‘Guerra: ¿Para qué sirve?’ de Ian Morris

¿La guerra ha hecho a la humanidad más rica y segura?
Sí, la guerra pueda ser un factor positivo en la historia de la humanidad. 
En este polémico libro, Guerra: ¿para qué sirve? (Ático de los libros), del que presentamos un avance, el profesor Ian Morris, catedrático de Historia en la Universidad de Stanford, se centra en lo que considera el principal factor de la evolución de las sociedades: la guerra, sin la cual no habríamos prosperado tan rápido. Una tesis que ha levantado mucha polémica pero que es difícil de rebatir, ya que, desde las conservas a internet, pasando, desde luego, por la investigación médica, muchos de los avances con los que contamos se crearon para ayudar a los ejércitos.  
Por mucho que queramos cumplir el idílico sueño de acabar con la guerra, no será posible en la próxima mitad de siglo. Pero solo si entendemos para qué sirve la guerra podremos saber adónde nos lleva.

Ian Morris

Según Basil Liddell Hart, uno de los padres fundadores de las tácticas de tanques del siglo xx, la cosa se resume en que «la guerra siempre es un acto de maldad que se realiza con la esperanza de que algo bueno salga de ella». De la guerra emerge la paz; de la derrota, se gana algo. La guerra nos arrastra a través del espejo, a un mundo al revés donde nada es lo que parece. En este libro sostengo que se trata del menor de los males, una de las formas clásicas de la paradoja. Es fácil enumerar todos los males que causa la guerra, y la muerte de seres humanos es el primero. No obstante, la guerra sigue siendo el menor de los males, porque la historia nos muestra que no es tan mala como la alternativa: una violencia constante y cotidiana propia de la Edad de Piedra, un mundo que sufre una sangría de vidas.
La objeción obvia frente a las opciones que son un mal menor es que no siempre funcionan. A los ideólogos les encantan: un extremista tras otro asegura a sus seguidores que si queman a las brujas, gasean a los judíos o desmiembran a los tutsis, el mundo será más puro y más perfecto. Y, sin embargo, también es posible dar la vuelta a estas malvadas afirmaciones. Si uno pudiera viajar en el tiempo y estrangular a Adolf Hitler cuando era un bebé, ¿lo haría? Si optamos por el mal menor, matar a alguien ahora quizá evite una masacre más adelante. La política del mal menor nos ofrece un abanico de opciones muy incómodo.
A los filósofos de la moral les interesan particularmente las complejidades de los argumentos del mal menor. Por ejemplo, he sido testigo de cómo un colega del departamento de Filosofía de mi universidad presentaba la siguiente disyuntiva en una clase llena de alumnos: capturamos a un terrorista que ha colocado una bomba pero no piensa decirnos dónde. Si lo torturamos, quizá salvemos docenas de vidas. ¿Serían capaces de arrancarle las uñas? Si los estudiantes vacilan, el profesor sube lo que está en juego. Entre los muertos, quizá se encuentre su familia. Ahora, ¿agarrarían las tenazas? Y si, aun así se niega a hablar, ¿aceptarían torturar a su familia?
Estas incómodas preguntas plantean temas muy serios. En el mundo real, tomamos decisiones basadas en el principio del mal menor constantemente.
Situaciones como esta pueden ser terribles. Durante los últimos años los psicólogos han llevado a cabo numerosos estudios para analizar el efecto que tienen en nosotros los dilemas. Si se realiza una prueba psicológica a un sujeto metido en una máquina de resonancias magnéticas y se le plantean preguntas moralmente difíciles, su cerebro se comporta de forma muy sorprendente. Cuando se imagina torturando a un terrorista, el córtex orbital se enciende en la pantalla de la máquina, porque la sangre se concentra en los circuitos cerebrales que gestionan los pensamientos desagradables. Pero, al calcular el número de vidas que salvaría, se activa también el córtex dorsolateral. Así pues, el sujeto experimenta un conjunto de impulsos intelectuales y emocionales conflictivos a medida que se sumerge en profundos dilemas internos, que a su vez hacen que se active el área de la circunvolución del cíngulo anterior. Como enfrentarnos al mal menor nos incomoda, es probable que la lectura de este libro no sea fácil. Al fin y al cabo, la guerra es un asesinato en masa. ¿Qué tipo de persona puede afirmar que se puede sacar algo bueno de una experiencia así? Mi respuesta actual sería que el tipo de persona que ha quedado asombrada ante los resultados de su propia investigación. Si alguien me hubiera dicho hace diez años que algún día escribiría este libro, probablemente no lo habría creído. Pero si algo he aprendido es que las pruebas que nos ofrecen la historia (y la arqueología y la antropología) no son ambiguas. Aunque resulte incómodo, es un hecho que, a largo plazo, la guerra ha convertido el mundo en un lugar más seguro y próspero.
Desde luego, no soy el primero en darme cuenta de algo así. Hace unos setenta y cinco años, el sociólogo alemán Norbert Elias escribió un tratado teórico muy denso en dos volúmenes llamado El proceso de la civilización, donde argumentaba que Europa se había convertido en un lugar mucho más pacífico durante los cinco siglos que precedían su momento presente. Desde la Edad Media, proseguía, los hombres europeos de clase alta (los responsables de la mayor parte de la brutalidad) habían renunciado gradualmente al uso de la fuerza y el nivel general de violencia se había reducido.
La evidencia que Elias recogía en su libro llevaba mucho tiempo circulando a la vista de todos. Como muchos otros, di con ella por primera vez cuando me tocó (en el instituto, allá por 1974) desentrañar una de las obras teatrales de Shakespeare para la clase de inglés. Lo que me llamó la atención no fue solamente la belleza del lenguaje del Bardo de Avon, sino lo susceptibles que eran sus personajes. En menos que cantaba un gallo, se lanzaban a pelear y a apuñalarse unos a otros. Por supuesto que había gente en la Gran Bretaña de los años setenta que también hacía eso, pero solían acabar en la cárcel o en terapia, a diferencia de los brutales personajes de Shakespeare, que a menudo cosechaban elogios por atacar primero y preguntar después.
Pero ¿tenía razón realmente Elias al decir que nuestro mundo es mucho más apacible que el de siglos anteriores? Esa es la cuestión, como Shakespeare diría, y la respuesta de Elias fue que, hacia la década de 1590, cuando Shakespeare escribió Romeo y Julieta, los violentos clanes de los Montesco y los Capuleto ya eran un anacronismo. La contención y el dominio de uno mismo había reemplazado a la ira como rasgos que definían a un hombre honorable.
Una teoría así debería ser famosa, pero como los editores siempre dicen a los autores, lo importante es el cuándo. Y Elias lanzó su teoría en un momento simplemente trágico. El proceso de la civilización se publicó en 1939, justo cuando los europeos se adentraban en una orgía de violencia que duraría seis años y dejaría más de cincuenta millones de muertos tras de sí (entre ellos, la madre del propio Elias, que falleció en Auschwitz). Hacia 1945, nadie estaba de humor para escuchar que los europeos eran cada vez más civilizados y pacíficos. Las ideas de Elias no se reivindicaron hasta la década de los ochenta, cuando ya estaba jubilado. Para entonces, tras años de laboriosos estudios por parte de los historiadores sociales, que revisaron archivos de registros judiciales que se caían a pedazos, las estadísticas mostraron que Elias tenía razón desde el principio. Descubrieron que, alrededor del año 1250, aproximadamente un europeo occidental entre cien era susceptible de morir en un homicidio. En la época de Shakespeare, esa cifra había caído a uno entre trescientos y, en 1950, a uno entre tres mil. Y, tal y como Elias insistía, las clases altas solían vivir más y mejor.
En los años noventa, la trama se complicó todavía más. En su libro War Before Civilization, tan notable en su estilo como lo fue el de Elias, el antropólogo Lawrence Keeley desplegaba un aluvión de estadísticas para demostrar que las sociedades de la Edad de Piedra que todavía existían en el siglo xx eran brutalmente violentas. Las luchas internas y los saqueos solían acabar con una persona de cada diez, o incluso una de cada cinco. Si Keeley estaba en lo cierto, significaba que las sociedades de la Edad de Piedra eran de diez a veinte veces más violentas que el tumultuoso mundo de la Europa medieval y entre trescientas y seiscientas veces peores que la Europa de mitad del siglo XX.