LANDPREA

La felicidad exterior que proporciona la ignorancia es directamente proporcional a la felicidad interior que provoca la envidia, sin importar en absoluto la razón de sus extraordinarias proporciones. Y entonces Bartolo disimuló el ruido de la cisterna con el sonido de su flauta y provocó un río de agua que favorecía la trashumancia de las lampreas hasta el mar, sin ser churros, porque eran lisas, ni merinas, porque estaban desnudas de lana, de color pardo verdoso, sin escamas y con el abdomen morado. Y, a la sazón, desespestilló el pestillo de la puerta que había cerrado para proteger su intimidad, aunque no hubiese nadie en casa, para no matar el olor vivo de los recuerdos y de los objetos con el perfume fétido de la mierda recién hecha. Y no era por cuestiones de pudor sino por motivaciones de honor, porque solo guardaba el decoro a las personas de bien y reprendía los vicios de aquellas que eran falsas y de poco fiar porque tenían el interés equivocado y confundían el interés público con el interés privado, murmurando las demasías de algunos sin necesidad de tocar en la pureza de sus oficios, sin que torciesen su buen celo con ofensas maliciosas de ninguna clase, y si fuere del agrado de ustedes, se holgarían, y si no, poco o nada importa porque le sudarían los cojones a borbotones gracias a tal maldiciente incomprensión, sin censuras ni reparos. Y se atavió de ropas cotidianas para perderse sin solemnidades por las aceras de una tierra de preas, para subir al coche donde le estarían esperando Hamelín y Alisia, para circular como circula la sangre y aparcar donde se debía, para rendirse a las formalidades de una burocracia inevitable, justa y necesaria. Y sintió como ardían la sencillez y la generosidad sin formar hilos de humo siquiera, sin fumatas blancas que se convirtiesen en nubes negras que lo único que harían sería joder el cielo de un azul extraordinariamente bello o, como diría mi padre, lo escarallarían todo. Y miró al mar que rompía en olas de crestas limpias, y sintió la felicidad de los deseos cumplidos, y se la imaginó soñando por encima de los sueños y sin violentar el silencio, y se ahogó en su plasma sin detenerse en el pensamiento, y se preguntó porqué mentía la etimología cuando no existían las palabras que fueran capaces de describir lo que sentía, y se fue a cenar las angulas que le había dejado su madre.

Texto & imagen: Carlos Penas