Las flores del mal, obra de Charles Baudelaire

En la pregunta sobre Las flores del mal se valorará la apreciación de las distintas dimensiones del tiempo en los poemas: el paso avasallador y desolador del tiempo, que lo agota casi todo y hace crecer inexorablemente el dolor de existir (spleen), el tiempo que empuja hacia la muerte, la destrucción y el olvido, existir en otros tiempos, el tiempo eternizado en la belleza: la poética del instante, el poeta como viajero que inmortaliza en el poema lo que ve.

El tiempo y su concepción, se modificaron con las innovaciones generadas por los avances tecnológicos producidos por la Revolución Industrial, con la modernidad y con las transformaciones que la misma trajo a la vida. Las cosas comenzaron a volverse fugaces e incomprensibles.

“Hay momentos de la vida en que el tiempo y el espacio son más profundos y el sentimiento de la existencia infinitamente mayor” – Charles Baudelaire.

Baudelaire recurre a la figura del dandy para expresar su postura ante la conciencia del tiempo que transcurre. El dandy representa al ser sin ambiciones, sin propósitos ni fines. Simplemente quiere estar en un presente eterno malgastando lo poco o mucho que tiene. Y por otro lado, aspira a una juventud perpetua, a una hermosura inmarchitable ante el acoso de las arrugas de la vejez.

Obra de Charles Baudelaire

Para Baudelaire, el tiempo es el enemigo del hombre. Dicha idea se ve plasmada en los poemas “El enemigo” y “El reloj” de Las flores del mal. El poeta toma esta concepción del imaginario clásico “tempus fugit” (expresión proveniente del latín, que significa: “el tiempo se escapa” o “el tiempo vuela”), pero encuadrándola en el mundo moderno y personificándola. En “El reloj”, último poema de Las flores del mal, el reloj es un “siniestro dios” que nos va hiriendo con cada segundo que pasa, con un tiempo que nos absorbe la vida, pues nos lleva siempre a la muerte; únicamente, el reloj nos va avisando y nos incita a aprovechar lo que podamos de cada segundo, incitándonos a ser conscientes del dicho latino referido a las horas: “omnia vulnerant, ultima necat”. Trabajando con la tradición, Baudelaire la actualiza a través de una serie de metáforas diferentes: el tiempo como insecto (animal devorador, como en El enemigo), la voz metálica (las campanadas) o la personificación del tiempo como un jugador que siempre vence.
El tiempo es cruel, una obsesión que impide el disfrute de la vida, donde no hay esperanzas, en el cual todo se vuelve momentáneo, pasa por nosotros y nos destruye. Si bien el ser humano es consciente de esa destrucción, no puede enfrentarse a ella. Por lo tanto, según Baudelaire, la persona se precipita en el spleen, estrechamente ligado con el desencanto de la época, que significa melancolía, tedio, hastío, repetición; en definitiva, la angustia existencial provocada por la desoladora visión del mundo y especialmente por la acción del tiempo. Las únicas soluciones que encuentra son el amor (carnal) o los paraísos artificiales (como El vino), porque son los únicos capaces de llevarnos al benéfico olvido.
También destaca el viajero o paseante que inmortaliza en el poema lo que ve, que admira el espectáculo de la ciudad y deambula por allí, dispuesto siempre al ocio. Estas actividades conllevan a un tedio vital, pero este, que puede ser identificado con el aburrimiento o con la melancolía, es en realidad la base del spleen, que resulta ser un sentimiento diferente.
Frente al spleen, Baudelaire opone el Ideal, una luz, un mero sueño, una aspiración íntima, algo remoto que se concibe y que nunca se alcanzará, el afán de elevación a un mundo anterior más puro, irremediablemente perdido, de la belleza que genera o destruye el tiempo simultáneamente, donde materia y tiempo quedan anulados. De modo que la vida se presiente llena de sufrimientos irremediables porque el remordimiento pesa más que los mejores propósitos, y las faltas cometidas excluyen cualquier castigo futuro. Entre estos dos polos se debate permanentemente el hombre.