La regla crítica | Herpes y Ertes

Di Puta Dos veces, disparó el médico de su cabecera mientras le empotraba un bajalenguas a Pablo para valorar su boca y acercarse al cerco de su nuez. Y ahora dígalo treinta y tres veces, y enjuáguese la boca con gel desinfectante y trágueselo sin hacer ascos, como casi nunca, y quítese la camisa y siéntese en la camilla, como siempre. Y le auscultó con el frío del fonendoscopio para estremecerle sin piedad alguna y sin necesitarlo, y le ordenó que se vistiera. Y le sentenció sin sentencia que estuviese tranquilo, que se trataba de un herpes labial, y le preguntó por los ertes con el placer de rimar a cualquier precio y por aquello de hacer más liviana la consulta, pero con ese tono que impedía la malversación de su confianza, que era una infección viral frecuente pero que tuviese cuidado porque estaba estrechamente relacionada con el virus que causaba el herpes genital, y que se hiciese una mascarilla porque en las farmacias no habría hasta el año siguiente y que era contagioso aunque no viera las úlceras. Y qué potencia tendrían las lupas con las que iban a mirar los expedientes de regulación de empleo, y cuál sería la distancia focal con la que vigilarían a las empresas para que no se aprovecharan de la coyuntura, y cuál sería el tamaño del área que iban a enfocar, y que a veces el tamaño sí que importaba, y le sosegó para evitarle un estado de alarma, que desaparecería sin necesidad de tratamiento, que en unas semanas empezaría la desescalada y que no se tocara la cara ni de coña ni con guantes. Y que evitara actividades que favoreciesen la sudoración, y que no se preocupara porque saldría de aquella y no se iría confinado al valle de los leprosos, y que ganaría aquella guerra y que además saldría fortalecido, y que acabaría aplaudiéndose cuando viese sus progresos en una aplicación de espejo, y que lo haría en su celular 5G sin células, y que le tendría localizado para aconsejarle por dónde debería de ir para evitar riesgos. Y qué precio tenía para ellos la solidaridad, el altruismo y la grandeza de la cultura, y le aconsejó reposo telemático y que se hiciera gárgaras con batidos de perejil porque era rico en antioxidantes, con zanahoria, o mango, o pepino o lo que el decidiese, y le despidió con un afectuoso que se mejore, Señor Ministro.

Texto / imagen: Carlos Penas