La regla crítica | Almacenes córtex

Hay vida después de tu muerte siempre que yo lo quiera y solo mientras yo viva, y así sucesivamente hasta que desaparezca la trinchera del horizonte. Todo depende del número de especies de caballitos de mar que existan en las estanterías de tu hipocampo para cubrir las necesidades de una vida eterna durante la finitud de tu propia presencia. Llegado el momento todo se va al carajo y para nada afectan los cirios enconmendados a las deidades inventadas. Como mucho, trascienden a tí las constataciones físicas de algo que hayas realizado en vida y que nosotros mismos catalogamos como significativas, sin importarnos un pimiento aquellos valores que se limitan a una vida humanitaria y lejos de algún acontecimiento político de relevancia, o de algún descubrimiento científico, o de algún libro que sea memorable, o de alguna hazaña heroica e incluso de alguna gesta de asquerosa reputación, o de alguna invención que forme parte de la evolución, o de alguna teta descubierta por descuido en algún acto público, o de algún asesino en serie que haya vuelto locos a todos los servicios de inteligencia, o de alguna polla comercial que haya surcado los mares de los cinco, seis o siete continentes, o de algún cucurucho racista, o de alguna secta crucificada, o de alguna fechoría de renombre, o de algún récord deportivo o de alguna máscara de relieve cinematográfico. No se propagan la buena conciencia, la honradez y la honestidad de quienes un día se duermen en el espacio de tiempo que dura sus vidas. Los recuerdos son de cola prensil y se aferran a la evocación del que permanece, para evitar que las corrientes sanguíneas se los lleven demasiado lejos. Se mimetizan con colores grises en el córtex cerebral para confundirse con esa sustancia que protege la supervivencia de aquellos instantes que te hacen inmortal, mientras yo viva, y que pasan el testigo de unos a otros hasta que se acabe la carrera de relevos. No necesito saber hacia donde vamos y no confío mi destino a las arbitrariedades de ningún mandala ni de ninguna energía interestelar vestida con hábitos, túnicas o sábanas blancas. Que se vayan a la mierda las confusiones de Confucio, los sacrificios de animales y las ofrendas a cualquier invención imbécil, los masones de los cojones, las puertas del cielo y las puertas de la percepción. Solo la memoria nos mantiene con vida más allá de la muerte, y sin escamas. Texto&fotografía: Carlos Penas