La regla crítica | Nenúfares en el café

Hoy llené la bañera con la tierra de las macetas, planté esquejes y sumergí un par de lubinas muertas porque me había propuesto bucear, a las ocho de la tarde, por aquello de que teníamos que hacer deporte en casa y para evitar el sonido de unos aplausos que me replicaban a ritmo de pandereta, en streaming sin extremo. No había anclas oxidadas ni gas, ni petróleo ni zinc, ni mercurio ni aceites, ni envases ni plásticos, no había hidrocarburos ni cáscaras de carabineros, ni compresas ni celofanes, ni mecheros sin piedra ni bidones, ni tampones ni tapones de cava, ni vidrios ni chapas de refrescos, ni zapatos viejos ni clavos torcidos, ni calzoncillos sucios ni bragas rotas, ni casquillos de balas ni flotadores pinchados, no había escarabajos en las heces, ni latas de nivea ni desechos de las neveras, ni bolígrafos sin tinta ni bolsos robados, ni cadáveres desaparecidos ni restos de suicidio, ni muertos asesinados ni fardos blancos, ni váteres ni táperes, ni barras de carmín ni maquinillas de afeitar, ni semen vacío ni látex, ni fetos ni virus ni la madre que parió a los hijos de puta que tiran hasta sus malditas conciencias por la borda. Y crecieron los arrecifes de coral sanitario y brotaron las gramíneas marinas en la alfombrilla antideslizante, y resucitaron las lubinas sin compresiones torácicas, y me lavé las manos con jabón nuevo y no toqué nada sin guantes, y pensé en el ser humano exterminando la humanidad en cruel parricidio y cerré el baño cinco veces, y odié la mediocridad congénita y no pisé con mis aletas las líneas que divorcian las baldosas, como Jack Nicholson, y especulé con aquella mierda de que todo sucede por algo y me encerré con los vinilos perfectamente ordenados alfabéticamente, y me senté donde me siento siempre para sentir y escuché el álbum azul de los Beatles, y encendí un cigarrillo como solo se enciende en tiempos de cuarentena y me acordé de los presos, y revolví el café hasta hacer espuma sin provocar dibujitos y nacieron nenúfares, y me rescaté de los infiernos, y sonreí para inmortalizar a mi padre y me enamoré al acordarme de mi madre, y sorbí dos veces y comulgué con mis hijos en perfecta comunión, y estremecí la felicidad y ascendieron a los cielos los pelitos de los brazos, y me reflejé en una taza dorada con estampado de flores, y le di un beso a ella y me dormí rodeado de pinceles. Texto / Imagen: Carlos Penas