Unamuno y el espíritu de contradicción

El orden y la indisciplina

Por espíritu de contradicción, por adicción irresistible a la paradoja, el gran escritor vasco no podía pensar sin cuestionarlas en tantas verdades que se aceptan por pereza, a fuerza de repetición.

Miguel de Unamuno (1864–1936) vivió a la contra de todo y de todos. No es casualidad que uno de sus libros se titule, precisamente, Contra esto y aquello, por más que él, con el tiempo, renegará de la “leyenda” que le presentaba como un perpetuo disconforme, más centrado en destruir que en construir. Reconocía, de todas formas, su parte de responsabilidad en la construcción de esa imagen pública. Se consideraba a sí mismo un agitador, alguien que no buscaba dar respuestas sino estimular a otras mentes a reflexionar sobre las grandes cuestiones. Si para conseguirlo tenía que herirlas, que así fuera. Su obligación no era complaciente con los demás sino agredirlos, decirles lo que no querían oír para hacerlos andar.

Enemigo feroz de los lugares comunes, se dedicó a lo largo de su vida a fustigar la falsedad allí donde la encontraba. En la religión, sin ir más lejos. Aunque el franquismo viera en él a un hereje peligroso, pocas personas han hablado de la fe con tanta hondura. Creía en Dios, pero se escandalizaba en lo más íntimo cuando se hacía de Él una mentira consciente, un fraude destinado a engañarse a uno mismo o a engañar a los demás. Esa criatura inventada constituía, a su parecer, “un Anti–Dios, un demonio absoluto”.1

En el terreno de la Historia Unamuno también combatió las ideas dominantes, en este caso una visión del pasado centrada sólo en los grandes líderes políticos. Su apuesta, lejos de este elitismo, consistía en sumergirse en la vida silenciosa de los millones de personas anónimas, esos seres que cumplían en silencio con su misión cotidiana. Estas criaturas eran con frecuencia las víctimas de aquellos otros que producían mucho ruido, el suficiente estruendo como para impedirnos captar lo que es realmente esencial es el devenir humano.

En el terreno de la Historia Unamuno también combatió las ideas dominantes, en este caso una visión del pasado centrada sólo en los grandes líderes políticos.

A nuestro hombre se le ha pintado muchas veces como un oscurantista que gritaba como un energúmeno aquello de “¡Qué inventen ellos!” La verdad es que no estaba contra los avances de la técnica, pero se negaba a divinizarlos como si constituyeran un fin en sí mismo. Defender la ciencia equivalía a ser consciente de sus limitaciones, sin caer en la ingenuidad de que fuera a conseguir, por sí misma, la felicidad del género humano. El auténtico progreso no debía medirse en términos cuantitativos, de acuerdo con la abundancia de nuevos artefactos, sino con un criterio de calidad. Si en el momento de la muerte cada uno de nosotros está más satisfecho con su vida, eso querrá decir que la humanidad ha caminado en la buena dirección.

Por espíritu de contradicción, por adicción irresistible a la paradoja, el gran escritor vasco no podía pensar sin cuestionarlas en tantas verdades que se aceptan por pereza, a fuerza de repetición. ¿Se distingue el hombre, tal vez, por su razón? A Unamuno le parecía que es el sentimiento aquello que lo separa de otros animales. No importa tanto ser capaces de entender a los demás como ser capaces de amarlos. El alma posee demasiada grandeza para que la reduzcamos a un entendimiento que sería, por comparación, trivial.

La contradicción no es mala en sí misma. Puede ser, por el contrario, una forma para penetrar en una realidad compleja, llena de matices que se resisten a una fácil clasificación. Unamuno confiesa que siempre ha vivido en perpetuo antagonismo con los más profundo de su ser, alimentando una afirmación y la contraria. Bastaba que alguien defendiera cualquiera de estas posiciones para que él, de inmediato, sintiera la necesidad de oponerse.

Pocas cosas le irritaban tanto como el espectáculo de gente que defendía a tontas y a locas cualquier posición, ya fuera el marxismo–leninismo o la devoción a la Virgen María, sin saber casi nada de lo que acerca de sus ideas.

¿Algún ejemplo de este oscilar continuo entre polos opuestos? Por un lado, Unamuno nos anima a transitar por nuestro propio camino, a no ser esclavos de lo que deciden otros, a mantener nuestra independencia en medio de la soledad. Ideologías como el fascismo o el comunismo suponían el peligro de convertir a las masas en rebaño, compuestas por individuos que abdicaban de la facultad de la reflexión. Pocas cosas le irritaban tanto como el espectáculo de gente que defendía a tontas y a locas cualquier posición, ya fuera el marxismo–leninismo o la devoción a la Virgen María, sin saber casi nada de lo que acerca de sus ideas. Pero, por otro lado, nuestro escritor nos advierte contra la tentación de buscar la originalidad a toda costa. En el ser humano, más que lo que nos distingue de los demás, importa lo que compartimos con otros y nos convierte en prójimos.

Su feroz independencia le hizo denunciar todo tipo de abusos, vinieran de donde vinieran, ya los perpetrara la derecha o la izquierda. Durante la dictadura de Primo de Rivera, su defensa de la libertad le condujo al exilio. Después luchó por la instauración de la Segunda República, aunque acabó decepcionado con una política que juzgaba incompatible con la defensa de los derechos individuales. Tampoco estaba de acuerdo con la violencia anticlerical ni con el cambio de la bandera rojigualda por la tricolor. Contra el tópico extendido, argumentó que la primera enseña lo era de la nación, no de la monarquía.

Al estallar la Guerra Civil apoyó inicialmente a los alzados, hasta que se dio cuenta de que había cometido un inmenso error: el golpe de Estado del 18 de julio nada tenía que ver con los pronunciamientos de la época de Isabel II. Pese a ciertas manifestaciones, los militares no pensaban limitarse a corregir el rumbo del régimen. En un primer momento, el autor de La tía Tula aún creía plausible que los rebeldes fueran republicanos sinceros, a juzgar por manifestaciones en las que aseguraban defender sus valores. De todas formas, su compromiso con el bando denominado “nacional” nunca fue profundo. Su adhesión, como dicen Colette y Jean–Claude Rabaté, sus importantes biógrafos, se puede considerar “de fachada”.2 Llegó un momento en que los falangistas se hartaron de él, disgustados con un respaldo que no les parecía lo bastante entusiasta. Ellos representaban el orden, Unamuno la indisciplina.

Respecto a España, nuestro escritor no comulgó con el falso patriotismo que se aferraba a glorias periclitadas. La lealtad a su país le condujo, antes que nada, a fustigar sus vicios. Rechazaba de plano el espíritu maniqueo de tantos compatriotas que veían el mundo en términos dualistas, como si los matices estuvieran prohibidos. Unos creían en la hidra revolucionaria, otros en la reacción. El pensamiento degeneraba así en un instrumento en favor del sectarismo, de la pasión por hacer grupos enfrentados entre sí. Esta crítica, como otras, no implicaba desprecio sino todo lo contrario: un acto de amor desmesurado. Cuenta la escritora Concha Méndez, en sus memorias, que Unamuno se exilió en Hendaya porque desde allí podía divisar “las costas de España”. La contemplación, la humilde contemplación, tenía mucho más valorar que toneladas de retórica nacionalista con palabras que se dicen pero no se sienten.3 ®

Notas

1 Unamuno, Miguel de, Aforismos y reflexiones. Madrid: Abada Editores, 2018, p. 22.

2 Rabaté, Colette y Rabaté, Jean–Claude, En el torbellino. Unamuno en la Guerra Civil. Madrid: Marcial Pons, 2018, p. 93.

3 Ulacia Altolaguirre, Paloma, Concha Méndez. Memorias habladas, memorias armadas. Sevilla: Renacimiento, 2018, p. 60.

Fuente: Francisco Martínez Hoyos