos matices nos asaltan al contemplar los personajes representados por Cristina, si acaso, neutralidad y contención disfrazadas de lo anterior.


Igual sucede con los retratos de espaldas o «anti retratos». Si ofrecer el rostro es un intento tradicional de bucear en el alma del representado, haciendo alusión a elementos de su personalidad o de su psicología al tiempo que nos sumerge en la esfera de las emociones allí latentes.

La representación «de espaldas» supone una anulación radical de todo lo conscerniente a la emoción como elemento de comunicación con «los otros» seres sociales. Interesada desde el principio de su carrera por el papel de la mujer, si en obras anteriores orientaba su discurso hacia una crítica del mundo de la belleza.

La emoción secuestrada nos ofrece una ventana indiscreta en escala de grises con toques anecdóticos de color, a un mundo que ya no existe en sus formas exteriores, pero que continúa en esencia en cada uno de nosotros, a saber: mostrar a los demás que justas u opresivas, esas formas, somos capaces de asumirlas para hacernos dignos de pertenecer al grupo.


Para Toledo, el acto de pintar sirve como antídoto contra la avalancha de imágenes efímeras y adimensionales que encontramos en nuestra vida diaria. A medida que explota los mecanismos de la pintura, jugando con las densidades para resaltar lo que está oculto o para agregar al ropaje visual, la artista da vida a los sujetos y transforma una imagen fotográfica en un signo críptico y poético.

A través de un proceso de re-materialización, una mezcla de pigmento y aglutinante sobre un soporte, Cristina Toledo crea intimidad con los extraños en los retratos, incluso cuando estos se vuelven más misteriosos con sus identidades ocultas.

Cristina Toledo. Fragmentos del devenir humano. Texto: Tourne Mire