Alex Prager. Fotógrafa feminista y autodidacta. Una peculiar visión de la mujer

Alex Prager es una fotógrafa atípica. Sus imágenes de tonalidades rotundas y sus personajes de alta intensidad nos hablan de sí misma a través de mujeres universales en circunstancias de confusión. Un maremágnum visual que se mueve entre la casualidad, la cotidianidad y la extrañeza.

Hablar de Alex Prager es hablar de su gran vocación. La que le hizo adentrarse por cuenta propia en la disciplina de la fotografía. Un acercamiento autodidacta, mediante la lectura de una vasta bibliografía y el visionado de exposiciones que terminaron dándole lo que necesitaba: las herramientas para comenzar su itinerario como artista.

Fue precisamente tras visitar una muestra de William Eggleston cuando decidió comprar -vía Ebay- su primera cámara y carretes. “William Eggleston fue definitivamente un catalizador. Tuve una reacción visceral cuando vi sus imágenes en el Museo Getty hace una década. En el camino descubrí otros nombres como Weegee, Bruce Gilden y Diane Arbus, Martin Parr y, por supuesto, artistas como H. Bosch, Balthus, John Currin, Duane Hanson, Hockney o Baldessari. Inmediatamente salí a las calles con mi cámara y pasando el resto de mi tiempo en el cuarto oscuro”. 

A partir de aquel momento, Prager fue elaborando un espacio personal donde el “prueba y error” ha supuesto su “entrenamiento” como fotógrafa. Un discurso formal en el que encontramos, además, trazos de la sensualidad andrógina de Guy Bourdin o destellos feministas que miran a Cindy Sherman.

Planeta Prager. Estilo, diseño, color

En un primer acercamiento a su producción, son varios los rasgos que llaman la atención al espectador. Por un lado, la estética que utiliza. Nos referimos a esa puesta en escena vinculada a los años cincuenta y sesenta mediante vestuarios, caracterizaciones y objetos. Todo ello, generalmente ubicado donde ella vive, Los Ángeles. “Hay algo maravilloso en esta ciudad. Es a su vez fea y hermosa de un modo armónico. Ya sea el cielo azul perfecto, los edificios de los ‘80, las luces de neón o el telón montañoso de fondo. Realidad y artificio están aquí en un constante juego de lucha libre”.

A esto hay que añadir el aspecto cinematográfico con el que rodea sus composiciones. Focos lumínicos muy teatralizados, planos abiertos con un claro peso sobre un personaje dentro de una multitud. Y cómo no, un brillo y una sobresaturación únicos. Además de aprovechar la fuerte luz de la Costa Oeste, la iluminación de relleno no falta, lo que ayuda a realzar tonos y matices; como tampoco el color, un elemento destacable dentro de la impronta narrativa de Prager. En este sentido, utiliza una paleta fuerte para potenciar los componentes de la escena. “La gente tiene una respuesta inmediata y emocional ante el color. Es una de las capas que pongo en mi obra para enmascarar y esconder, pero también para atraer al espectador. El Mago de Oz me enseñó muchísimo sobre cromatismo”. 

Arte y feminismo

Es en esta escenografía donde Prager sumerge a sus personajes: mujeres en situaciones difíciles, a veces desorientadas, tristes o contentas que ella utiliza para exteriorizar sus propios conflictos. “Estoy siempre explorando el espectro de las emociones en mi obra, a menudo centrando la atención en cualquier cosa que pasa en ese momento de mi vida. Para mí, Face in the crowd (2013) fue una manera de hurgar en mi propio sentido de la soledad en medio de mucha gente y de imaginar cómo los demás reaccionan en esos contextos. A veces, en un nivel más oscuro de la mente, no veo a los individuos, sino un mar borroso de desconocidos. La soledad entre la multitud”.

Fotógrafa autodidacta en un mundo (el de arte) plegado al sexo masculino, y dentro de un universo tan patriarcal como el de EE.UU., es obligado preguntarle sobre los actuales movimientos de empoderamiento femenino, muy especialmente en su país con el MeToo. “Que cualquier mujer lleve a cabo lo que quiere, creo que es ya en sí un acto feminista. Lo que pienso sale directo de mi corazón y tiene esa perspectiva, pero cuando trabajo, mi género no me importa. Soy una bala de energía. Al final, son ideas universales que quieren hablar a y sobre la humanidad”. 

De la fotografía a la narración visual

Es curiosa la forma en la que Prager desarrolla sus diferentes series. Por una parte, como hemos visto, con los modelos y espacios utilizados. Por otra, con la tendencia al relato fílmico. Y, finalmente, con el tipo de material del que se vale. Frente a la practicidad de los soportes digitales, Prager prefiere las cámaras analógicas. “Hay algo mágico e impactante en la película fotográfica. La puedes tocar, puedes oler las reacciones químicas. Además hay más lugar para lo inesperado, para la experiencia humana, sin mencionar las gamas cromáticas que puedes lograr”. Para alguien tan perfeccionista como ella, estos medios no hacen sino atestiguar el cuidado por su producto. “Amo construir mis propios escenarios, ya sea en un estudio o en una locación predeterminada”. 

En sus creaciones le interesa mezclar familia, modelos y gente que no se conoce. “Me gusta recrear la dinámica extraña que sucede cuando se juntan desconocidos en la misma habitación”. Todo esto puede explicar, en parte, esas situaciones de tensión entre los individuos retratados: una tensión que pareciera estar a las puertas de un momento de trágica resolución.

Además de fotografiar, esta norteamericana filma cortometrajes como parte de su propio proceso, aunque la supremacía de un canal sobre el otro depende de cada proyecto. “Si me doy cuenta de que para conseguir el impacto que quiero en mis imágenes necesito filmar antes una escena en movimiento, realizaré un pequeño rodaje. La idea la dicta el medio. No olvidemos que el cine se vale de todos los caminos del arte: la música, la escultura, la pintura… De algún modo las películas son mis amantes, y la fotografía, el esposo comprensivo que siempre me espera cuando llego a casa”.

Conclusiones y un destino

La suma de todos estos elementos da forma a su canon creativo. Una obra que nos presenta como cierta una realidad sobreactuada. Con personajes sufridos y dramáticos, definidos por una iluminación rotunda y una estética y unos parajes tan contundentes como las propias mujeres que suelen dar el peso definitivo a su poética. Toda una amalgama visual que a partir de junio podremos disfrutar en la monografía Silver Lake Drive, publicada por la editorial Thames & Hudson. El mismo mes en el que inaugura exposición en la Photographer’s Gallery de Londres, muestra que viajará después al Museo de Artes Decorativas Le Locle en Suiza. Una de las tantas ocasiones para visionar sus propuestas, como las que llevará próximamente a la galería Lehmann Maupin de Nueva York. Actividades, exhibiciones y publicaciones en torno a lo único verdaderamente importante para Prager: “Continuar filmando y fotografiando el contenido narrativo de los sentimientos. Comunicar el lado oscuro de los sucesos a través de colores brillantes y composiciones abstractas”.

Texto: David Luna