Si queremos ser creativos, tenemos que abandonar la idea de ser originales

La creatividad es quizá el gran valor de la modernidad, un valor que casi no figuraba en el mundo antiguo.

Primero asociada con la creación artística, en los últimos dos siglos hemos visto cómo la creatividad está ahora presente en todo tipo de disciplinas, desde la ciencia hasta más recientemente en cualquier trabajo, particularmente con la innovación y el emprendedurismo.

Al mismo tiempo que ha ganado ascendencia la creatividad, se ha difundido la noción o exhortación a ser originales y auténticos. Ideas centrales en Nietzsche o en Heidegger, entre otros filósofos, cabe mencionar. Por supuesto, a esto contribuye la representación de los artistas como “personalidades” únicas, siguiendo impulsos o siguiendo su propia voluntad sin “obedecer” a nadie.

Como si el creador fuera su propio origen. Asimismo, es posible que las ideas de creatividad y originalidad se hayan mezclado con las ideas de progreso y evolución, como si existiera una tendencia natural a crear siempre cosas nuevas y mejores.

Aunque es posible que la creatividad esté sobrevalorada, o más bien sea un concepto que apela a la necesidad del individuo moderno de sentirse especial y encontrar sentido en una era secular, es evidente que la creatividad es un valor importante y que le permite a una persona tener una vida plena y dinámica.

Escribiendo en la excelente revista Psyche, la profesora de filosofía Julianne Chung sugiere que la creatividad podría tener más que que ver con la integración que con la originalidad. Chung encuentra el sustento para su argumento en la filosofía china, particularmente en el Zhuangzi. En este texto se menciona que el dominio de un arte o profesión no es algo que pueda, por ejemplo, transmitirse a través de un texto. La razón de esto es que crear algo, desde la rueda de un carro hasta un poema, es algo que no se ajusta meramente a una “lista algorítmica de instrucciones”.

La creatividad se trata de una relación entre el individuo y su medio, una “integración espontánea”. O, en otras palabras, la creatividad “no es tomada como novedad u originalidad”. Lo que hace a una persona creativa es una “sensibilidad” y una “responsividad”. Lo esencial es saber responder a “particularidades precisas de nuestra situación”. No se trata de “imponer un plan”.

De aquí se deriva una visión distinta de la persona creativa, no como alguien que crea con su propia voluntad, imponiendo su espíritu sobre las cosas, sino que más bien su creatividad es una especie de ritmo y resonancia.

En radical distinción al cliché moderno, incluso podemos hablar del “creativo” como alguien que obedece, es decir, que escucha lo que está pasando y está atento a los procesos de su entorno. Por supuesto, los resultados de esta creatividad responsiva o integral son a veces también “originales“, en el sentido de algo nuevo como también de algo similar al origen o a una tradición que está viva.

Lo importante es notar que la búsqueda de originalidad suele ser un obstáculo para la creatividad, y de igual manera el deseo de ser auténtico por ser auténtico suele producir extravagancias pero pocas cosas realmente de valor creativo, que perduran en el tiempo no como meros estilos o manierismos.

Y, por último, esta noción de creatividad y obediencia, que encontramos evidentemente en el taoísmo pero también en autores modernos como Simone Weil, es también una postura filosófica de integración e interdependencia. Crear, al final, no se trata de imprimir la propia imagen en la obra, sino de imprimir algo universal. Como señaló T. S. Eliot, el artista es más artista en la medida en la que deja de personalizar su arte. El artista acaba disolviéndose y esta disolución revela que su creatividad es un modo de abrir la puerta al universo y desaparecer.

En resumen, un modo de acceder a una energía que es superior a la energía de un individuo aislado. Es así como la creatividad se vuelve un estado de armonía, más que de poder.

Fuente: Pijama Surf