Juan Carlos Batista y la irrealidad patológica

Entre lo surrealista y lo conceptual anda el juego de la producción del artista Juan Carlos Batista. Puestos a sumar, también están presentes: apropiacionismo, ironía y humor negro.

Juan Carlos Batista y la irrealidad patológica. La visión de la realidad que poseemos hoy en día está profundamente contaminada por los medios de comunicación y las tecnologías asociadas.

La realidad es un producto de consumo más, fabricado, editado y envasado para contentar a un mundo global que demanda información de consumo rápido.

Vivimos en un mundo cada vez más irreal, cuyos simulacros, producidos en serie, satisfacen los deseos, igualmente fabricados, de una población que necesita entender lo que sucede sin ahondar ni profundizar demasiado.

Ante este universo fantástico y engañoso Juan Carlos Batista se inventa una serie de ficciones con las que construye una realidad; Una realidad, sin embargo, no menos real que aquella que se venden como verdaderas.

“La decepción sería un concepto que se adapta a las generalidades discursivas de esta muestra, entre otras cosas, cuestiono qué puede hacer el arte para reconducir el derrotero hacía nuestro sueño invernal y eterno que diría Canetti»

El propio Adorno sostiene que el arte, como antorcha principal y restante de resistencia, es el único medio que le queda a la verdad, en una época de sufrimiento y terror incomprensible” , reflexiona Batista.

En las gramáticas de “Carne triste” se reiteran las viejas obsesiones-decepciones del artista tinerfeño. La “carne”, pesimista, lúcida y melancólica, es el producto de la deriva errática de los hombres.

Una carne violada, incinerada, cercenada, bombardeada que flota en el rio negro y pestilente de la barbarie historiográfica. Un viaje al fin de la noche donde la cronología abarca desde los inicios del siglo XX hasta nuestros días.

En la serie El paisaje amnésico, Batista utiliza la decalcomanía inventada por el surrealista canario Óscar Domínguez para recrear atmósferas cambiantes.

En su elaboración hay que introducir gouache líquido entre dos hojas de papel y luego presionándolas de un modo no controlado. Juan Carlos Batista obtiene fotografías a partir de decalcomanías que titula decalco fotografías, y esto le da numerosas posibilidades para crear nuevos paisajes.

Juan Carlos Batista genera un espacio donde concurren elementos de fascinación y obsesión por el objeto en desuso y erotizado, un guiño a una forma de sublimación erótico/romántica.

Aparecen las manías o delirios agitados del artista con elementos que podríamos tildar de pop, como son los peluches y juguetes, elementos ahora representados como objetos fetichistas.

Se trata de una imaginería influida por lo kistch junto a mecanismos formales clásicos; una apoteosis de sensualidad hecha piel de peluche bajo una constante sensación de irrealidad patológica.

El artista cuestiona las reglas de cualquier estética y en lugar de diseñar una portada típica del erotismo romántico o de la inocencia clásica, cubre por completo las figuras de juguete de una espesa capa de maquillaje de poliéster –una sexualidad detenida- en un auténtico “quiéreme si te atreves” en el que éstas morirán de realidad en medio de una atmósfera melancólica, en lo alto de las copas de esos árboles.

En estas esculturas el artista no sólo no deja la madera, sino que la fusiona con el resto de elementos en una aleación robusta e invisible; una cortina de nitidez visual que tapa la bruma que hay detrás del significado de lo que es cada elemento, cada cosa.

El Hombre de Batista se ha despegado de las copas de los árboles y se ha convertido en personificación de seres inanimados, que chorrean a través del desecho del objeto-juguete que termina siendo indiferente para el resto del mundo.

Juan Carlos Batista y la irrealidad patológica. Esta historia es una reformulación de la pregunta universal ¿qué es real?, ¿la idea o el objeto?, ¿qué permanece?

Lo seguro de esta maquinación es que el presente siempre será inalcanzable, lo único que tiene sentido es habitar tras el parapeto que supone el objeto.

El Hombre de Batista se pierde en un bosque oscuro, denso y amenazante, para encontrarse con extrañas fusiones de criaturas, sombras, árboles; ramas como roedores, osos como arbustos, el conejo blanco colgado.

Blanco, negro, madera, poliéster, fotografía, decalcomanía, el proyecto de Batista es inmenso en imaginería y denso en contenidos.

Existen aquí referencias al amor sensual, a la carne disecada, a la pérdida de la inocencia de la infancia y al brote de yemas de carnalidad.

Ese Hombre vive inmerso en una lucha cuerpo a cuerpo radical y sexual, una ansia que nunca se calma. En las copas de lo árboles la reyerta de Batista en ocasiones está protagonizada por animales de peluche suicidas.

Texto: Dalia de la Rosa

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