La regla crítica | El insulto está de luto

Me perdí sin argumentos insulsos, con falsedad inteligente y vacío de intenciones interesadas. Una puta mierda de concierto, cavilé al tiempo que intervine con el regalo cotidiano de esas palabras anodinas que evitan las connotaciones malsonantes y esquivan los disfemismos y las
expresiones soeces. Ni el sedentarismo, ni la menopausia, ni las alteraciones biomecánicas ni la subida de las temperaturas, ni la retención de líquidos ni la insuficiencia venosa eran culpables de que los pies se me hincharan como se me hincharon los cojones y cambiaran proporcionalmente de volumen. La responsabilidad recaía directamente sobre el arte de exponer la hostilidad con cortesía, la indiferencia con interés y la amistad con prudencia. Sí, Maurois era el culpable de que yo calzase cinco tallas más de las que corresponderían en mi caso. Y me alejé por el borde de la carretera para evitar el tropiezo con el estampado de las aceras y fumé en compañía de unos cigarrillos que me acompañaban sin prejuicios ni gilipolleces varias. ¿Porqué huyeron las injurias? ¿En qué piso se hacinan los derechos al honor y a la intimidad? ¿Porqué no desayunan juntos la cordura y la propia imagen de cada uno? ¿Dónde reside la hermosura de las palabras? ¿Y si las mariposas nos chupasen el néctar del orto y merodeasen nuestras ingles con su vuelo impertinente e incómodo? ¿Dejaríamos de aclamar su belleza? ¿Y si las ladillas revoloteasen las flores con la elegancia y gracilidad de las águilas? ¿Soñaríamos con ellas aleteando y ladilleando en el estómago de Cupido? ¿Y si las almorranas fueran de un redondo preciso y de un verde precioso como los guisantes? ¿ Y si hicieramos menestras con ellas, las zanahorias y las judías? ¿Y si fueran anfibias y pegasen saltos tropicales? ¿Y si las ranas habitasen las charcas de nuestras vejigas y se nos llenasen las uretras de renacuajos nefríticos? ¿Dónde está la hermosura de las palabras? Y amé la cerradura del portal metiéndole la llave, y la giré intercambiando posiciones de kamasutra hasta que se abrió para dejarme pasar. Y me elevé en el ascensor para entrar en casa y mear anfibios, y salteé doscientos ciencuenta gramos de hemorroides con jamón en un chorrito de aceite virgen y cené entre piojos alados que tiritaban al ritmo de las velas encendidas. Y esperé a la transparencia de la cebolla y me acompañé con los dos huevos escalfados y con unos dados de pan frito de mi número.

Texto & imagen: Carlos Penas