American Psycho de Bret Easton Ellis: ¿Cuánto vale matar?

American Psycho, el reflejo violento de una década perversa. Una crítica de Carlos J. Eguren.

No hay razón para que te cuente nada de esto. Esta confesión no significa nada…
American Psycho

Patrick Bateman tiene veintisiete años. Es considerado un triunfador. Estudió en Harvard. Le gusta leer biografías sobre asesinos en serie (Dahmer, Gacy…). Se despierta temprano cada día. Esta mañana, su piso huele a putrefacción. No ve la hora de ir a algún club esta noche y comprar algún gramo de cocaína que meterse en el baño. Tiene citas de negocios con gente importante. Ha encontrado una rata saliendo del váter; ha logrado atraparla, ahora piensa en introducírsela a su próxima víctima por la vagina. Hace sus dos horas de ejercicio; casi siempre va a un gimnasio exclusivo, que le cuesta miles de dólares al año. Suele llevar una navaja, una hoja de afeitar o un cuchillo consigo; con una hoja afilada le sacó los ojos a un mendigo (¿o puede que fuese con las manos? ¿O con las dos cosas?), lo que es seguro es que le cortó las patas al perro del vagabundo con una. Se lo puede permitir, igual que sus desayunos con avena, galletas de marca, agua Evian… y sus trajes de Armani, su colonia de Hugo Boss… Suele alquilar películas en VHS, sus preferidas mezclan necrofilia y desmembramientos; le excitan. Suele ver el talk show de Patty Winters; uno sobre adolescentes que usan el sexo para conseguir crack le obligó a masturbarse. Patrick defiende la mejora de la capa de ozono y suele discutir sobre qué agua mineral es mejor, qué combina con un traje, qué restaurante está de moda, la música de Genesis y Whitney Houston, etc. A Patrick le gusta torturar y matar a mujeres, vagabundos y animales. Le encanta describir la vestimenta propia y ajena como reflejo del escalafón social. Tiene alucinaciones. Detesta la comida frita. Odia que lo consideren un yupi (aunque lo es). Ha intentado comerse a una de sus víctimas; ha guisado su cabeza para arrancarle la piel, pero no sabe si lo ha hecho bien; todavía tiene el sabor del trozo de pezón que le arrancó de un mordisco. Trabaja en P & P. Ha obligado a dos prostitutas a mantener relaciones sexuales; luego ha usado una percha con ellas y les ha dejado una serie de hematomas que han hecho que las dos hayan huido. Es parte de Wall Street y Wall Street es parte de él. Ha ido al zoo y le ha cortado el cuello a un niño; los pingüinos se han asustado y la madre ha chillado como una loca. Nadie sabe muy bien lo que él hace en su empresa; algunos piensan que es una zapatería, pero no, no lo es (ni en broma). Ha obligado a otra de sus novias a abortar y, como recompensa, le ha regalado unos juguetes de bebé. Está forrado y disfruta de ello. Piensa que el mundo no es real, que solo él lo es y no se arrepiente de ello. El héroe de Patrick es Donald Trump. Una vez, vio los ojos de una lechuza, un cantante le habló del demonio y sufrió una especie de revelación; luego, volvió a matar. Algún día espera conseguir una reserva en Dorsia. Tiene una novia que le desespera y varias amantes; a algunas de ellas las quiere ver decapitadas, a otras de un modo peor. Nadie atrapará jamás a Patrick.  Su secretaria está enamorada de él. Muchos apenas recuerdan su nombre. Mataría a todos los negros, los pobres, las mujeres, los homosexuales… Mataría a todos. Tiene amigos o, mejor dicho, conocidos; hay cientos como él en Wall Street, es demasiado rico y todos se parecen. Patrick, a veces, ha considerado confesar todo y escapar o acabar con su pesadilla. Nadie le creerá; nadie le escucha cuando habla de matar y, si alguno lo hace, saben que es una broma del simpático Pat. La cárcel de Patrick es la libertad. Patrick Bateman es un psicópata americano de finales de los ochenta. Y está orgulloso de ello. Puede que, si juega bien sus cartas, algún día, llegue a presidente.

Crítica de American Psycho. Hablar sin mordaza

Publicada en 1991, American Psycho fue la novela que dio a conocer al escritor Bret Easton Ellis, símbolo de lo escabroso de la Generación X y provocador nato capaz de cabrear a sus lectores con una facilidad admirable. Por supuesto, trajo la polémica entre aquellos que no podían diferenciar entre el narrador y el escritor o que hallaban fuertes componentes nauseabundos en sus perturbadoras escenas cuando, entre la metáfora y la pura realidad, se realiza un análisis de las altas élites, de la perversión del dinero y de cómo el poder degenera al ser humano. ¿Se podría haber hecho con un estilo elegante, moral y edulcorado? Puede, pero no sería el libro que ha pasado a ser considerado un clásico de la literatura moderna. No es fácil hablar a través de una mordaza.

Con un ritmo lento (que va volviéndose progresivamente tan disperso como el propio pensamiento de Bateman), American Psycho es un canto hacia la maldad, hacia la decadencia y sobre cómo tras lo aparentemente hermoso se puede esconder lo más siniestro del ser humano. Si el Leatherface de La matanza de Texas (otro de los héroes de Patrick), hubiese tenido más verborrea, un rostro más angelical y hubiese contado con una tarjeta de crédito inmensa como la de Bateman, la mayoría de la gente lo hubiera respetado e incluso les hubiese caído bien. El mundo es así.

Puede que Patrick se esconda y puede también que nosotros no queramos verlo. ¿Cuánto puede deslumbrarnos el oro? Bateman omite esconderse en el tercio final, mientras que el mundo se descompone con reflexiones como esta: «La vida era un lienzo en blanco, un cliché, un serial. Me sentía moribundo, al borde del frenesí. Mis ansias nocturnas de sangre llenaron mis días y tuve que dejar la ciudad. Mi máscara de cordura amenazaba con desaparecer».

El gran logro de Easton Ellis es construir un monólogo de Bateman sobre el horror que desencadena, digno de una personalidad rota y una mente destrozada. Podemos creernos que estamos ante el diario de alguien que ya no es humano. Y eso no es algo sencillo de lograr. Donde muchos ven lo pueril y lo malsano, también se incluye una reflexión sobre los paradigmas lingüísticos de una personalidad al límite del abismo.

Más allá de las disputas y los debates, los diferentes niveles de lectura y el supuesto carisma de su protagonista han hecho que Bateman sea uno de los asesinos más famosos de la literatura moderna; personaje que ha servido para un nuevo canon y que el propio autor afirmó en Lunar Park (¿en serio o en broma?) que fue creado en base a su propio padre.

En esa metaliteraria novela que es Lunar Park, el autor hablaría así del origen del libro (pasaje extraído de la reseña de esta obra escrita por Rodrigo Fresán en Letras libres):

Yo escribí una novela sobre un joven, adinerado y alienado yuppie de Wall Street llamado Patrick Bateman que, además, era un asesino serial rebosante de la inconmensurable apatía característica del apogeo de los años de Reagan, durante los ‘80. La novela era pornográfica y extremadamente violenta; tanto que mis editores en Simon & Schuster rechazaron el libro amparándose en criterios de buen gusto y prefiriendo sacrificar un adelanto en la parte media de las seis cifras. Sonny Metha, jefe de Knopf, se hizo con los derechos y ya antes de la publicación la novela había provocado una enorme polémica y escándalo. Yo no dije demasiado porque no tenía ningún sentido hacerlo: mi voz hubiera sido ahogada entre tanto gemido indignado. American Psycho fue acusada de estrenar para los norteamericanos el concepto de que los asesinos seriales podían ser chic.

Una vez leída la novela sobre este psicópata chic, muchos se preguntan: ¿es, en realidad, Patrick Bateman un asesino en serie? ¿Por qué no le atrapa la policía? ¿Por qué dice lo que dice y nadie parece escucharle? ¿Por qué escapa de la policía sin problemas? Es un debate interesante al que se puede añadir un: ¿quién es, en verdad, Patrick Bateman y por qué le confunden siempre con otros yupis de Wall Street? ¿Existe?

Pero, la más importante, es la lectura que sostiene que sí, que Bateman es un psicópata y que el resto de los personajes, aunque lo sepa, les importa bastante poco: es guapo, es rico, es exitoso, ¿cómo va a ser un asesino? Y si lo es, ¿qué más da? Todo el mundo tiene sus defectos, ¿no?

Y, en caso de ignorar que lo sea, ¿para los demás no es más importante hablar sobre si un chaleco pega mejor con una chaqueta o sin ella o el nuevo restaurante de lujo? Porque nuestro mundo es sórdido y terrible: crímenes, drogas, delincuencia, guerras…, pero ¿no nos distraemos con los fuegos fatuos de nuestro día a día: un estado de Facebook, hacer la compra, hablar con un amigo, ver un vídeo idiota…?

Tarde o temprano, el mal nos alcanza a todos y Patrick se convierte en su heraldo, en una fuerza que transporta a cualquiera al averno. Él solo se ve como un juez, ejecutor y verdugo de la naturaleza, que cumple con su deber, como observamos en este escalofriante pasaje donde Pat tortura a una de sus víctimas:

[…] Espero que se dé cuenta de que eso mismo es lo que le va a pasar a ella sin importar por qué. Que ella terminará aquí tumbada, en el suelo de mi apartamento, con las manos clavadas a unos postes, con queso y cristales rotos metidos en el coño, la cabeza destrozada y sangrando, sin importar lo que pudiera haber elegido; que si ella hubiera ido a Nell’s o a Indochine o a Mar o Au Bar, en vez de a M. K., si ella no hubiera subido conmigo en un taxi hacia el Upper West Side, todo esto habría pasado de todos modos. La habría encontrado. Así es cómo funcionan las cosas en este mundo.

El gran problema del protagonista empieza cuando el acto de la matanza se convierte en su día a día. Ya nada le aporta una decapitación, una tortura, una muerte terrible… Ya es tan maléfico, ya ha cruzado tantos límites, que ¿qué puede hacer para superarse, para volver a sentir el regocijo de hacer sufrir a otros? ¿Qué? Él mismo lo confiesa al lector: «Puedo decir que va a ser una muerte característicamente inútil, sin sentido, pero ya estoy acostumbrado al horror. Este parece destilado, incluso ahora que no me molesta ni inquieta. No lamento nada […]».

Si Bateman es un monstruo deshumanizado, lo mismo se puede decir del resto de los yupis que le rodean en un mundo digno de una pesadilla de la que no se puede escapar (solo pagar). No es extraño que algún lector pueda, entre el asco, sentir cómo el personaje de Bateman es patético, es un ser digno de su época, pero que no puede huir de lo que es y, lejos de la fama y el éxito, solo es una broma pesada de un dios en descomposición. Y ahí asoma la sátira, pero también el sentido del humor tan negro de Ellis, que, en estos tiempos de falsa corrección política y de convertirse cada uno en pregonero de alguna causa, resulta interesantísimo, como en este fragmento cuando Pat se «cocina» uno de los cadáveres:

—Solo quiero que me quieran —maldiciendo al mundo y todo lo que me han enseñado: principios, distinciones, elecciones, moral, compromisos, conocimientos, unidad, oración. Todo estaba equivocado, carecía de objetivo final. Todo ello se reduce a: muere o adáptate. Me imagino mi propia cara sin expresión, la voz incorpórea que sale de su boca: estos tiempos son horribles. Ya hay gusanos retorciéndose en el embutido humano, la baba que me cae de la boca se mezcla con ellos y, todavía no soy capaz de decir si estoy preparando esto del modo adecuado, porque lloro con mucha fuerza y nunca antes había cocinado de verdad nada de nada.

Para digerir el libro (y más allá de lo inconexo, puede que tenga otras «cualidades» que lo hacen «difícil» de leer), quizás, no hay que tomárselo demasiado en serio o, tal vez, sí; puede que nos dé una nueva mirada sobre la civilización en la que vivimos, donde los depredadores del dinero se alimentan de la pobreza, los débiles, los necesitados.

Satirizar su época es uno de los fundamentos de la novela. Podría pensarse que nuestra civilización ha avanzado, que podemos pasar la mano por nuestra frente y decir: «uf, qué alivio», pero en estos casi treinta años, Bateman debe haberse sentido perfectamente: guerras, nuevas corporaciones, un mayor ritmo de vida, el ascenso a la realeza de lo vacuo…

En 2018, quizás, Pat no hable de sistemas de sonido o restaurantes, puede que ahora hable sobre su nuevo teléfono móvil o sus redes sociales; el reflejo de Narciso está ahora en una pantalla donde el dinero parece que da nuevos significados para una sociedad más quebrada si cabe que la de los ochenta. Bateman pensaba lo siguiente de esos días, ahora piense usted: ¿se aleja mucho de nuestro presente?

El intelecto no es la cura. La justicia ha muerto. Miedo, recriminación, inocencia, simpatía, culpabilidad, fracaso, dolor, eran cosas, emociones, que ya nadie sentía de verdad. La reflexión es inútil, el mundo no tiene sentido. Lo único que permanece es el mal. Dios ya no está vivo. No se puede confiar en el amor. Superficie, superficie, superficie era lo único en lo que se encontraba un significado…, en esta civilización tal y como yo la veía, colosal y mellada…

¿Y hasta qué punto se vuelve lícito este modo de recoger nuestro mundo en la ficción de un psicópata? Alrededor de las quinientas páginas que componen esta obra, Easton Ellis recalca una y otra vez escenas que giran en torno a la misma temática: discusiones sobre ropa o costumbres, vejaciones a vagabundos, capítulos sobre la música pop del momento, charlas sobre restaurantes, torturas a mujeres… Esta estructura repetitiva es un espejo de la monotonía pesadillesca del relato, pero también termina siendo predecible hasta el punto de que puede ser el punto perfecto para que los detractores de la novela la detesten: ¿por qué incidir una y otra vez en lo detestable, en la arcada, en lo horrible? Si a esto sumamos su uso de la crueldad y lo inmoral, muchos contemplan en ella una de esas obras que hay que desterrar (sí, hay gente que considera que hay que prohibir la lectura de libros), cuando, en realidad, e incluso con sus supuestos defectos, bien puede ser un diorama de esa sociedad salvaje que películas como Wall Street de Oliver Stone o novelas (después llevadas al cine) como El lobo de Wall Street de Jordan Belfort también han construido.

No hemos cambiado. Estamos en la sociedad que ha convertido al héroe de Bateman, Donald Trump, en presidente de los Estados Unidos; el dios de los yupis, el tipo que haría todo por la pasta, el narcisista cruel, megalómano, machista, oligarca, charlatán, racista y digno de la idiosincrasia de Wall Street. Puede que American Psycho no se equivocase a la hora de mostrar cómo la sociedad capitalista, deshumanizada y brutal, ayuda a tejer la red perfecta para estas bestias escondidas bajo pellejos humanos, lacados por el valor del dinero. La novela de Ellis era una profecía, un mal augurio de lo que estaba por venir… y ha venido.

Lo único que no me aburría, o no demasiado, era el muchísimo dinero que ganaba Tim Price, la única emoción clara que identificaba en mi interior, si se exceptuaba la codicia y, probablemente, un desagrado absoluto. Yo tenía todas las características de los seres humanos —carne, sangre, piel, pelo-, pero mi despersonalización era tan intensa, se había hecho tan profunda, que la capacidad habitual para sentir compasión había quedado erradicada, víctima de un lento y decidido borrado. Me limitaba a imitar la realidad, tenía un tosco parecido con un ser humano y solo me funcionaba un oscuro rincón del cerebro. Estaba pasando algo horrible y sin embargo no conseguía imaginar por qué -no lo podía determinar con claridad-. Lo único que me tranquilizaba era el sonido del hielo al echarlo en un vaso de J&B.

¿Cuál es el legado de Bateman? Una obra como American Psycho no tardó en ser llevada a la gran pantalla en el año 2000, por Mary Harron y con un excelente Christian Bale como Patrick Bateman, con escenas dignas de ser recordadas como esa discusión sobre tipografía y tarjetas de presentación o con el deterioro mental de un protagonista cautivo de su propia imagen y lo que ha logrado. Además de una gran banda sonora, American Psycho es una de esas extrañas cintas de comienzos de los 2000, que, entre meme de Bale con el hacha y alusión popular, se ha transformado en un film de culto. No se puede decir lo mismo de su supuesta secuela, protagonizada por Mila Kunis (así que mejor que no digamos nada más).

Musicalmente, también inspiró hace unos años a la banda Fall Out Boy con su American Beauty/American Psycho que, aparte de los guiños cinéfilos y ¿literarios?, ponía en tela de juicio su lectura de la obra; una canción, cuanto menos, cuestionable y, para tantos otros, insufrible.

Ya en principios de los 2000 tuvimos otra muestra de pop con el título del libro y el grupo Treble Charger.

Uno prefiere quedarse con la banda sonora del film original y esa nueva versión del Something in the air de David Bowie, entre otros.

En definitiva, muchas personas consideran que American Psycho es una novela que busca (y encuentra) la pura polémica, entre la arcada, el comentario pop y la mente de un ser desquiciado. Por supuesto, para estos defensores de (inserte aquí la moda, ideología, chorrada o postura que se prefiera) es un libro que hay que olvidar y hundir en las estanterías, pero, seamos sinceros, seamos lectores con curiosidad y sin prejuicio: si cogemos un periódico o nos metemos en una web de noticias y vemos quién gobierna Estados Unidos, recordamos todas las consecuencias de la crisis económica y naufragamos en la realidad diaria, nos percataremos de que American Psycho es un comentario certero sobre los monstruos del capitalismo, los monstruos del ser humano, los monstruos que llegan a presidentes, los monstruos que nos rodean. Todos hemos conocido a alguien así, quizás sin la parte criminal, pero sí psicópata. Patrick Bateman está orgulloso de ello.

Hay una idea de Patrick Bateman, una especie de abstracción, pero no hay un yo auténtico, sólo una entidad, algo ilusorio, y aunque yo pueda disimular mi fría mirada y tú puedas estrecharme la mano y notar que su carne aprieta la tuya y puede que hasta puedas considerar que nuestros estilos de vida son parecidos: sencillamente, yo no estoy aquí. Me resulta difícil tener sentido en un determinado nivel. Mi yo es algo fabricado, una aberración. Soy un ser humano contingente. Mi personalidad es imprecisa y está sin formar, mi inhumanidad es profunda y persistente. Mi conciencia, mi piedad, mis esperanzas desaparecieron hace tiempo (probablemente en Harvard), si es que existieron alguna vez. No hay más barrera que cruzar. Todo lo que tengo en común con el incontrolado y el loco, el depravado y el malvado, todas las mutilaciones que he practicado y mi absoluta indiferencia hacia ellas, ahora lo he sobrepasado. Con todo, todavía me aferro a una sencilla y triste verdad: nadie está a salvo, nadie se ha redimido. Sin embargo, yo soy inocente. Debe asegurarse que cada modelo de conducta humana tiene cierta validez. ¿Es el mal algo que uno es? ¿Es algo que uno hace? Mi dolor es constante e intenso y no espero que haya un mundo mejor para nadie. De hecho quiero que mi dolor les sea infligido a otros. No quiero que nadie escape. Pero incluso después de admitir esto —y yo lo admito, incontables veces, en todos y cada uno de los actos que he cometido— y de encarar estas verdades, no hay catarsis. No consigo un conocimiento más profundo de mí mismo, no se puede extraer ninguna comprensión nueva de nada de lo que digo. No hay razón para que te cuente nada de esto. Esta confesión no significa nada…

American Psycho

Reseña de Carlos J. Eguren