¿Y si el ser humano no tuviera alma sino que tuviera que crearla en el mundo?

Una idea inquietante respecto de la idea de “alma” en el ser humano

El alma es una de las ideas esenciales del pensamiento occidental. Es imposible concebir el pensamiento occidental y la forma en la vemos el mundo incluso actualmente en un mundo que pretende ser “secular” sin la noción de alma.

Es cierto que buena parte de los últimos doscientos años de la filosofía occidental pueden calificarse como un ataque, una refutación o, por lo menos, una crítica del esencialismo y de la noción de un alma eterna o de un alma en oposición a la materia y al mundo de los objetos. Kant, “despertado por Hume”, traza el terreno al señalar que tanto Dios como la inmortalidad del alma no son cosas que podemos conocer, sino solamente creencias moralmente necesarias. Vemos ya en Schopenhauer que se niega la existencia del alma y se reemplaza por la voluntad, un movimiento que es seguido y llevado a su extremo por Nietzsche. En el siglo XX se hablará de la conciencia y del sujeto, pero rara vez se utilizará el término alma, si acaso sólo como una metáfora para referirse a ciertos aspectos “profundos” de la personalidad, a un valor estético, o a una especie de ritmo, como ocurre con la música “soul“.

Paralelamente al abandono del alma, a la llamada “muerte de Dios” y a los grandes sistemas metafísicos, sobreviene una pérdida de sentido y significado. Nietzsche pronosticó una era nihilista. Max Weber notó que, de la mano del capitalismo que explota dicha ausencia de referentes metafísicos, sobreviene la era del desencantamiento. Esto queda plasmado en la definición que hizo Carl Jung del ser humano moderno como aquel que está “en busca de un alma”.  Esto es lo definitivo de la condición moderna según Jung: la necesidad de lo numinoso en un mundo que cada vez es menos conducente a esto. En breve, podemos decir el ser humano moderno tiene dificultades para aceptar las viejas nociones del alma y de lo divino, pero a la vez no parece poder encontrar significado y sosiego sin esas grandes ideas, ausentes ya del mundo que habita y las cuales, además, se volvían experiencias de sentido.

En ese predicamento, presentamos aquí una noción que podría ser interesante de explorar y que podría proveer una especie de camino medio. La noción de que el ser humano propiamente no tiene alma, sino que la debe crear o al menos encontrar o descubrir (y todo depende de eso). Esta no es una idea nueva y puede encontrarse en diferentes etapas de la historia, en diferentes pensadores, aunque por supuesto se encuentra mucho menos extendida que la noción misma de que somos fundamentalmente almas.

Desde una perspectiva más poética que metafísica, el poeta John Keats escribió sobre esto y definió al mundo mismo como el locus en el que el alma debía hacerse. En una de sus cartas, Keats escribe:

Llama al mundo, si quieres, “el valle de la elaboración del alma”, entonces hallarás la razón del mundo… Puede que existan inteligencias o centellas de la divinidad en millones, pero no son almas hasta que adquieren identidades, hasta que cada una es una personalidad en sí misma.

Las inteligencias son átomos de percepción, conocen y ven y son puras; en breve, son Dios. ¿Cómo entonces lograrán estas centellas que son Dios obtener una identidad, de tal manera que posean una alegría particular a su existencia individual? ¿Cómo, si no es a través del medio de un mundo como este?

Keats entiende que el mundo es una “escuela” y el corazón humano “el libro” que se usa en esta escuela. El alma se configura, cobra sustancia, a través del sufrimiento y de una sensibilidad a la belleza. Es un proceso de individuación y autenticidad que va de la mano, como puede esperarse, de una vida artística o poética, una transparencia al mundo. Para Keats, es a través de encarnar auténticamente la propia individualidad –lo que constituye una especie de diversidad auténtica en el cuerpo de la divinidad– que el alma se crea.   

Una versión más radical y dueña de un sistema metafísico es la del místico armenio George Ivanovich Gurdjieff. Gurdjieff, uno de los maestros espirituales más controvertidos, excéntricos y fascinantes del siglo XX, aseveró famosamente que el ser humano no tenía un alma. Al morir, el ser humano es devorado por ciertas fuerzas oscuras del universo. Al menos este es el destino del ser humano promedio, el cual Gurdjieff describe literalmente como una máquina inconsciente (para Gurdjieff, lo que suele llamarse conciencia es un estado mecánico, controlado por fuerzas ajenas). Asimismo, lo que llamamos “yo” y que consideramos una entidad permanente es en realidad una multiplicidad de “yos”, cada uno más o menos consolidado, y los cuales surgen y toman posesión de nuestro organismo sin entrar en contacto entre sí. Es decir, somos una pluralidad de hábitos relativamente autónomos, no una unidad.

Gurdjieff, sin embargo, ofrece una alternativa. Sostiene que es posible alcanzar la vida después de la muerte y continuar la evolución de la conciencia, hasta el punto de la divinización. Pero para esto es indispensable forjar un alma, la cual es el resultado de una cristalización del ser, que requiere gran cantidad de energía y conciencia. Lo primero que debe cultivarse para hacer esto es la recolección del yo, ser conscientes, al mismo tiempo de que experimentamos cualquier cosa (mientras caminamos, comemos, leemos, etc.) de la sensación del yo, del ser. Según enseñó Gurdjieff, es este recordar el yo dentro de todas nuestras actividades lo que nos hace reales y no meros autómatas.

Sin duda podemos ver aquí influencias orientales, posiblemente del tantra shaiva, escuela que también enseña la percepción del sí mismo en todos los actos cotidianos, o quizá también del concepto de sati o smrti en el budismo, la recolección ligada a la meditación, y aun cierta afinidad hacia lo que hoy se denomina mindfulness (“atención plena”). E igualmente, en la noción de crear un alma encontramos paralelos con la noción del budismo tántrico del cuerpo vajra o cuerpo diamante, el cual, sin ser exactamente un alma, es un cuerpo divino que trasciende la muerte. Asimismo, pues Gurdjieff bebió de muchos sistemas, esto es una forma de actualizar  la vieja máxima délfica: “conócete a ti mismo”

Un último entendimiento, menos esotérico, es el de Simone Weil. La filósofa francesa no habla precisamente de crear el alma, ni tampoco defiende que el ser humano no tiene un alma. Weil habla de la necesidad de encontrar el alma, pues observa que la vida moderna es una estructura enajenante. En su ensayo La Ilíada o el poema de la fuerza, Weil escribe:

A veces es en curso de deliberaciones internas que el hombre halla su alma: se la encuentra como Héctor ante Troya, mientras intenta enfrentar su destino en sus propios términos, sin la ayuda de los dioses o los hombres. Otras veces es un momento de amor en el que los seres humanos descubren sus almas.

Aquí ya tenemos dos vías: una relacionada con una especie de amor fati y a la vez con una autenticidad y la otra simplemente con el amor, que para Simone Weil tiene que ver con vaciarse de conceptos y contenidos mundanos para resonar compasivamente con el prójimo. 

En otra parte, Weil observa que la pérdida de las raíces es lo que define al ser humano moderno y lo coloca en esta condición de extravío. El “desarraigamiento” se traduce en un malestar espiritual y es sólo a través de una vida enraizada que el ser humano se vuelve un auténtico individuo, un “alma” con una vida no sólo de cara a su propia finitud, sino a la posibilidad de la infinitud. La vida enraizada consiste, por una parte, en una participación activa en una comunidad, en la que el individuo tenga contacto con la naturaleza y en la que su labor se valore (y si puede trabajar con las manos, con la tierra, mejor). Por otra, consiste en el acceso a una tradición de conocimiento, a la filosofía y al arte, elementos que también forjan el alma.

Un último aspecto esencial para el descubrimiento del alma y del significado de la existencia es la belleza. Weil sostuvo que la belleza es una especie de imán que atrae el alma hacia Dios, una presencia luminosa que lleva de lo contingente a lo eterno. En este sentido, la belleza hace que el alma se descubra a sí misma percibiendo lo otro. Este descubrimiento del alma en el pensamiento de Weil no es una consolidación, en última instancia, de la personalidad. El alma se encuentra sólo para ser ofrecida a la divinidad y alcanzar la verdadera realidad. La unión mística es necesariamente la muerte del yo, una descreación en la que se deja de ser criatura, el mundo se desanda y se regresa al estado inefable de plenitud divina.

Paradójicamente, el final de la creación de un auténtico individuo es su destrucción, su libertad consiste en consentir a su aniquilación. El alma en cuanto a su realidad divina se crea o se descubre al descrear la estructura del ego.

Fuente: Pijamasurf