El miedo como negocio en nuestros días, según el filósofo Zygmunt Bauman

Hasta ahora se creía que la modernidad iba a ser aquel período de la historia humana en el que, por fin, quedarían atrás los temores que atenazaban la vida social del pasado y los seres humanos podríamos controlar nuestras vidas y dominar las imprevisibles fuerzas de los mundos social y natural. Y, en cambio, en los albores del siglo XXI volvemos a vivir una época de miedo.

La economía de consumo depende de la producción de consumidores y los consumidores que hay que producir para el consumo de productos ‘contra el miedo’ tienen que estar atemorizados y asustados, al tiempo que esperanzados de que los peligros que tanto temen puedan ser forzados a retirarse y de que ellos mismos sean capaces de obligarlos a tal cosa, con la ayuda pagada de su bolsillo, obviamente”, escribió el sociólogo Zygmunt Bauman.

En el escenario moderno, donde la “lucha contra los temores ha acabado convirtiéndose en una tarea para toda la vida, mientras que los peligros desencadenantes de esos miedos han pasado a considerarse compañeros permanentes e inseparables de la vida humana”, tenemos que escrutar nuestros temores con un extraordinario sentido crítico o, de lo contrario, terminaremos siendo sus rehenes, engullidos y manipulados por esos monstruos en la sombra que parecen surgir por doquier.

En una sociedad hiperconectada los miedos se multiplican

En el pasado las noticias se difundían muy lentamente. Muchas veces incluso se quedaban relegadas al lugar donde ocurrían. Hoy, con Internet, sabemos inmediatamente lo que ha ocurrido en el otro lado del mundo. Esa inmediatez e interconexión son positivas, pero también encierran una trampa. La trampa de ver peligros por doquier. Sentirnos permanentemente inseguros. Siempre a la espera de que lo que ocurrió en el otro lado del mundo se replique en nuestro entorno más cercano.

De esta manera terminamos sumiéndonos en lo que Bauman calificó como “una batalla prolongada e imposible de ganar contra el efecto potencialmente incapacitante de los temores contra los peligros genuinos y putativos que nos hacen tener miedo”. No solo tememos a los peligros reales que nos acechan en nuestro día a día sino también a peligros más difusos y lejanos que quizá nunca llegarán.

Presas de esa sensación de aprensión que nos condena a un estado de alarma permanente en el que sentimos que no podemos bajar la guardia ni un minuto, no nos queda más remedio que imbuirnos en una “búsqueda continua y probatura perpetua de estratagemas y recursos que nos permitan ahuyentar, aunque sea temporalmente, la inminencia de los peligros; o mejor aún, que nos faciliten desplazar a un rincón de nuestra conciencia la preocupación en nosotros para que permanezca olvidada el resto del tiempo”.

Para ello recurrimos a todo tipo de estratagemas. Sin embargo, se da la contradicción de que cuanto “más profusas resultan, más ineficaces y menos concluyentes son sus efectos”. Porque en realidad las estrategias que aplicamos para ahuyentar nuestros miedos tienen solo un efecto muy limitado: esconden los temores durante un tiempo, hasta que la próxima noticia los reactive.

Cuando el miedo es difuso, incierto y se extiende prácticamente a cualquier esfera de nuestra vida, se convierte en un enemigo difícil de batir. Entonces se convierte en el «negocio del miedo».

Atrapados en el laberinto de los miedos improbables

Sabemos que el futuro será diferente, aunque no sepamos muy bien cómo o en qué medida. También sabemos que en cualquier momento se puede romper la frágil continuidad entre el presente y el futuro que tan seguros nos hace sentir.

La incertidumbre propia del futuro hace que “nos preocupemos solo de aquellas consecuencias de las que podemos tratar de zafarnos”. Nos enfocamos solo en los riesgos que podemos prever y calcular. Y esos riesgos suelen ser los que enfatizan hasta la saciedad los medios de comunicación.

Como decía Milan Kundera, “el escenario de nuestras vidas está envuelto en una niebla – que no en la oscuridad total – en la que no vemos nada ni somos capaces de movernos. En la niebla se es libre, pero esa es la libertad de quien está entre tinieblas”.

Podemos ver 30 pasos y reaccionar a lo que tenemos justo delante de nuestras narices, pero no vemos más allá. Así intentamos prever los peligros más próximos, conocidos y cercanos. Pero aquellos más grandes y peligrosos, probablemente los que más podrían afectarnos, no los vemos. De esa manera terminamos marginando los principales motivos de preocupación.

“Centrados en aquello sobre lo que sí podemos hacer algo, no nos queda tiempo para ocuparnos en reflexionar sobre cosas con respecto a las cuales no podríamos hacer nada, aunque nos lo propusiéramos, Esto nos ayuda a preservar la cordura, a apartar de nosotros las pesadillas y el insomnio. Lo que no puede lograr, sin embargo, es que estemos más seguros”, decía Bauman.

Así terminamos cazando monstruos inexistentes, dedicando todos nuestros esfuerzos y energías a protegernos de riesgos improbables, mientras nuestra mente se desgasta en una batalla que está perdida de antemano. Y mientras nos sumimos en esos miedos líquidos, nuestra mente racional se desconecta. Porque cuando el cerebro antiguo toma el mando se produce un secuestro emocional en toda regla que nos impide ver con claridad lo que está sucediendo y comprender que la mayoría de los miedos que nos atenazan son irracionales o el resultado de un miedo derivativo.

En este estado es más fácil vendernos soluciones para “protegernos” de esos miedos, soluciones que no se limitan al plano comercial sino que van mucho más allá del sistema de alarma que instalamos en casa para sentirnos seguros o los medicamentos para la ansiedad o el insomnio que nos permitan olvidarnos por un rato de nuestras angustias, sino que “se nos presentan bajo la máscara de la protección o la salvaguarda de las comunidades”, para sostener un status quo que nos mantiene convenientemente dentro de los límites estrechos que marca el miedo.

Y así caemos en el bucle del miedo líquido al que hacía referencia Bauman, un miedo que está en todas partes, convenientemente alimentado, pero imposible de erradicar porque se auto perpetúa. A menos que hagamos un acto de conciencia y comprendamos que esos miedos son tan irracionales y sus riesgos tan pequeños que podemos liberarnos de ellos para vivir plenamente la única vida que tenemos.


Fuente: Bauman, Z. (2010) Miedo líquido. Barcelona: Editorial Paidós.

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